Todos en aquella habitación se quedaron en un silencio extremo. El aire era denso, casi irrespirable, como si de pronto se hubiese convertido en plomo. Las miradas cayeron de inmediato sobre ella. Bárbara sintió aquellas pupilas atravesándole la piel, diseccionando su alma, acusándola con un peso insoportable. Su respiración se volvió entrecortada, y lo único que logró hacer fue negar con la cabeza, una y otra vez, como una niña indefensa que trataba de escapar de un castigo injusto.
—¡Díganos