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Capítulo 89: Último día en la Isla.

En la isla privada, llegó el penúltimo día de luna de miel. El sol ya calienta fuerte cuando Viktor sale corriendo de la villa con Alexei en brazos, el niño riendo a carcajadas mientras papá lo persigue con una toalla como si fuera un monstruo marino.

—¡Te cojo, pequeño zar! ¡El monstruo de la toalla viene por ti!—

Alexei se ríe y patalea feliz.

—¡Nooo! ¡Pa-pá, ji, ji, ji!

Sofía los mira desde la terraza, sentada con las piernas en la piscina, con el vientre de casi ya seis meses brillando bajo el bikini blanco, ojos marrones oscuros entrecerrados por el sol y la risa.

—¡Viktor, no lo asustes tanto que luego no duerme la siesta!— grita ella con ese acento que tanto le derrite el corazón cuando se le sale de la nada.

Él para la persecución, agarra al niño al vuelo y lo besa en la tripita.

—Papá no es malo, ¿verdad, malysh? Papá es el héroe que salva de mamá cuando se enfada.

Sofía arquea una ceja, se levanta despacio la pancita ya pesa más y camina hacia ellos contoneando.

—¿Ah, sí? Pues mamá va a salvar al niño del papá loco que lo lanza al aire como pelota.

Viktor ríe de buena gana y luego le pasa a Alexei com cuidado.

—Toma, mamá colombiana y mandona. Tu hijo ya prefiere mis juegos.

Ella toma al niño, lo abraza y le hace cosquillas.

—Mentira. Este prefiere el abrazo de mamá y las arepas que le hago.

Alexei balbucea algo que suena a "apa" su versión de "arepa".

Viktor finge ofenderse una vez más, con la mano en el pecho y los ojos cerrados con dramatismo.

—Traición total y absoluta. Yo le enseño palabras rusas y va y pide comida colombiana.

Sofía se ríe, le da un beso rápido en los labios.

—Es que la comida de mamá gana siempre. Como yo.

Pasando la mañana, se van un rato a la piscina, Viktor enseñando a Alexei a patear agua con flotadores, Sofía flotando en una colchoneta grande, con el vientre al sol, decidiendo poner una carita feliz con bloqueador solar.

—Mira cómo patea este, Sofía… Nikolai va a salir futbolista.— dice Viktor, señalando la patadita que da el bebé desde dentro.

Ella se toca el vientre, sonríe.

—O nadador. Con tanto agua alrededor, ya está practicando.

Alexei salpica a su padre.

—¡Pa-pá, yaya! (agua)

Viktor se lanza al agua dramático.

—¡Me ahogo! ¡El pequeño zar me vence!

Sofía aplaude desde la colchoneta.

—¡Eso por llamarme mandona!

Más tarde a la hora del almuerzo, es algo ligero en la terraza; ceviche fresco que Viktor preparó aprendió receta colombiana para sorprenderla, frutas, jugo de lulo que mandaron traer. Alexei duerme la siesta en la villa con la niñera.

Sofía y Viktor se sientan en la hamaca doble, ella con la cabeza en su regazo, él acariciándole el pelo.

—¿Extrañas algo de casa?— pregunta ella, ojos cerrados al sol.

—Solo a Dimitri quejándose del calor por videollamada. Y a tu mamá mandando audios de “¿ya comieron arepa?”

Ella abre un ojo y no duda en reírse.

—Mamá ya tiene el cuarto listo para cuando nazca Nikolai. Dice que viene “de visita” y se queda hasta que el niño camine.

Viktor suspira teatral.

—Adiós privacidad. Hola jamón a toda hora, cada día de mi vida, bueno... La que me queda.

Sofía en silencio le da una palmadita en el pecho con diversión pero con un leve regaño y llamado de atención.

Pero Viktor solo sonríe.

—Me encanta, en serio. Tu mamá es parte de esto ahora.

Sofía le acaricia la mano.

—Y tú parte de mi familia, y aunque seamos descendencia colombiana, y haber sido trasladada de ahí a Nueva York, luego a Moscú, ha sido todo un viaje alocado... pero, si te enamoraste de mí entonces... no te quejes del acento, ni de las comidas.

Viktor sonríe y lo comprende, le rodea el vientre con cuidado, dándole un beso antes de acomodarse y cerrar los ojos para descansar con su amada en el vaivén de la hamaca.

Pasando las horas, ya en la tarde, deciden ir de paseo por la playa recolectando conchas de nuevo, al parecer a Alexei le encanta esta actividad.

Alexei llena un cubito, orgulloso, con las conchas más brillantes y bonitas.

—¡Bubu bubu!— dice, refiriéndose a la abuela.

Sofía se emociona y sonríe por su hijo.

—Sí, mi amor. Para la abuela que te va a malcriar con dulces.

Viktor carga al niño en hombros.

—Y papá te va a malcriar con castillos de arena más grandes.

Ya para el atardecer, los tres sentados en la orilla, Alexei entre ellos, viendo el sol bajar.

—Mañana volvemos a Moscú— dice Sofía, voz suave.

Viktor asiente comprendiendo que las vacaciones han acabado... por ahora.

—Sí. El imperio espera. Pero esta isla… la repetimos cada año.

Ella le toma la mano con delicadeza y reverencia.

—Con más niños corriendo, sí.

Alexei bosteza y deja caer su cabecita contra el pecho de su padre, y a los segundos se queda completamente dormido, el día lo dejó exhausto, pero satisfecho con la recolección de tesoros y arena en los pies.

La familia se sentía completa, bronceada, feliz y llenos de arena, pero más que todo, compartiendo este momento tan especial que nadie más se los va a quitar.

Regreso mañana, ambos piensan mientras se dirigen de vuelta a la cabaña, este pequeño descanso, este pequeño rincón de paraíso para ellos tres y prontamente con un cuarto integrante, saben que la vida apenas se sentía que empezaba.

Al llegar a la cabaña, los tres se acurrucan en la cama King, saboreando la última noche de paz y descanso, porque más adelante el Imperio se debe seguir fortaleciendo, creciendo, y enseñando a los próximos herederos a gobernar las calles de Moscú y Nueva York, tal como aprendió Viktor, él mismo sonríe internamente mientras duerme, no pued esperar a que sus pequeños gobiernen a su lado, y por supuesto, al lado de la mujer que le ha robado el corazón.

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