Mundo ficciónIniciar sesiónAún en la Isla privada, día cinco de la luna de miel. El sol ya está alto cuando Viktor sale de la villa con Alexei en hombros, el niño riendo a carcajadas mientras “cabalgaba” a su padre como un caballo.
Sofía los sigue con una bandeja de desayuno, frutas tropicales cortadas, yogur fresco, zumos de mango y piña que preparó ella misma. Se sientan en la terraza frente a la playa, Alexei en su trona improvisada con cojines, manchando todo de papaya. —Mira este desastre, Sofía— dice Viktor, limpiándole la carita al niño con una servilleta. —Come como su madre: todo menos lo que va a la boca. Ella se ríe, le tira un trozo de mango. —Y gatea como tú; directo al peligro. Ayer casi se mete al mar solo porque vio un pez. Viktor agarra el trozo de mango al vuelo, se lo come mirándola con esa sonrisa traviesa. —Es curioso, ¿no? Hace un año estaba en una celda fría rezando por volver a verlos. Y ahora… esto. Desayuno en paraíso, tú con esa pancita que me tiene loco, y este pequeño zar conquistando la arena. Sofía se toca el vientre, sonriendo suave. —A veces pienso lo mismo. Parece otro vida. Pero me gusta esta versión, tú jugando con él en vez de dando órdenes por teléfono, yo sin reuniones hasta la madrugada. Alexei interrumpe tirando un trozo de fruta al suelo y gritando —¡más! Los dos se ríen con diversión. —Definitivamente heredó tu carácter mandón— dice Viktor, dándole otro trozo. —Y tu encanto para salirse con la tuya— responde ella, guiñándole un ojo. Pasan la mañana en la playa, Viktor enseñando a Alexei a flotar con flotadores, Sofía tumbada en la hamaca leyendo un libro ligero, pancita al sol con crema que Viktor le untó antes con manos cuidadosas. —¿Sabes qué extraño de Moscú?— pregunta ella de repente, bajando el libro. Viktor, construyendo un foso alrededor del castillo de arena, levanta la vista. —Dime, Sofía. —Nada. Absolutamente nada. Ni el frío, ni las reuniones, ni el tráfico. Solo extraño a mamá gritando por videollamada. Él se ríe, se limpia las manos y se acerca a la hamaca, se sienta al lado. —Llamémosla luego. Seguro que ya tiene lista la maleta para cuando nazca Nikolai Antonio. Sofía suspira feliz. —Nikolai Antonio… suena bien. Mitad ruso, mitad... bueno Antonio es bonito, nada mal. Viktor le acaricia la pancita, siente una patadita. —Este va a ser tranquilo, ¿eh? Alexei no paró de dar patadas. Este parece más relajado. Ella le coge la mano, la aprieta. —O está guardando energía para salir gritando como su abuela. Se ríen los dos. En el almuerzo, pescado fresco a la plancha que Viktor preparó en la barbacoa de la villa, ensalada, arroz con coco. Alexei duerme la siesta en la hamaca sombreada. Sofía y Viktor se sientan en la terraza, pies en la piscina, mirando el mar. —¿Y después de que nazca?— pregunta ella, cabeza en su hombro. —Lo que tú quieras, Sofía. Viajes, más islas, o volver a Moscú y mandar juntos. Yo feliz mientras estemos los cuatro. Ella sonríe. —Los cuatro… suena tan bien. Y quizá en unos años… cinco. Él la mira y arquea una ceja pensando algo travieso. —¿Ya planeando el tercero? —Quién sabe. Con tanto paraíso… las ideas vienen solas. Se besan suave, lento, con el sol calentando y el mar susurrando. En la tarde, snorkel familiar, Alexei con chaleco viendo peces desde la superficie, Viktor sosteniendo a Sofía por la pancita para que flote cómoda. —Mira ese azul, Sofía... es hermoso como cuando te embarras de vómito de bebé.— bromea él. —Y ese naranja pastoso como tu cara cuando Alexei te caga encima.— responde ella. Ríen dentro del agua, burbujas subiendo. Ya en la noche, hacen una cena ligera, Alexei durmiendo temprano, ambos se sientan en la playa con una manta, mirando estrellas. —Gracias por esta luna de miel, Viktor. Por ser el padre que eres, el marido que volviste a ser. Él la abraza por detrás, mano en la pancita. —Gracias a ti por esperarme, Sofía. Por la pancita, por Alexei, por todo. Se quedan así hasta tarde, hablando de nada y de todo, planeando nombres tontos para el próximo, riendo de anécdotas. Y la luna de miel continuaba en familia, risas, mar y amor tranquilo. El paraíso era de ellos. La arena todavía está tibia bajo sus cuerpos cuando Viktor se incorpora un poco, apoyado en un codo, mirando a Sofía que yace de lado con la pancita hacia él, la mano de ella rozando perezosa su barba. «Oye, Sofía… ¿te has dado cuenta de que Alexei ya dice “coco” cada vez que ve una palmera?— dice él, riendo bajito. Ella abre un ojo, sonríe traviesa. —Claro. Y “agua” cada vez que ve el mar. En una semana vuelve a Moscú hablando como pirata caribeño. Mamá se le va a volar la cabeza cuando lo oiga pedir “coco” con acento ruso. Viktor se ríe y le besa la punta de la nariz. —Imagina la cara de Dimitri recogiendo “cocos” en la torre nevada. Se quedan callados un rato, el mar susurrando, una estrella fugaz cruzando el cielo. Sofía la ve, señala. —Pide un deseo, rey. Él cierra los ojos con teatralidad. —Ya lo tengo todo, Sofía. Tú, Alexei, este pequeño pateando, esta isla… ¿qué más? Ella le da un golpecito suave en el pecho. —Mentiroso. Seguro que pediste más días aquí sin volver al frío. Él abre los ojos, la mira serio un segundo. —Pedí que Nikolai Antonio salga sano. Y que Alexei tenga muchos hermanos para pelearse por los cocos. Sofía se emociona y le acaricia la mejilla con una sonrisa suave pero traviesa, delicada pero juguetona. —Ese deseo lo comparto. Pero con espacio entre ellos, ¿eh? Que este aún no nació y ya planeas el próximo. Se ríen, rodando un poco en la arena. Al día siguiente, rutina feliz; Viktor madruga con Alexei para ver el amanecer desde la terraza, el niño en brazos señalando el sol rojo saliendo del mar. —¡Sol! ¡Grande! Viktor le besa en la cabecita. —Como tu mamá cuando se enfada, malysh. Sofía aparece en bata, pelo revuelto, pancita delante. —Oí eso, Viktor. Ya sabes... te tengo un castigo; preparas desayuno para tres. Él la abraza por detrás mientras corta fruta. —Castigo aceptado, mi reina. Pero con besos de propina. Desayuno en la playa, picnic improvisado, Alexei comiendo patilla y manchando todo, los padres sentados en la manta riendo de sus intentos de decir “patilla”. —Pa… ti… lla— balbucea el niño. Sofía aplaude. —¡Eso es! patilla, como en mis tierras costeñas allá en Colombia. Viktor finge ofendido. —Traición. Yo le enseñé “arbuz” ruso y va y dice decir patilla. Ella le tira una cáscara juguetona. —Culpa tuya por casarte con una Colombiana. Tarde de juegos; Viktor cava un hoyo gigante en la arena para que Alexei “nade” dentro, Sofía toma fotos desde la hamaca. —Estas van a la pared del ático, Sofía. Alexei rey de la arena. Ella se acerca, se sienta a su lado, pancita rozando su brazo. —Y tú rey de los castillos. Mira que paciencia tienes con él. Él la mira, serio un momento. —Aprendí en el monasterio, Sofía. Paciencia para lo que importa. Y esto… esto es lo que importa. Alexei los interrumpe tirando arena a los dos. —¡Ma-má! ¡Pa-pá!— Alexei grita tirando arena. Se lanzan a una guerra de arena suave, riendo hasta que Sofía pide tregua por la pancita. —¡Me rindo! El pequeño zar gana! Al atardecer, paseo los tres por la orilla, Alexei entre ellos cogido de las manos, chapoteando en las olas pequeñas. —Cuando Nikolai nazca— dice Sofía, —traemos a los dos aquí. Y a mamá para que grite con el calor.» Viktor asiente. —Y a Dimitri para que haga de niñera y se queme como langosta. Se ríen imaginándolo. En la noche, una cena ligera en la terraza, Alexei dormido temprano por tanto sol. Sofía y Viktor en la piscina infinita, pies en el agua, mirando las estrellas en el cielo nocturno otra vez. —¿Sabes qué me gusta de esta isla, Sofía? pregunta él, cabeza en su regazo. —Dime. —Que aquí no hay pasado. Solo presente. Tú embarazada, Alexei aprendiendo palabras nuevas, yo… feliz de verdad. Ella le acaricia el pelo. —Y futuro. Muchos veranos aquí. Muchos niños corriendo. Muchos atardeceres así. Se quedan callados, el agua reflejando la luna. Luna de miel, días eternos de risa, sol, familia. El paraíso no termina cuando vuelvan. Solo cambia de playa.






