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Capítulo 80: Segunda visita y primeros pasos.

Ya han pasado dos meses dentro del Monasterio de Valdai, y Viktor ha avanzado considerablemente. La primavera poco a poco empieza a asomarse, nieve derritiéndose en charcos, los árboles desnudos con brotes verdes tímidos, el lago reflejando un cielo más azul.

Y Viktor ha cambiado más.

Barba recortada por él mismo los monjes le enseñaron, pelo largo atado en una coleta baja, cuerpo fuerte de trabajo manual pero más ligero, ojos serenos que brillan cuando piensa en ellos.

Rutina sagrada: 4 a.m. oración, trabajo en el huerto ahora siembra en vez de cortar la leña, hace su confesión semanal donde ya no llora tanto, sino que agradece.

El padre superior le dijo un día...

—El orgullo se fue, hijo. Ahora queda la humildad… y el amor que te trajo aquí.

Viktor sonríe al recordarlo.

—El amor me mantiene aquí. Y me sacará limpio.

Pensó en voz alta mientras respiraba el aire fresco.

Llegó el sábado, el día de visita que Viktor estuvo esperando una vez más. El monje portero le avisa otra vez.

Viktor sale al jardín, hábito limpio, corazón latiendo fuerte.

Sofía está ahí, abrigo primaveral color amarillo suave, vestido debajo que marca sus curvas y rollitos porque sabe que lo mata verte así, reina traviesa, además, esa pancita que ya se le está notando tan bonita.

Alexei en sus brazos, ya más grande, casi corriendo solo. En cuanto ve a Viktor, el niño se remueve como loco en los brazos de Sofía.

—¡Pa-pá! ¡Pap-á!

Sofía lo baja al suelo con cuidado.

Alexei gatea un poco, se pone de pie tambaleante… y da sus primeros pasos de verdad hacia Viktor.

Uno. Dos. Tres. Cuatro pasitos torpes pero decididos, directo a los brazos abiertos de su padre, los primeros pasos dedicados a quien es su papá.

—¡Papááá!» grita feliz, cayendo en su pecho.

Viktor se inclina de inmediato y lo carga con sus fuertes brazos al vuelo, lo abraza fuertemente, y no puede evitar llorar sin vergüenza delante de Sofía, del monje portero y hasta de dos monjes que miran desde la ventana.

—Mi príncipe… mis primeros pasos… tuyos…

Lo besa mil veces por toda la carita sonrosada de Alexei, lo levanta en alto, ríe y llora al mismo tiempo. Sofía se acerca, lágrimas en los ojos, sonrisa temblorosa.

—Lo guardé para ti. Sabía que hoy caminaría.

Viktor la mira, Alexei todavía en sus brazos.

—Reina… gracias. Por esto. Por esperar.

Se arrodilla con el niño, le coge la mano a Sofía.

—Un mes más. Y vuelvo limpio. Te lo juro.

Ella se agacha, le acaricia la barba con suavidad y reverencia.

—Te veo limpio ya, ya estás cerca mi amor, cerca de ser un nuevo hombre, 30 días nada más, y volverás a casa completamente limpio.

Y no pudieron evitarlo, ambos presionan sus labios en un beso casto y delicado, que lentamente, poco a poco se vuelve cada vez más profundo que la primera visita, labios abriéndose un poco, lengua rozando apenas prohibido, pero nadie los ve.

Viktor tiembla, deseo contenido de dos meses ardiendo en ese beso.

—Te deseo tanto que duele—susurra contra su boca. —Si supieras cuanto te extraño, y lo que me toca soportar para no pensar en ti tan... ya sabes...

Ella sonríe con travesura, y le aprieta suavemente la mano.

—Guarda eso para la noche que vuelvas. Te voy a dar hasta que olvides hasta cómo se reza, o más bien... hasta hacerte rezar de verdad por tanta dicha que te voy hacer sentir.

Él gruñe en un bajo tono gutural casi animal, le cuesta controlar cada gramo de concentración y no dejar que su soldado se despierte y se tense dentro de sus pantalones.

—Mm~ Trato, reina mala— logró decir en voz baja.

Pasan la hora jugando, Alexei caminando entre ellos, Viktor sosteniéndolo, Sofía riendo cada vez que el niño cae en la hierba y se levanta solo.

Hablan de todo y a la vez de nada, el imperio va bien, doña María manda audios diarios gritando, Dimitri cuida todo.

Cuando la campana avisa fin de visita, Viktor los abraza fuerte.

—Un mes más, mis amores. Y vuelvo a casa.

Sofía le da un beso en la comisura de su labio.

—Y yo te espero… con la cama caliente.

Viktor los despide con un abrazo y una oración de protección y los deja ir una vez más.

Se queda en la puerta del monasterio hasta que el coche es solo un punto negro en el camino nevado. Alexei agitando la manita desde la ventana trasera se le graba en el alma como una foto que nunca borrará.

Entra a la iglesia, el olor a incienso y cera quemada envolviéndolo como un abrazo viejo.

Se arrodilla delante del icono de la Virgen con el Niño, las rodillas ya acostumbradas a la piedra fría.

Esta vez no llora de dolor. Llora de gratitud.

—Gracias… por esos pasos. Por esa visita. Por no quitármelos.

Se queda ahí una hora más, rezando la oración de Jesús hasta que las palabras se convierten en latido, “Señor Jesucristo, ten piedad de mí, pecador”.

Cuando sale, el sol de primavera calienta un poco la nieve derretida. Los monjes lo miran con sonrisas discretas: saben que algo cambió hoy.

El padre superior lo llama a su celda esa tarde.

—Has recibido visita dos veces, hijo. Y tu rostro… es otro.

Viktor se sienta en el banco duro y rígido.

—Padre… hoy mi hijo dio sus primeros pasos hacia mí.— Su voz tembló ante la admisión, y sus labios también tiemblan pero logra contener el nudo en la garganta para poder continuar.

—Gritando “papá”. Fue… como si Dios me dijera que sí hay perdón.

El anciano sonríe bajo la barba blanca, lo ha comprendido totalmente y siente el espíritu de Viktor mucho más vivo, más alegre y con un nuevo propósito más grande.

—Dios siempre dice sí al arrepentido de verdad. Pero el perdón completo viene cuando te perdonas tú.

Viktor inclina la cabeza hacia abajo.

—Todavía me odio por lo que hice. Por esa noche estúpida.— Se autocritica en un murmullo bajo y arrepentido.

—Entonces trabaja eso en el último mes. El odio a uno mismo es orgullo disfrazado. Acepta que fuiste débil… y que ahora eres fuerte por gracia.

Viktor asiente, sus ojos se llenan de lágrimas contenidas una vez más y parpadea para espantar aquella vulnerabilidad.

—Lo haré, padre. Por ella. Por ellos.

El último mes empieza con una energía nueva.

Viktor se levanta antes de la campana, ayuda a los monjes viejos con sus tareas sin que se lo pidan. En el huerto, siembra semillas con cuidado infinito, pensando en cómo su vida con Sofía y Alexei, con el que ya lleva adentro y... quizá más hijos será como este jardín, cultivado con paciencia.

Lee los Evangelios por las noches, marca frases que le hablan directo: “Ve y no peques más”.

Escribe cartas a mano porque su teléfono está decomisado, obviamente. Una carta para Sofía cada semana, y que el padre superior envía haciéndole el favor con amabilidad.

En la última...

“Reina mía,

Hoy planté tomates pensando en ti, fuertes, rojos, que crecen incluso en tierra dura.

Como nuestro amor.

Un mes más y vuelvo.

Limpio.

Digno.

Tuyo para siempre.

Viktor.”

Sofía las recibe, las lee en la cama sola, en cada una, siempre se le salen las lágrimas, llora un poquito y guarda todas bajo la almohada.

Las noches son las más duras, deseo contenido de tres meses ardiendo en sueños donde Sofía lo monta despacio, susurrando “buen chico” mientras él no puede tocarla.

Despierta duro, esta sería como la décimo octava vez que despierta x2 él y su enorme y palpitante amigo, despertando siempre agitado y sudoroso, y reza con toda su alma para poder calmar el cuerpo carnal... por ahora.

Un día, ayuda a un monje joven que duda de su vocación.

—Hermano… ¿cómo sabes si vale la pena el sacrificio?— pregunta el chico.

Viktor sonríe levemente.

—Porque al otro lado hay una mujer y un hijo que valen más que cualquier placer del mundo. El sacrificio no es vacío: llena.

El chico asiente, impresionado.

El padre superior lo oye de paso y después le dice...

—Ya no solo recibes, hijo, ahora das, y eso es señal de que estás listo.

Última confesión antes del fin.

—Padre… ya no odio al Viktor de antes. Lo comprendo. Era débil porque no sabía lo que era amor de verdad. Ahora lo sé. Y no vuelvo atrás.

El anciano le pone la mano en la cabeza.

—Ve en paz, hijo. Y sé digno de ellas.

La víspera del último día, Viktor camina solo por el lago. El hielo roto, agua corriendo libre, como él.

Saca el anillo del bolsillo lo guardó todo este tiempo y lo besa.

—Un día más, reina. Y vuelvo a arrodillarme… pero esta vez para ponértelo para siempre.

La primavera resurge por completo ganando terreno al invierno.

Y Viktor Volkov, renacido, está listo para volver a casa, listo para despedirse de su segunda casa llamada Monasterio y volver con su familia.

—Ahora sí reina, voy por ti... y por el pequeño zar.

Declaró con una sonrisa dirigida al cielo, a la naturaleza, a todo lo que lo rodea y por supuesto... a Dios.

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