Mundo ficciónIniciar sesiónDentro del Monasterio de Valdai, en el último día de los tres meses. La primavera ha ganado del todo, el lago brilla azul, los árboles verdes, flores silvestres brotando en el jardín donde Alexei dio sus primeros pasos.
Viktor en estos momentos está en la iglesia, de rodillas por última vez, dando gracias. Tiene la barba recortada, pelo largo pero ordenado, cuerpo fortalecido un poco menos musculoso, ojos que brillan con una paz que nunca tuvo. El padre superior entra, lo ayuda a levantarse. —Has cumplido, hijo. Tres meses de silencio, trabajo y oración. Ya no eres el hombre que entró. Viktor sonríe, con la voz calmada. —Gracias, padre. Por enseñarme a ser humilde. El anciano le pone la mano en el hombro. —Ve con Dios. Y sé digno de esa mujer y ese niño que te esperan. El amor verdadero es el mejor monasterio. Lo bendice con la cruz. Viktor sale con su maleta pequeña, una ropa civil que Dimitri le trajo ayer, el icono de la Virgen y el anillo en el bolsillo y por supuesto que le devolvieron el teléfono. Dimitri ya esperaba fuera con el coche. —Jefe… o hermano Viktor… bienvenido al mundo. Lo abraza fuertemente con palmadas firmes en la espalda. —Al ático, Dimitri. A casa. El trayecto es largo y silencioso, pero Viktor pasa mirando por la ventana en todo el viaje, rezando en silencio, el corazón latiendo fuertemente ante su acercamiento. Llegan a la torre al atardecer. Sube en el ascensor privado, las manos temblando. Toca la puerta aunque tiene llave, pero quiere que ella abra. Sofía al escuchar los toques al otro lado de la puerta, ella se acerca a abrir, podría ser a quien ha estado esperando... Y Viktor se queda sin aliento. Está preciosa, vestido suelto negro que marca la pancita ya notoria de casi cuatro meses, el embarazo que le anunció como regalo de cumpleaños ahora visible, redondo, hermoso. Los ojos de ella brillan con lágrimas contenidas y los labios temblorosos. —Viktor… Él se arrodilla en el pasillo, con la maleta al lado. —Reina… volví. Limpio. Cambiado. Tuyo. Sofía se agacha frente a él, le acuna la cara barbuda con ambas manos, se inclina lentamente y con reverencia hasta que encuentra sus labios en un beso profundo, lengua rozando, deseo de tres meses explotando en ese beso. —Entra, amor... Antes de que te f*lle aquí mismo en el pasillo. Lo arrastra dentro y cierra la puerta. Alexei corre gateando ya casi caminando solo hacia él. —¡Papááá! Viktor se apura a acercarse también y lo agarra, lo abraza fuertemente llorando contra su cabecita. —Mi príncipe… papá volvió. Sofía también se acerca y los abraza a los dos, la pancita notoria pegada al pecho de Viktor. —Mírate… embarazada de nuestro segundo. Y yo ausente durante tres meses. Ella sonríe suavemente con diversión, le aprieta el trasero ligeramente. —Ausente pero obediente. Ahora vas a compensarme cada día perdido. Lo lleva al dormitorio, Alexei jugando en el salón con la niñera que Dimitri llamó discretamente. En la cama, Sofía lo empuja, le quita el hábito que aún lleva bajo la chaqueta lo trajo como recuerdo. —Desnúdate, rey limpio. Quiero ver qué trajiste del monasterio. Él obedece, con el cuerpo marcado por el trabajo pero fuerte, duro ya solo de mirarla de tanto haber aguantado tanto tiempo, siente que se le va a explotar. Ella se quita el vestido, queda en bragas y sujetador, la pancita redonda brillando. Viktor se arrodilla delante de ella, y le besa el vientre. —Gracias por guardarlo. Por esperarme, mi reina. Le baja las bragas lentamente con mucha reverencia, le abre las piernas y se dedica a ella con la boca, lengua suave, con dos dedos dentro, adorando cada centímetro como en oración, su sabor explota en sus papilas gustativas y gime con voz ronca sin querer despegarse de su carne caliente. Sofía gime, agarra su cabello largo. —Joder, Viktor… tres meses sin esto… más fuerte… Viktor acelera, golpeando una y otra vez su punto sensible dentro de ella, y hasta que Sofía gritó, él presionó la fuente de agua viva que salpica en toda su cara, hasta que le hizo sacar lágrimas en los ojos de ella. Luego ella se acomoda entre sus piernas, con cuidado de no lastimar al nuevo bebé, y se entierra lentamente hasta estar segura de que tiene incrustado hasta el último centímetro de él. —Ahora yo te monto, monje malo. Lo cabalga lento al principio, profundo, mirándolo a los ojos. —¿Rezaste por mí? —Cada día, reina. —¿Me deseaste? —Cada noche. Y ella sin más, acelera, círculos rápidos y apretados que dejan a Viktor viendo más que estrellitas, se estaba volviendo loco, después de unos segundos más, se vienen juntos, ella apretándolo dentro, él derrumbándose contra su pecho. Al rato quedan sudorosos y temblando, se quedan abrazados con él acariciando la pancita con su mano callosa y caliente. —Volví para siempre mi amor, ahora limpio, limpio y tuyo. Ella le da un beso duradero en su barba incipiente. —Y yo te recibo para siempre mío, porque yo también soy tuya. Alexei gatea hasta la entrada de la puerta de ellos que estaba entreabierta, ambos se sorprendieron al principio, pero despues, Viktor con la sábana envuelta, se levanta de la cama y lo carga, se sientan los tres y se abrazan entre los tres. La familia completa otra vez. Y el rey limpio por fin en casa. La cama king size del ático nunca se sintió tan grande y tan pequeña a la vez. Viktor en el centro, Alexei gateando encima de su pecho tatuado riendo como loco cada vez que papá le hace pedorretas en la tripita, y Sofía acurrucada a su lado, la pancita redonda de cuatro meses pegada a su cadera, la mano de él acariciándola sin parar como si no se creyera que es real. —Mira esto, reina… nuestro segundo bebé. Creciendo mientras yo rezaba como un monje. Ella se ríe suavemente y le guía la mano más abajo, entre sus piernas todavía húmedas del s*xo de bienvenida. —Y yo deseándote como una monja alborotada Tres meses sin ti dentro… me volviste loca. Viktor gruñe bajito, los dedos rozándola suavemente en su carne caliente, sintiendo cómo se moja otra vez solo con tocarla. —Compensaré cada noche perdida. Empezando ahora. Alexei, como si entendiera, bosteza épico y se acurruca contra el pecho de su padre, cerrando los ojitos. Sofía sonríe, y le besa en la frente al niño. —Duerme, pequeño zar. Mamá y papá tienen que… reconciliarse un poquito más. Lo llevan a su cuna con cuidado infinito, cierran la puerta de la nursery y vuelven a la cama como dos adolescentes hambrientos. Viktor la tumba boca arriba, le abre las piernas y se dedica a besar cada centímetro de la pancita. —Hola, pequeño… papá volvió. Y no me voy nunca más. Baja más, le separa los labios con los dedos y la lame despacio, profundo, como quien adora un altar después de tres meses de ayuno. Sofía arquea la espalda, agarra las sábanas. —Viktor… joder… sí… así… La hace venirse una vez más con la boca, sus piernas temblando y gritando su nombre bajito para no despertar al niño. Luego se sube encima con cuidado de la pancita, entra despacio, centímetro a centímetro, mirándola a los ojos. —Te extrañé tanto… tu calor… tu apretándome así… Empieza a moverse suavemente, profundo, una mano en su pecho rodeando donde Alexei se alimenta, la otra en la pancita. —Te amo embarazada… te amo mandona… te amo siempre. Ella le clava las uñas en la espalda, le muerde el cuello. —Y yo te amo limpio… te amo arrepentido… te amo dentro de mí otra vez. Aceleran, los dos jadeando, sudorosos, el deseo de tres meses explotando en embestidas más fuertes, y de nuevo se vienen juntos otra vez, ella apretándolo tanto que él ruge contra su boca, derrumbándose a su lado para no aplastar la pancita. Se quedan abrazados, respirando agitado, él acariciando el vientre redondo. —¿Cómo te has sentido sola con esto?— pregunta en voz baja, con la voz llena de culpa. Ella le besa la barba. —Fuerte. Porque sabía que volverías mejor. Y porque Alexei me ayudaba. Pero te extrañé cada noche… aquí…— le guía la mano entre las piernas otra vez, —y aquí— le pone la mano en el corazón. Viktor cierra los ojos con fuerza para contener las lágrimas en estos momentos, completamente emocionado. —Nunca más vas a estar sola, y nunca más serás débil. Te lo juro por este pequeño que crece. Se besan lento, con sabor a s*xo y a futuro. Después, ducha juntos, él lavándole el cabello, ella enjabonándole el cuerpo marcado por el monasterio, los dos riendo cuando él se pone duro otra vez solo con rozarla. —Tres meses de abstinencia, reina… voy a necesitar semanas para saciarme, quizá... incluso más de tres meses. Ella se arrodilla en la ducha con cuidado, y envuelve sus piernas en un abrazo con una mano en una nalga musculosa, y lentamente se lo traga entero, mirándolo desde abajo con esa mirada marrón profunda. —Semanas enteras tuyas. Empezando ahora. Viktor apoya las manos en los azulejos porque no quería jalar su cabello, él estaba apunto de volverse loco, sus ojos se ponen en blanco de felicidad. Lo chupa hasta que él se corre en su boca, temblando contra las baldosas. Salen envueltos en toallas, se tiran en la cama otra vez. Hablan hasta la madrugada, de la boda express, de doña María llegando en días, de nombres para el bebé él quiere algo ruso, ella algo andaluz, terminan riendo con combinaciones locas. Viktor le cuenta anécdotas del monasterio, cómo cortaba leña rezando su nombre, cómo soñaba con ella y despertaba rezando más para calmar el deseo. Sofía le cuenta cómo manejó el imperio sola, cómo Alexei preguntaba por papá, cómo guardaba sus cartas bajo la almohada y las leía cuando el deseo dolía más. —Ahora las cartas terminan— dice él, besándole la pancita. —Ahora te lo digo en persona cada día. Se duermen enredados, él con la mano en el vientre, ella con la cabeza en su pecho. Al amanecer, Alexei entra gateando a la cama, se mete entre ellos. Los tres despiertan riendo, besando, planeando el futuro. Viktor mira a su reina embarazada, a su hijo mayor riendo, y piensa que tres meses de monasterio valieron cada segundo. Porque volvió a casa limpio. Y nunca más se irá.






