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Capítulo 78: La llegada al monasterio.

Y así mismo, Dimitri llevó a su querido jefe directo a la redención, después de un largo viaje silencioso, el coche se detiene frente al monasterio de Valdai al atardecer, con el lago helado brillando atrás como un espejo roto.

Los edificios se ven antiguos de piedra, campanas quietas y mudas, hay un silencio que pesa más que cualquier ruido de Moscú, sólo el sonido de algunos pajaritos cercanos.

Viktor baja con la maleta pequeña, tiene puesta una ropa sencilla, un icono que Sofía le metió a la fuerza y el anillo de compromiso en el bolsillo, como talismán.

Dimitri apaga el motor y sale para acompañar a su querido amigo, se pone a su lado y lo mira con ojos serios.

—Tres meses, hermano. Hazlo por ella. Por el niño. Por ti.

Viktor asiente con firmeza, y abraza fuerte a Dimitri como camaradas de toda la vida.

—Cuídalos. Dile a Sofía… que ya empecé a pagar.

Después de la breve despedida, Dimitri lo mira por última vez y arranca en el auto, dejando tras de sí a Viktor quien ahora iría a enfrentar varias realidades de su vida. El coche desaparece por el camino nevado.

Viktor camina y se acerca, toca la puerta de madera pesada.

Un monje viejo abre, hábito negro, barba larga, ojos que parecen leer el alma, ni siquiera se sorprendió al ver al rey de la mafia, claro que no, pero comprendió el por qué de inmediato.

—Hermano Viktor. Lo estábamos esperando.

Lo guían por pasillos fríos, olor a incienso y madera antigua, más adelante, una pequeña habitación parecida más a una celda que su hogar junto con Sofía, hay una cama dura, un crucifijo en la pared, ventana al lago y paredes sencillas y nada más qué apreciar salvo por una Biblia sobre una mesita de noche.

¿Reglas? oh sí, reglas estrictas, silencio casi total, oración a las 4 a.m., trabajo manual, confesión semanal. Y así comenzó, su primer día, Viktor se tira en la cama vestido, mira el techo agrietado.

Saca el teléfono, por suerte aún con batería, mira fotos de recuerdos, Sofía en rojo en la gala, Alexei diciendo “papá”, los tres en portada. Los ojos empiezan a contener las lágrimas que amenazan con derramarse en silencio.

—Lo siento, reina… lo siento tanto.

Apaga la pantalla sin poder soportarlo más, y en última instancia lo entrega al padre superior al día siguiente como parte de las reglas.

Empieza una rutina brutal.

A las 4 a.m. sonaron la campana de iniciación de comienzo del día. Oración en la iglesia fría, de rodillas en una piedra.

En el desayuno no encontró caviar, ni pan de ajo o los panqueques que Sofía solía prepararle con tocino, no, no, aquí era pan duro casi reseco, de avena y simple, con un té suave que no parecía tener ni color, sólo calor en donde ve su reflejo.

En el trabajo, él limpiar establos, corta leña con un hacha, barre la nieve hasta que las manos sangran y se hinchan.

En la tarde en un silencio puro, solo habla para confesar o rezar.

Dijo su primera confesión, y ya había pasado una semana desde que llegó.

El Padre superior, el anciano habla con voz grave, incitando a Viktor a confesarse.

—Habla, hijo. Libera el alma—, lo señala con la palma, esperando a que Viktor acceda voluntariamente pero sin apurar a nadie, dándole todo el tiempo que necesite.

Viktor entonces, estando de rodillas en la celda del confesor, se rompe.

—Padre… traicioné a la mujer que amo. Casi la pierdo por estupidez. Por orgullo. Por un momento de debilidad en un lugar de pecado.

Llorando como nunca, cuenta todo, el burdel, la foto, la puerta cerrada, el ultimátum y... no solo eso, sino también todo el trayecto que tuvo desde que conoció a Sofía hasta hoy día, sin volarse ningún detalle doloroso.

El padre escucha sin juzgar, solo lo mira dejando que se desahogue todo lo que tenía dentro de su oscuro corazón.

—El pecado de la carne es fuerte, hijo. Pero el de la traición al amor… más. Reza. Trabaja más. Busca a Dios en el silencio. Él perdona… si tú te perdonas.

Viktor no pudo evitarlo, no pudo soportarlo, y se derrumba nuevamente llorando, arrodillado agachado la cabeza hasta tocar su frente contra el suelo mientras de abraza, el llanto era como la liberación más fuerte que pudo haber hecho jamás, era un llanto, un lamento y todo lo que ocultó bajo su frío temperamento en una fortaleza que lo separa de él y su propio espíritu, se desata en un mar de lágrimas de disculpa y dolor.

Durante las noches solo, en la celda fría, rezando de rodillas hasta que las piernas duelen, y comienza a acostumbrarse, y cada día, le dedica una página a la Biblia.

Sueña con Sofía, ella bailando, luego dándose la vuelta, Alexei llamándolo y desapareciendo, el mismo sueño que lo atormenta cada noche, pero estaba decidido a superar ese miedo que tanto lo persigue.

Se despierta sudando, y se dedica a rezar más y más con las manos juntas, con lágrimas en los ojos, buscando que Dios lo escuche.

En los días, sus manos ya ampolladas de tanto cortar la leña, su espalda ya magullada de tanto cargar sacos.

Pero poco a poco… algo empezó a cambir.

El silencio ya no asustaba, y las oraciones ya no se sentían mecánicas, sino más reales, más buscadas, y más salidas del corazón.

Una mañana, cortando leña, piensa en Sofía y sonríe por primera vez, no de dolor, sino de esperanza.

—Voy a volver limpio, reina. Te lo prometo.

El padre superior lo nota y se acerca a su lado.

—El orgullo se rompe, hijo. Ahora debes empezar por construir la humildad.

Viktor asiente fervientemente comprendiendo sus palabras.

El fondo está tocado.

Ahora empieza la subida la escalada de montaña empujando la piedra como el nuevo Sísifo. (una alegoría antigua de empujar una piedra cima arriba y caiga una y otra vez de tanta lucha pero también de búsqueda de propósito)

Los días en el monasterio son un infierno lento y silencioso.

Viktor se despierta a las 4 a.m. con la campana que retumba como un juicio divino, la rutina de la que ya se había acostumbrado.

El frío cala hasta los huesos, la celda no tiene calefacción, solo una manta fina y el hábito negro grueso que le dan, de eso se había dado cuenta desde que entró a esa habitación desde el primer día.

Se viste a tientas en la oscuridad, sale al pasillo donde los monjes caminan como sombras, pies descalzos sobre piedra helada.

La iglesia está iluminada solo por velas y el iconostasio dorado.

De rodillas en el suelo duro, horas de liturgia en eslavo eclesiástico antiguo que no entiende del todo, pero que repite como un mantra. Las rodillas le duelen, la espalda le cruje, el hombro curado protesta con cada inclinación profunda.

Después, desayuno frugal, kasha aguada, pan negro, té sin azúcar, lo que ya se acostumbró a desayunar diariamente. Ninguna palabra. Solo el sonido de cucharas contra cuencos.

En el trabajo de hoy, le tocó estar en los establos.

Quita estiércol con pala, el olor fuerte pegándose a la ropa, las manos ampolladas bajo los guantes viejos, pero siguió luchando, sin rendirse, sin importarle nada más que el recuerdo de rostro de Sofía y Alexei.

Sudor frío en la frente, músculos que no usaba así desde hacía años temblando. Un monje joven lo observa en silencio, luego le pasa un trapo para las manos.

Viktor asiente agradecido, pero no habla. Claro, existía la regla de silencio, así que no decía nada más que trabajar en lo suyo.

Al mediodía, la hora del almuerzo, sopa de col, patatas hervidas y la verdad... no estaba tan mal, incluso aprendió a comer con la mano sin ensuciarase.

Come de pie en el refectorio mientras escuchan lectura de los Padres de la Iglesia.

Durante la tarde, se vuelve a dedicar a cortar leña en el bosque nevado.

El hacha pesada, el aire que quema los pulmones, la nieve hasta los tobillos.

Cada golpe es un “lo siento, Sofía”.

Cada astilla que salta es un recuerdo del burdel, de la morena, de la foto que lo condenó. Al atardecer, vísperas en la iglesia otra vez. De rodillas hasta que las piernas se entumecen.

En la noche lo espera como siempre la celda fría, y termina con una oración personal. Viktor se arrodilla delante del crucifijo pequeño, las manos juntas, y llora en silencio.

—Dios… si existes… yo sé que sí, por favor... ayúdame. No por mí. Por ella. Por Alexei. Hazme el hombre que merecen.

Las lágrimas caen calientes sobre el suelo de piedra. Duerme poco, con sueños agitados, Sofía cerrando la puerta, Alexei llamándolo y desapareciendo en la niebla, un sueño del que empezó a acostumbrarse.

Llegó la segunda semana, el cuerpo empieza a adaptarse, pero la mente... todavía no del todo.

Llega la confesión semanal. De rodillas otra vez ante el padre superior.

—Padre… no dejo de pensar en ella. En cómo la traicioné. En el olor de esa mujer que ni recuerdo pero que me costó todo.

El anciano suspira levemente, pero su paciencia lo comprende por completo.

—El demonio de la carne es astuto, hijo. Usa recuerdos para tentarte. Pero el amor verdadero limpia. Reza el Jesús Oración: “Señor Jesucristo, ten piedad de mí, pecador”. Repítela hasta que duela, hasta que la garganta te quede seca, hasta que sientas que por fin olvidaste todo aquello que te mantiene atado a lo mundano.

Y así mismo, Viktor no duda, asiente y le sigue, empieza a orar a todo pulmón en su pequeño espacio personal de redención y perdón en su búsqueda de liberarse de todos esos pecados.

Dura horas enteras, “Señor Jesucristo, ten piedad de mí, pecador”.

Al principio empezó ligero y mecánico, como si no lo sintiera del todo en el corazón, como si solo lo dijera de boca, de lengua, pero no de adentro, su espíritu aún duerme para poder conectarse por completo.

Después de un largo rato… algo dentro de él se rompe dentro.

Una noche, después de vísperas, se queda solo en la iglesia vacía. Se arrodilla delante del icono de la Virgen con el Niño, el mismo que vio la primera noche.

Y llora como un niño, como un niño que Sofía nunca ha visto este lado de él, esta faceta suya tan vulnerable, la más de todas y la que más ha ocultado en toda su vida.

—Perdóname… perdóname por ser débil. Por casi perderlos. Hazme digno. Por favor.

Se queda ahí hasta que las velas se apagan, las rodillas sangrando contra la piedra. Al día siguiente, el padre superior lo encuentra dormido en el suelo de la iglesia.

Se acerca y apoya su mano arrugada por los años en el hombro de Viktor para despertarlo con cuidado.

—Has tocado fondo, hijo. Ahora sube.

Viktor se despierta y lo escucha de golpe y asiente, los ojos hinchados pero más limpios.

Empieza a cambiar de verdad. Las manos ampolladas ya no duelen tanto.

El silencio ya no asfixia, ahora lo llena.

Trabaja más duro, ayuda a los monjes viejos sin que se lo pidan. Lee la Biblia por las noches a la luz de una vela pequeña. Encuentra un salmo que repite: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio”.

Y por primera vez en semanas… sonríe al pensar en Sofía, no de dolor, sino de esperanza.

—Voy a volver, reina, limpio, digno... Tuyo de verdad.

El lago helado afuera refleja la luna. Y Viktor Volkov, el rey que tocó fondo, empieza a renacer en la celda más fría de Rusia.

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