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Capítulo 77: La caída y búsqueda de la redención.

Viktor pasa la noche en vela en el sofá de Dimitri, mirando el techo como si pudiera ver a través de él hasta donde Sofía duerme sola, o no duerme. El teléfono lo mantiene apagado, y los mensajes todavía no parecen ser leídos, las llamadas que saltan directo al buzón.

Al amanecer, esa mañana parecía lúgubre, amarga para cuando Viktor se había despertado, Dimitri le trae café negro y una cara de “no debí haber boqueado”.

—Jefe… ¿qué vas a hacer?

Viktor se pasa la mano por la cara, la barba ya le estaba creciendo, mejillas más incipientes que le raspan la palma, los ojos están vidriosos y rojos, con unas ojeras de no haber podido dormir en toda la noche.

—Arreglarlo. Como sea— logró decir con voz ronca y cansada.

Pero primero… la resaca emocional lo golpea fuerte. Y el orgullo estúpido también.

—Una hora más. Solo para despedirme de los chicos como Dios manda. Luego voy a arrastrarme.

Dimitri suspira, entonces, con un leve asentimiento, le hace caso a su jefe y salen del apartamento de Dimitri ya yendo directo al burdel de ayer.

—Solo para cerrar la noche—, se dice Viktor.

—Solo una copa más.

Pero eso fue el peor error que pudo haber cometido...

El lugar ya está en plena marcha matutina porque en Moscú los pecados no duermen.

Las mismas mujeres, más champán, música más alta. La morena de anoche lo ve entrar y sonríe como si nada hubiera pasado.

—Volviste, guapo. ¿Tu "reina" te dejó jugar?

Viktor, con el alcohol de la noche anterior todavía en vena y el dolor fresco, se sienta en el mismo sofá VIP.

—Solo una copa,— dijo secamente con la mirada perdida y la mente en otra parte.

Pero una copa se convierte en tres Y tres en botella, y... tres doritos después...

La morena se sienta más cerca, le sirve, le roza el brazo.

—Relájate campeón… todos los hombres casados vienen aquí alguna vez. Es tradición.

Él se ríe con amargura sacudiendo la cabeza.

—No voy a casarme ya, parece.

Ella se sube a horcajadas otra vez, más cerca esta vez, le besa el cuello de verdad, le mete la mano bajo la camisa.

Viktor cierra los ojos un segundo… y no la aparta.

Solo un segundo, pero es suficiente, de repente la puerta del privado se abre de golpe otra vez y esta vez no era Sofía. Es Dimitri, con el celular en la mano y cara de funeral.

—Jefe… sal ahora.

Viktor empuja a la chica, se levanta tambaleante.

—¿Qué pasa?

Dimitri le enseña la pantalla, una foto tomada desde fuera del privado, borrosa pero clara; Viktor con la mujer encima, la mano de ella en su pecho, la boca de ella en su cuello.

Enviada desde un número anónimo a Sofía.

Y debajo... un mensaje “Tu rey jugando de verdad esta vez.”

Viktor palidece, el alcohol se le baja de golpe.

—¡No! ¡No pasó nada! ¡Solo…!

Pero Dimitri lo agarra del brazo.

—Ya está hecho. La foto está en su teléfono. Y ella… me llamó llorando.

Viktor se derrumba en el sofá, la cabeza entre las manos.

—Soy un p*to idiota.

Dimitri no sabía ni qué hacer o decir, pero se acerca a su amigo.

—Sí. Pero ahora arregla esto o la pierdes para siempre.

Viktor sale del burdel tambaleante, el frío de la mañana golpeándole como castigo.

Llama a Sofía mil veces, pero el de ella aparece apagado.

Así que va como puede, ebrio, con las piernas temblando y el alcohol dándole vueltas en la cabeza, toca la puerta varias veces, tantas que los nudillos se le ponen rojos y lastimados, sin embargo la puerta está cerrada con llave nueva.

Toca más fuerte, como si quisiera derribar la puerta, entonces suplica a través del interfono.

—Sofía… ábreme… te juro que no pasó nada… fue solo un momento estúpido…

Hay un silencio sepulcral que él no puede soportar.

Luego se escucha una voz, más fría que nunca.

—Vete, Viktor. La boda se cancela. Hasta que aprendas a ser el hombre que merezco… adiós.

Él se arrodilla en el pasillo con las rodillas golpeando el suelo con un ruido sordo, y empieza a llorar como un niño, apoyado contra la puerta, chilla y chilla aún golpeando la puerta con los nudillos y palmas, su mejilla se desliza por la superficie de madera con el rostro rojo lleno de lágrimas y mocos.

Pero ella no abre.

La caída comenzaba a amenazar y destruir lo que se estaba convirtiendo en una familia bonita, demonios internos estaban apunto de derrumbar lo que se estaba convirtiendo en un imperio, y un templo familiar.

Viktor se queda de rodillas en el pasillo frío del ático, la maleta a un lado como un testigo mudo de su cagada. La puerta sigue cerrada, el interfono en silencio, y el corazón latiéndole tan fuerte que duele más que la bala del hombro.

Se levanta despacio, agarra la maleta y baja en el ascensor privado que ahora se siente como un ataúd. En el garaje, Dimitri lo espera con el coche encendido, cara de perro apaleado.

—Sube, hermano. Vamos a mi casa.

En el trayecto, todo es un infierno silencioso. Viktor mira por la ventana las luces de Moscú borrosas, como si la ciudad entera se burlara de él.

—¿Cómo pude ser tan estúpido?— murmura para sí mismo.

Dimitri no hace más que suspirar por su mejor amigo.

—Porque el vodka y el orgullo son mala mezcla, jefe. Y porque a veces los hombres necesitamos tocar fondo para subir limpios.

Llegan al apartamento de Dimitri un vez más, igual de grande, pero impersonal comparado con el ático que ahora siente perdido. Viktor se tira en el sofá, coge la botella de vodka que Dimitri le ofrece y bebe directo.

—Ella me odia— repite con voz ronca por la amarga bebida.

—No te odia, solo está... rota, hay una gran diferencia, jefe.

Mientras pasan las horas, Viktor manda mensajes que no se entregan, flores que sabe que irán a la basura, después de varios minutos llama a doña María otra vez, con la voz quebrada y llena de emoción.

—Mamá… la perdí.

La señora llora al teléfono, lo regaña con amor duro andaluz.

—¡Pues recupérala, tonto del haba! ¡Arrodíllate, llora, suplica! ¡Mi niña vale más que tu orgullo ruso!

Él promete que lo hará, pero primero hubo un obstáculo… el alcohol lo venció de inmediato y se duerme vestido, empieza a soñar con Sofía, la ve que está en un jardín bailando y vestida de rojo, el corre hacia ella intentando alcanzarla, pero se da cuenta de que no puede y la ve luego dándose la vuelta e irse para siempre.

Al día siguiente despierta con un amargo sabor de boca, con resaca emocional y física, va al ático otra vez, toca la puerta como un mendigo.

Sofía escucha la puerta tocar una vez más, ella también estaba sufriendo mucho, así que se levantan y abre un poco la puerta para asomar solo media cara pero se le podía notar el rostro de dolor detrás de ella, los ojos hinchados de llorar toda la noche, Alexei en brazos gateando para salir a verlo.

—Pa-pá… balbucea el niño, extendiendo los bracitos.

Viktor se quiebra al oírlo, los ojos se le llenaron de lágrimas inmediatamente y se le derraman sin control con el mentón arrugado de angustia, tristeza y dolor.

—Déjame entrar… por favor…

Ella cierra la puerta un poco más, con la voz temblorosa pero firme.

—No... No hasta que pagues. De verdad,— y no pudo soportar, a ella también se le arrugó la barbilla y se le salieron las lágrimas.

Él se arrodilla otra vez en el pasillo.

—Dime cómo, por favor. Haré lo que sea, lo que tú quieras.— Repite. —Lo que tú quieras...

Sofía respira hondo y profundamente al otro lado.

—Tres meses. Monasterio ortodoxo en Valdai. El más estricto. Sin teléfono, sin lujos, sin s*xo. Madrugarás a las cuatro, rezarás, trabajarás la tierra, confesarás tus pecados. Buscarás de Dios… o a lo que quede de hombre dentro de ti.

Viktor traga saliva fuertemente sopesando las posibilidades.

—¿Y después?

Sofía piensa un segundo y luego le responde.

—Si vuelves cambiado… nos casamos. Si no… adiós para siempre. Y te dejo ver a Alexei, pero nada más.

El silencio impregnó el ambiente mientras Viktor busca las palabras en su cabeza para poder responder.

Él asiente aunque ella no lo vea.

—Acepto— respondió con voz firme a pesar del momento doloroso y tembloroso.

Sofía entonces abre la puerta del todo, con Alexei en brazos. El niño se lanza a los brazos de Viktor, que lo abraza fuerte, llorando contra su cabecita.

—Papá vuelve pronto, malysh (pequeño)… papá va a ser mejor.

Sofía los mira y se derrumba frente a él, se cubre la cara con las manos y luego se limpia las lágrimas y mocos con el dorso de ambas manos.

—No me falles otra vez, Viktor. Porque esta vez… no hay tercera oportunidad.

Viktor se acerca un paso más hacia ella, invadiendo el espacio donde él ya le ha pertenecido y es suyo, y pretendía recuperarlo sea como sea, suavemente le toma la mano y le da un beso reverente en su piel, y puede notar el anillo aún puesto y le alegra internamente que ella no se lo haya quitado, de que aún hay esperanza de redención y perdón.

—No te fallaré. Te lo juro por él.

Se separa despacio, deja al niño en sus brazos y se va con la maleta, ya Dimitri lo esperaba abajo.

—Al monasterio, hermano. Tres meses para renacer.

Viktor sube al coche, y mira la torre por última vez.

—O me salvo… o la pierdo para siempre.

El coche se aleja por Moscú nevado.

Y Viktor Volkov, el rey destronado, empieza el camino más duro de su vida; el de volver a merecer a su reina.

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