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Capítulo 75: Tormenta y confesiones a la luz de las velas.

Esta noche bajo la luna en Moscú, el cielo se parte en dos con un trueno que hace vibrar los ventanales de la torre entera, los relámpagos iluminan el ático como flashes de guerra, la lluvia golpea como balas y, de repente, ¡pum!: la luz se va en todo el edificio.

Se creó una oscuridad absoluta.

Alexei se despierta llorando en su habitación debido al impacto del trueno contra la ciudad.

Sofía y Viktor corren descalzos por el pasillo, él con el hombro ya casi curado pero todavía cuidadoso y encuentran al niño sentado en la cuna, los bracitos extendidos, asustado por los truenos, y Sofía lo agarra en brazos al instante, y lo pega a su pecho.

—Shhh, mi vida, es solo el cielo enfadado… mamá está aquí.

Viktor enciende velas por todo el ático: en la sala, en la cocina, en el dormitorio, la luz cálida y temblorosa convierte el lugar en un refugio antiguo e íntimo, se sientan los tres en el sofá grande de la sala, Alexei quedó entre ellos, envuelto en una manta suave donde poco a poco ya se estaba calmando.

Los truenos retumban, los relámpagos iluminan sus caras un segundo y vuelven a la penumbra, cada relámpago golpea con un ruido como si quisiera destruir su mundo recién construido, pero solo eran elementos de la naturaleza, ellosestando adentro de casa no había peligro fuera que se fue la luz en estos momentos.

El niño se calma poco a poco, mamando del pecho de Sofía en la penumbra, los ojitos cerrándose de nuevo, Viktor los mira en silencio, la vela más cercana proyectando sombras en su cara angular y fina.

Y de repente, habla bajito, voz ronca y vulnerable.

—Tengo miedo, Sofía...

Ella levanta la vista y una ceja con sorpresa.

—¿Y eso, amor, de la tormenta?

—No… de no ser suficiente— recordó en silencio la conversación pasada.

Se le quiebra la voz.

—Miedo de no ser el padre que Alexei merece. De que un día mire atrás y vea al hombre que fui antes… el que mataba, el que mandaba con sangre. Miedo de que no sea suficiente para él… ni para ti.

Sofía deja de mecer al niño un segundo, lo mira con ojos que brillan a la luz de las velas.

—Viktor…

Él baja la cabeza sin poder ver la mirada fija de ella, sus manos tiemblan sobre las rodillas.

—Cada trueno me recuerda lo que casi perdimos. La bala, la fiebre… todo. Y pienso: ¿y si no soy suficiente para protegerlos siempre? ¿Y si fallo?

Alexei se duerme por fin contra el pecho de su madre, Sofía lo deja con cuidado en la cuna portátil que tienen en el salón y vuelve al sofá.

Se sube a horcajadas sobre Viktor, y le toma la cara con ambas manos, sus pulgares acarician sus mejillas incipientes y lo obliga a mirarla.

—Escúchame bien, rey destronado... mi rey.

De repente baja la cabeza y le dedica besos por todo su rostro, en cada párpado, en la punta de la nariz, la frente, en las mejillas, por todas partes de su bello rostro.

—Eres más que suficiente. Eres el hombre que se arrodilló en una capilla por su hijo. El que tiró la última llave del pasado por mí. El que carga a su heredero en portadas y llora cuando dice “papá”.

Le desabrocha la camisa, le besa el pecho tatuado, y poco a poco baja lentamente.

—Y ahora vas a dejar que tu reina te demuestre cuánto vales.

Le baja los pantalones, lo saca duro y palpitante, y se lo mete en la boca a la luz de las velas: lento, profundo, adorándolo como a un altar.

Viktor gime bajito, agarra el sofá, la cabeza echada hacia atrás mientras los truenos retumban afuera.

Ella lo lleva al borde dos veces y para, lo tortura con la lengua hasta que él suplica, porque ella no iba a hacerlo pensar cosas negativas, lo tortura porque merecía eso, para que se deje de pensar tonterías.

Solo entonces se quita la camiseta, se sienta encima y lo empala lentamente, centímetro a centímetro, mirándolo a los ojos.

—Siente esto, amor. Siente cuánto te deseo. Cuánto te necesito... cuanto te amo— susurró Sofía con la voz casi quebrada.

Empieza a moverse suave, profundo, las velas parpadeando con cada trueno.

—Tú eres suficiente. Más que suficiente. Eres todo.

Viktor la agarra de las caderas, las lágrimas le pican en la comisura de los ojos, pero parpadea rápidamente, le molesta que Sofía lo haga hacer sentir con ganas de llorar siempre, pero al mismo tiempo le encanta, por supuesto, es la única mujer que le ha hecho llorar de verdad, con sentimientos verdaderos.

—Te amo… joder, te amo tanto…

Y un vez más, como siempre, llegan al final de la liberación juntos, al mismo tiempo, abrazados, temblando, ella apretándolo dentro mientras los relámpagos iluminan sus cuerpos unidos.

Después se quedan así un buen rato, Sofía encima, Viktor abrazándola fuerte, los dos llorando, con los hombros temblando y el pecho agitado, bajito de amor y alivio.

—Nunca dudes de ti— susurra ella contra su boca. —Porque yo nunca dudo de ti.

La tormenta sigue afuera, pero dentro solo hay calma, velas y familia.

Alexei duerme plácidamente en su cuna sin saber sobre el tormento tanto externo de la ciudad como dentro en sus papás.

Y Viktor, abrazado con Sofía, duerme sintiendo que otra piedra se le va de los hombros, ahora se sentía más aliviado, y liviano, por ahora.

La tormenta amaina poco a poco.

Los truenos se alejan como gruñidos lejanos, la lluvia se convierte en un susurro contra los ventanales y las velas siguen parpadeando, proyectando sombras suaves en las paredes.

Sofía se queda despierta un rato más, mirando a Viktor dormir con la cabeza apoyada en su regazo, le acaricia el cabello, enredando los dedos en sus finos en su cuero cabelludo, los tatuajes que se asoman un poco por su cuello, la cicatriz de la ceja que tanto le gusta besar.

Su rey destronado, vulnerable por primera vez en años, confesando miedos que nadie más ha oído nunca.

Sonríe para sí, traviesa y tierna a la vez.

—Idiota… como si alguna vez pudieras no ser suficiente para mí.

Se inclina y le besa la frente, suave, como una promesa.

Alexei suspira en sueños desde la cuna portátil, los puñitos cerrados alrededor del osito que le trajo la abuela María.

Sofía se levanta con cuidado de no despertar a Viktor, apaga las velas una a una con los dedos soplando cada llama con un beso silencioso y se mete en la cama grande del salón que improvisaron con mantas y cojines en el suelo, como un nido.

Lo arrastra despacio hasta allí, lo tapa con ella y se acurruca contra su pecho sano.

Viktor se remueve en sueños, la abraza por instinto y murmura su nombre.

—...Sofía…

Ella sonríe suavemente contra su piel.

—Aquí estoy, amor. Siempre estaré aquí.

Se quedan así hasta el amanecer: los tres enredados en el suelo del salón, oliendo a cera quemada, a lluvia y a hogar.

Cuando la luz del día entra con nubes grises y suave, Viktor se despierta y abre los ojos primero.

Mira a su reina dormida pegada a él, al niño respirando tranquilo al lado y siente que el miedo de anoche se ha ido del todo.

Le besa el hombro desnudo a Sofía, baja por la espalda, le separa las piernas con cuidado y la despierta adorándola, porque sí, sabe que le encanta darle con la lengua lentamente ahí, dos dedos dentro, chupando despacio hasta que ella gime en sueños y poco a poco se va despertando y temblando los muslos.

—Buenos días, reina— susurra él contra su carne sensible, sin parar.

Sofía arquea la espalda, agarra suavemente su pelo.

—Viktor… joder… Oh Dios… sí...

Viktor no para, se deleita con ella, como un postre antes del desayuno, y ella se tensa, le gusta tanto que se le enrollan los dedos de los pies y empieza a sentir ese calor bajo su abdomen, en el último segundo, él se separa dejando a Sofía vacía y desesperada.

Solo para subirse encima y acomodarse entre sus piernas, entra despacio y la toma con lentitud, mirándola a los ojos.

—Gracias por calmarme anoche— susurra, moviéndose profundo.

—Gracias por confiar en mí— responde ella casi sin aliento y entre suspiros, clavándole las uñas suaves.

Y se vienen un vez más, abrazados, susurrando "te amo" como un mantra.

Cuando terminan, jadeando y riendo bajito, Sofía le acaricia la cara.

—Nunca dudes de ti como padre. Alexei te mira como si fueras un dios. Y yo… yo te miro como si fueras mi todo.

Viktor sonríe, los ojos brillantes.

—Y tú eres mi todo. Mi reina, mi salvación, mi tormenta y mi calma.

Se besan lentamente, con sabor a s*xo mañanero y a promesas cumplidas.

Alexei elige ese momento para despertar, gatear hacia ellos y subirse encima como un koala.

—¡Pa-pá! ¡Ma-má!

Viktor lo carga y le besa en la tripita hasta que el niño se ríe a carcajadas.

—Buenos días, pequeño zar. ¿Listo para conquistar el día?

Sofía los mira, con el corazón henchido de orgullo.

—Listos los tres. Porque somos imparables.

La luz vuelve de golpe en toda la torre: el apagón terminó.

Pero ellos siguen en su nido de mantas, desayunando blinis fríos, jugando con el niño y planeando la boda que ya no puede esperar mucho más.

—Cuando nos casemos— dice Viktor, besándole el anillo, —quiero que sea con tormenta de fondo. Para recordar esta noche.

Ella se ríe, con travesura.

—Y yo quiero que sea con velas. Para recordar cómo te calmé… y cómo me calmaste.

Se miran, se besan, con Alexei aplaudiendo entre ellos.

Y afuera, Moscú despierta sin saber que arriba, en el ático, la familia más peligrosa y más enamorada acaba de ganar otra batalla.

la del miedo que ya no tiene lugar en su casa.

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