Mundo ficciónIniciar sesiónEn casa siendo ya mediodía, con un sol frío y el brillo que ilumina en Moscú, entrando por los ventanales de hogar de los Volkov.
Sofía está sentada en su trono de cuero negro, piernas cruzadas, vestido lápiz gris que marca cada curva y rollito incluyendo la panza que quedó del embarazo y uno que estaba pronto a crecer, miraba a Viktor con esa expresión que él conoce demasiado bien, la de “vas a obedecer ya”. Sobre la mesa están esparcidos los papeles de traspaso del último club que aún lleva el nombre Volkov: “Nochnoy Korol” (Rey Nocturno), un local de striptease de lujo en el centro que sobrevivió a todas las limpiezas. —Fírmalos— ordena ella, empujando la carpeta hacia él. Viktor, de pie delante del escritorio, con su distintivo traje negro sin corbata porque ella se la quitó anoche y aún no se la devolvió, suspira levemente por la nariz. —Es el último, reina. Solo queda este. Y ya no lo controlo directamente, es puro negocio pasivo. Ella arquea una ceja. —Negocio pasivo con mujeres semidesnudas bailando en barras con mi apellido en el letrero. Firma. Él coge el bolígrafo, duda un segundo, sentía la gotita de sudor pasando por la sien y mojando su patilla, traga saliva y levanta la mirada para ver la de Sofía que lo ve con cara de "o firmas o te arranco el p*pí y te dejo estéril" Viktor baja la mirada de nuevo, suelta otro suspiro… y firma. Los papeles pasan a ser historia, el club se vende a un empresario “limpio” por una fortuna que va directa a la fundación benéfica. Sofía sonríe satisfecha y llena de triunfo, se levanta y rodea el escritorio como una pantera. —Buen chico, mi amor. Se para detrás de él, le pasa las manos por el pecho, le desabrocha un botón, dos, tres. —Sabía que obedecerías— ronroneó cerca de su oído haciéndole cosquillas en la piel. Viktor sonríe de medio lado, saca del bolsillo interior de la chaqueta una llave antigua de latón y la deja caer sobre la mesa. —Obedecí… pero guardé la llave maestra. Por si acaso. Sofía se queda quieta y en silencio, luego coge la llave, la mira, la gira entre los dedos. —¿Por si acaso qué, Viktor? Él se gira, la mira con ojos oscuros. —Por si alguna vez quieres… recordar cómo empezó todo. Donde nos conocimos por primera vez, donde te arrastré conmigo y firmaste aquel contrato, reina. Se forma un silencio denso, por un momento pensó que la había hecho recordar el sufrimiento del pasado al ver la mirada perdida de Sofía. Pero para du fortuna, Sofía sonríe lentamente, casi peligrosa, se acerca más a él hasta pegar su cuerpo contra el suyo, le mete la mano en el pantalón y aprieta justo donde sabe que lo vuelve loco. —¿Crees que necesito recordar un club en donde solo ibas hacer un trueque con mi padre y luego todo lo que te burlaste de mí y después cómo me mirabas como si quisieras comerme viva? Él gruñe dividido entre el dolor y la vergüenza del pasado contra su deseo y excitación de estos momentos presentes, su mano baja y le agarra el trasero apretando su carne flexible con adoración. —No… pero me trae esos recuerdos cuando vi tus ojos por primera vez, esa mirada de desafío que ahora y siempre seguirá siendo sexy. Ella le muerde el labio inferior, fuerte. —Error, amor. Con un movimiento rápido le quita el cinturón, le baja la cremallera y lo saca duro, venoso, latiendo, luego toma la llave y la usa para arañarle suave la base, el frío del metal contra el calor de su piel. Viktor jadea. —Joder, Sofía…— esa sensación le hizo latir como el corazón, y ese miedo que sintió con ese frío lo hizo sentir incluso más caliente y más excitado. —Esta llave ya no abrirá nada, ni recuerdos ni nada de eso— susurra ella, voz baja y autoritaria. —Porque el único sitio donde vas a entrar de ahora en adelante… es en mí. Se arrodilla lentamente hasta quedar entre las piernas de él, y sus labios lo envuelven completo hasta bajar y llegar al fondo de su garganta una vez, dos, tres… hasta que él tiembla y suplica. Luego lo suelta con un pop húmedo y se levanta, dejándolo frustrado y deseoso, pero apenas unos segundos, se sube el vestido hasta la cintura y nuevamente está sin bragas, nunca lleva cuando lo cita en el despacho y se sienta en el borde de la mesa, abriendo las piernas. —Ven. Y tira esa llave por la ventana. Viktor obedece con la mirada vidriosa y desenfocada, con la sensación del dolor que le palpita ahí debajo como si fuera dolor de cabeza que necsita calmar urgentemente, agarra la llave, abre el ventanal y la lanza al vacío de Moscú cincuenta pisos abajo. Luego se hunde en ella de una embestida brutal, los dos gimiendo contra la boca del otro, la mesa cruje en protesta pero ninguno de los dos le hace caso, los papeles se arrugan y vuelan, los contratos firmados caen al suelo en un ruido basto arruinando el liso del papel. Él la toma como siempre, duro, posesivamente, como si quisiera borrar cualquier recuerdo de clubes y contratos, porque oficialmente es suya y de nadie más. Ella le entierra las uñas en la nuca y los hombros. —Más fuerte… quiero olvidar que alguna vez dudaste. Los dos vinen al mismo tiempo y sin aliento, ella apretándolo dentro, él derrumbándose encima, jadeando contra su cuello. Luego de un rato, quedan exhaustos y satisfechos, Viktor acariciando el cabello de Sofía con cariño para compensar la brutalidad de su encuentro pasional, y ella por igual acariciando su espalda y cabello. —Buen chico de verdad. Ahora sí estás limpio. Viktor sonríe contra su piel. —Y tuyo entero. Se arreglan como pueden, cierran el ventanal y se miran con esa sonrisa de quienes acaban de ganar otra batalla. —Ahora el imperio es completamente limpio— dice ella, besándole la marca fresca en el cuello. —Y yo completamente tuyo— responde él. La mesa de mármol negro está hecha un desastre; papeles volados, plumas en el suelo, el contrato de venta del club arrugado bajo el peso de sus cuerpos. Sofía se queda sentada en el borde, las piernas todavía enroscadas en la cintura de Viktor, respirando agitada contra su cuello sudoroso. Él la abraza fuerte, todavía dentro, como si no quisiera salir nunca. —Joder, reina… cada vez que me mandas tirar algo por la ventana, me pones como piedra— gruñe él, voz ronca de placer y rendición. Ella se ríe suavecito y le muerde el hombro. —Y cada vez que obedeces, te premio más fuerte. ¿Ves? Limpio por completo. Se separan con cuidado, él la ayuda a bajar del escritorio con delicadeza como merece la dama, le sube el vestido y le besa la marca roja que le dejó en el muslo interno. —Ahora sí, amor. El imperio es legal, limpio y nuestro. Viktor sonríe, se sube la cremallera y recoge los papeles del suelo como puede. —Y yo soy legal, limpio y completamente tuyo. Se miran un segundo, se ríen como tontos enamorados y se besan lenta y profundamente, con sabor a victoria y a s*xo. Después, Sofía se sienta en su trono otra vez, cruza las piernas y lo mira con ojos brillantes. —Ven aquí, buen chico. Siéntate en el suelo, a mis pies. Él obedece sin dudar, se arrodilla delante del escritorio, apoya la cabeza en su regazo y cierra los ojos mientras ella le acaricia el pelo. —Me encanta verte así. El rey más poderoso de Rusia de rodillas por mí. Viktor suspira feliz. —Y me encanta estarlo. Antes mandaba con miedo. Ahora mando contigo… y es mejor. Ella le levanta la barbilla, lo mira fijo. —¿Sabes qué vamos a hacer con el dinero del club? —Umm ¿Qué? —Una guardería privada en la torre. Para los hijos de los empleados. Y una beca con tu nombre para niños enfermos. Él se emociona un poco, los ojos se le humedecen y parpadea rápidamente para evitar la vulnerabilidad. —Reina… eres jodidamente perfecta. Se inclina y le besa el vientre, justo donde algún día crecerá el segundo o eso esperan los dos en secreto. Sofía le acaricia la mejilla tatuada. —Y tú eres el hombre que me hace querer ser mejor. Por eso cerré el club. Por eso tiro llaves. Por nosotros. Se quedan así un rato, ella en el trono, él de rodillas, el despacho oliendo a s*xo y a futuro limpio. Luego, Viktor se levanta, la carga en brazos y la lleva al sofá del despacho. —Ahora me toca a mí premiarte. La tumba boca arriba, le abre las piernas y se dedica a ella con la boca; lengua lenta, dedos dentro, chupando su perla hasta que Sofía se arquea, agarra su pelo y grita su nombre contra el cojín para no alertar a todo el edificio. La hace venir como dos veces seguidas, temblando y llorando de placer, después se sube encima, entra despacio y la f*lla tierno, mirándola a los ojos. —Te amo, Sofía. Te amo tanto que tiré la última llave del pasado por ti. Ella le acaricia la cara, lágrimas en los ojos. —Y yo te amo tanto que te doy todas las llaves del futuro. Se vienen otra vez, al parecer Viktor siempre andaba guardando crema para más tarde, descarga un saco y después el otro y se vuelven a llenar como dos globitos y eso... ay, eso le encanta mucho a Sofía y la hace feliz, quedan abrazados y susurrando promesas. Cuando terminan, exhaustos y sudorosos, se quedan enredados en el sofá. —Cuando nos casemos— dice ella contra su pecho, —quiero que sea en San Petersburgo, con mi madre gritando y todo el mundo viendo que el rey se arrodilla ante su reina. Él sonríe y le besa la frente. —Y yo quiero que sea pronto. Porque no aguanto más sin llamarte mi mujer. Se besan lento, con el sol de mediodía bañando el despacho y el imperio limpio brillando abajo. Dimitri llama a la puerta tres golpes y espera cinco minutos, como aprendió. —Jefes… el comprador del club ya firmó. Todo legal. Sofía se ríe suavemente. —Pasa, Dimitri. Y trae champán. Celebramos que el rey por fin tiró la última llave. Dimitri entra, ve el desastre del despacho, los cuerpos enredados en el sofá y sonríe de oreja a oreja. —Felicitaciones, jefes. El imperio nunca estuvo tan limpio… ni tan caliente. Se echan a reír por las ocurrencias de Dimitri y luego brindan entre sí, Dimitri solo mira por el pasado cerrado y el futuro abierto de par en par, pero todos saboreando la victoria.






