Capítulo 7: La Biblioteca que no pide permiso.
El cuero silbó antes de caer. El primer golpe fue en el hombro, seco y preciso, dejando una línea que ardía como hierro. Sofía se encogió, pero no gritó. El segundo en el muslo, más fuerte, haciendo que las piernas flaquearan.
—Cuenta —ordenó Viktor, voz helada.
Uno. Dos. Hasta diez. Cada impacto era castigo puro, sin pausa, sin misericordia. La piel se encendrío en rojas, el cuerpo temblando bajo el vestido manchado. Cuando terminó, Sofía estaba de rodillas, jadeando, lágrimas silenciosas ro