Mundo ficciónIniciar sesión9:14 a.m.
Entró en la habitación con un ramo de rosas blancas y una bolsa de ropa nueva. Sofía estaba despierta los ojos hundidos pero hermosa a la vez, dando el pecho a Alexei. Lo miró, olió la pólvora que aún llevaba encima, y sonrió con los labios algo quebrados por el frío. —¿Todo bien? —Todo limpio —mintió él, besándole la frente—. Moscú ya tiene rey otra vez. Se cambió en el baño, se lavó las manos tres veces hasta que el agua dejó de salir rosa. Luego se sentó en la cama, tomó a su hijo en brazos otra vez y lo miró dormir. —Alexei Viktorovich —susurró—. El heredero. Y por primera vez en su vida, Viktor Ivanov supo lo que era tener algo que valía más que todo el poder del mundo. El precio de la corona. Hospital privado, tres días después del nacimiento. Viktor no había dormido más de dos horas seguidas desde que Alexei llegó al mundo. Cada vez que cerraba los ojos veía el bisturí de Anastasia acercándose al vientre de Sofía. Así que no cerraba los ojos. Se quedaba en la mecedora junto a la cuna, pistola sobre la mesa, mirando cómo su hijo respiraba. Sofía lo observaba desde la cama, ya con mejor color, pero todavía débil. —Viktor… ven aquí. Él negó con la cabeza. —Tengo que vigilar. —Estás vigilando a un bebé de tres días que solo sabe llorar y cagar. Ven. Él cedió, se acostándose a su lado con cuidado. Ella le pasó a Alexei dormido. Viktor lo tomó como si fuera de cristal. —Pesa más que ayer —susurró, maravillado. —Porque come como su padre —rió Sofía bajito. Entonces sonó el móvil seguro, el nombre de Dimitri aparece en pantalla. Viktor contestó con una mano, la otra sosteniendo al niño. —Habla. —Jefe… perdimos el puerto de Odessa. Los chechenos lo tomaron esta madrugada. Viktor cerró los ojos. —¿Cuánto?— respondió Viktor. —Todo el cargamento de armas que venía de Turquía. Cien millones. Silencio—. Dijo la voz de Dimitri al otro lado, y continuó... —Y Leonid tenía razón en una cosa… la gente habla. Dicen que estás blando. Que pasas los días cambiando pañales en vez de mandar. Viktor colgó sin responder. Miró a Alexei. Miró a Sofía. Y sintió que el suelo se abría bajo sus pies y se tambaleaba. Esa misma tarde Viktor se reúne con Dimitri, en la sala de reuniones del hospital, habían despejado una para él, llegaron los informes uno tras otro como puñaladas: - Los kazajos cortaron la ruta del norte. - Los albaneses subieron el precio de la heroína un 300 %. - Dos de sus propios capitanes habían desertado. - El banco suizo congeló tres cuentas “por investigación”. Dimitri resumió: —Tenemos dinero para seis meses. Después… nada. Viktor asintió lentamente con la mente la maquinando con velocidad. —Entonces vendemos lo que haga falta—. Respondió rápidamente. —Jefe… lo que haga falta incluye los clubes, los hoteles, los pisos de lujo… y el ático de la Plaza Roja. Viktor se quedó congelado. El ático donde Sofía dio a luz a Alexei en el coche. El ático donde prometió que nunca más estaría sola. Se levantó, fue a la ventana. Moscú nevaba otra vez. —Véndelo todo —dijo al fin—. Menos esta habitación. Dimitri lo miró —¿Estás seguro? Viktor se giró. —Seguro. Mi hijo no va a crecer entre sangre y oro sucio. Prefiero que crezca pobre y vivo a rico y muerto. Esa noche volvió a la habitación con la cara que Sofía ya conocía: la de quien acaba de enterrar una parte de sí mismo. Ella no preguntó y muestra una pequeña sonrisa cálida. Solo abrió los brazos. Viktor se acostó, puso la cabeza en su regazo mientras ella mecía a Alexei, a la vez, Sofía le acaricia la cabeza a su amado. —Perdí el ático —susurró él contra su muslo. —Lo sé —respondió ella, acariciándole el pelo—. Pero nos queda esto. Él levantó la vista. —¿Te importa? Sofía sonrió, con cansancio y fortaleza. —Me importa que estés aquí. todo lo demás son paredes y muebles. Viktor tomó su mano y la besó. —Voy a perderlo todo, Sofía—. La voz de Viktor casi se tambalea, casi tiembla, pero se mantuvo firme. —Entonces lo reconstruimos. Pero juntos. Él cerró los ojos. —Juntos —repitió, como una oración. En la cuna, Alexei soltó un pequeño suspiro dormido y un suave quejido mientras se acomodaba. Y por primera vez, Viktor entendió que la corona más pesada no era la de oro… sino la que llevaba ahora en el pecho: un bebé de cuatro kilos que lo había destronado por completo. _____ Al día siguiente, el sol apenas calentaba los cristales blindados cuando llegó el comprador del ático. Un oligarca nuevo, cara de niño rico y ojos de tiburón. Viktor lo recibió en el pasillo del hospital, traje negro sin corbata, Alexei dormido en el portabebés contra su pecho como si fuera un chaleco antibalas hecho de piel y latidos. El hombre tendió la mano. —Un placer hacer negocios, señor Ivanov. El ático es… magnífico. Viktor no le estrechó la mano. —Las llaves están en recepción. Quite mis cosas antes de las seis o mando quemarlo con usted dentro. El oligarca tragó saliva y desapareció. Dimitri apareció detrás con una carpeta gruesa. —Firmas aquí, jefe. Y aquí. Y aquí… Viktor firmó sin leer. Cada trazo era un trozo de su imperio que se desprendía. El club nocturno de San Petersburgo, el hotel de cinco estrellas en Sochi, la flota de yates, la colección de coches. Todo. Cuando terminó, la carpeta estaba vacía y sus manos temblaban. Dimitri habló bajito: —Queda una última cosa… tu anillo. El sello de los Ivanov. Vale tres millones en el mercado negro. Viktor se miró la mano derecha. El anillo de oro negro con el águila de dos cabezas que su padre le puso el día que lo nombró heredero. Lo giró despacio. Lo sacó. Lo apretó en el puño hasta que le sangraron las palmas. Luego se lo entregó a Dimitri. —Dáselo a Sofía. Que lo guarde para Alexei. Dimitri abrió la boca para decir algo, pero Viktor ya estaba entrando de nuevo en la habitación. Sofía estaba dándole el pecho, el camisón abierto, el pelo revuelto, más reina que nunca. Vio la cara de él y supo. Sin decir nada, extendió la mano libre. Viktor se arrodilló junto a la cama, puso la cabeza en su regazo y lloró sin ruido, como solo lloran los hombres que ya no tienen nada que perder. Alexei terminó, soltó un pequeño eructo y se durmió contra el pecho de su madre. Sofía acarició la nuca de Viktor. —Ahora eres libre —susurró. Él levantó la vista, ojos rojos. —Ahora soy tuyo —corrigió—. Solo tuyo y de él.






