Mundo ficciónIniciar sesiónHospital privado de Moscú, 4:12 a.m.
La sala de neonatos olía a desinfectante y a vida nueva. El bebé dormía en la incubadora de cristal, envuelto en una manta blanca, el puño diminuto cerrado como si ya estuviera listo para pelear contra el mundo. Un cartelito dorado en la cuna: Baby Boy Ivanov 04:03 a.m. – 3.820 kg – 52 cm Viktor no se había movido de la silla junto al cristal desde que los médicos se lo llevaron para revisarlo. Tenía la camisa manchada de sangre seca, de Sofía, del parto, de Anastasia, el pelo revuelto, los ojos rojos de llorar sin permiso. Nadie lo había visto llorar nunca. Hasta hoy. Sofía estaba en la habitación contigua, sedada, pálida pero estable. Los médicos decían que había perdido mucha sangre, pero que madre e hijo eran dos guerreros. Viktor solo asentía. No escuchaba. Solo miraba a su hijo. Dimitri entró con dos cafés y se quedó en la puerta. —Jefe… la ciudad está en llamas. Los chechenos aprovechan que Anastasia está muerta. Ya tomaron tres almacenes del sur. Viktor no giró la cabeza. —Que ardan. Dimitri se lo queda viendo por unos segundos. —Viktor… —Hoy no, Dimitri. Hoy no existe nada más. Se levantó, puso la mano en el cristal, justo encima de la cabecita del bebé. —Alexei —susurró—. Se va a llamar Alexei. Como mi padre. Dimitri asintió en silencio. Una enfermera entró, sonrió con ternura. —¿Quiere cogerlo ya? La madre está despertando. Viktor tragó saliva. Asintió. Le pusieron al bebé en los brazos por primera vez. Era tan pequeño, tan frágil, y a la vez tan perfecto que le dolió el pecho. Alexei abrió los ojos, azules, clarísimos, iguales a los de él y lo miró directo. Viktor sintió que se le rompía algo dentro y se arreglaba al mismo tiempo. —Hola, hijo —su voz salió rota—. Soy tu padre. Y te juro por mi vida que nunca vas a conocer el infierno del que vengo. El bebé soltó un pequeño sonido, como si entendiera. Viktor lo acercó a su pecho y lloró sin vergüenza, lágrimas calientes cayendo sobre la mantita. Media hora después entró en la habitación de Sofía cargando al niño. Ella abrió los ojos, débil pero despierta. —Ven —susurró. Viktor se sentó en la cama con cuidado, puso a Alexei entre los dos. Sofía acarició la mejilla diminuta, luego miró a Viktor. —Dime su nombre. —Alexei Viktorovich Ivanov —respondió él—. El heredero. Ella sonrió, agotada y feliz. —Suena a rey. —Lo es —dijo Viktor, y besó la frente de su hijo, luego la de ella—. Los dos lo son. Se quedaron así un rato largo, los tres juntos por primera vez. Fuera, Moscú ardía. Dentro, solo existía ese latido pequeño y fuerte contra sus pechos. Entonces sonó el móvil de Dimitri en el pasillo. Voz urgente: —Jefe… Leonid acaba de declarar la guerra abierta. Dice que el niño es bastardo y que tú ya no mandas. Viktor cerró los ojos un segundo. Besó otra vez la cabecita de Alexei. —Dile a Leonid que venga a decírmelo a la cara —susurró—. Que traiga a todos los que quieran. Porque ahora tengo algo que proteger. Miró a Sofía. Ella asintió, sin miedo. —Ve —dijo—. Pero vuelve con las manos limpias para coger a tu hijo. Viktor sonrió, oscura y peligrosamente. —Volveré con las manos llenas de sangre enemiga. Y luego me lavo para él. Se levantó, dejó al bebé en los brazos de Sofía y se puso la chaqueta. Antes de salir, se giró una última vez. —Te amo —dijo a los dos—. Y esto apenas empieza. Cerró la puerta. En el pasillo, su rostro ya no era de padre. Era de rey dispuesto a quemar el mundo por su heredero. Viktor salió al pasillo y el aire cambió. Ya no era el hombre que había llorado abrazando a su hijo. Era el Vor que Moscú había temido durante veinte años. Dimitri le entregó la pistola todavía caliente de la subasta. —Leonid reunió a todos los que quedaban resentidos: chechenos, kazajos, hasta los putos albaneses. Dicen que sin Anastasia ya no tienes cojones para mandar. Viktor cargó el arma con un clic seco. —Entonces vamos a enseñarles lo que pasa cuando tocan a mi familia. En el ascensor privado que bajaba al garaje, se miró al espejo por primera vez en días. Tenía sangre seca en el cuello, ojeras profundas, pero los ojos… los ojos eran de acero puro. Pensó en Alexei. En esos puñitos cerrados. Y sonrió como el diablo. En la calle, seis coches negros lo esperaban. Subió al central. —Rumbo al Kremlin Rojo —ordenó—. El club donde Leonid cree que puede coronarse rey. Durante el trayecto, abrió el móvil por primera vez en horas. Cámara del hospital: Sofía dormía con Alexei sobre su pecho, los dos respirando al mismo ritmo. Viktor se quedó mirando la imagen hasta que le dolió el pecho. Guardó el teléfono y habló sin mirar a nadie: —Nadie toca a mi hijo. Nadie toca a mi mujer. Quien lo intente, muere despacio. Llegaron al Kremlin Rojo a las 6:03 a.m. El club estaba lleno de traidores bebiendo vodka como si ya hubieran ganado. Leonid estaba en el escenario, brindando con una copa en alto. —¡Por el nuevo rey! —gritó. Viktor entró solo por la puerta principal. Silencio absoluto. Cien armas se alzaron. Él ni parpadeó. —Leonid —dijo con voz calma—. Baja de ahí. Leonid se rió. —¿Vienes a rogar, hermanito? El bastardo ya nació, ¿no? Todo Moscú lo sabe. Viktor dio un paso. —Ese bastardo es mi heredero. Y tú acabas de firmar tu sentencia. Leonid hizo una seña. Veinte hombres avanzaron. Entonces se abrieron las puertas laterales. Cincuenta de los hombres de Viktor entraron en formación, armas automáticas listas. Dimitri sonrió desde atrás. —Sorpresa, cabrones. El infierno duró cuarenta y siete segundos. Disparos, gritos, cuerpos cayendo. Viktor caminó entre las balas como si fueran lluvia, directo hacia Leonid. Lo agarró del cuello, lo levantó del suelo con una sola mano. —Esto es por creer que podías tocar lo mío. Le metió la pistola en la boca y apretó el gatillo. Cuando todo terminó, el suelo era rojo. Viktor salió del club con la camisa empapada de sangre ajena, el alma tranquila. Subió al coche. —Al hospital —ordenó—. Y que alguien me traiga ropa limpia.






