Inicio / Mafia / COMPRADA POR EL JEFE DE LA MAFIA / Capítulo 57: El hospital no pudo apagar este incendio.
Capítulo 57: El hospital no pudo apagar este incendio.

Ella sonrió, le limpió una lágrima con el pulgar.

—Entonces levántate, rey sin corona. Porque todavía nos queda una guerra que ganar…

pero esta vez la ganamos con pañales y amor en vez de balas.

Viktor besó la palma de su mano.

Luego besó la cabecita de Alexei.

Y por primera vez en su vida, sintió que había ganado de verdad. En el pasillo, Dimitri guardó el anillo en una cajita de terciopelo y sonrió en silencio. El imperio se derrumbaba… pero la familia acababa de nacer.

_____

Más tarde, en aquel hospital privado a las, 2:47 de la madrugada...

El pasillo estaba en silencio, solo el pitido lejano de los monitores y el ronroneo del aire acondicionado. Se sentía un fuego... pero no del común, oh no...

Alexei acababa de dormirse en su cunita después de la toma de las dos, y Sofía se había quedado sentada en la cama, con el camisón abierto, pechos pesados y sensibles por darle alimento al bebé, su cuerpo todavía palpitando de deseo post-parto que no entendía ni quería entender, bastante sensible con un calor que le hacía bullir en el vientre bajo.

En esos momentos Viktor entró sin hacer ruido, cada paso era silencioso, el tacón apenas resuena contra el suelo, cerró la puerta con pestillo y se quedó apoyado contra ella, mirándola como si quisiera comérsela viva.

Sus ojos color aparentemente siempre grises, se le ven oscuros con las pupilas dilatadas hasta más no poder, brillan en la penumbra azul de la luz nocturna.

—Ni se te ocurra —susurró Sofía, aunque su voz temblaba de ganas, con una anticipación que ni ella misma parecía controlar.

Él avanzó de todos modos a pesar de las advertencias de Sofía, cada paso, lentamente, peligrosamente, silenciosamente, y su mirada fijamente en ella.

—Ha pasado demasiado tiempo desde que no te toco como quiero —dijo bajito, ronco—. Me estoy volviendo loco.

Mientras camina, Sofía se fija en sus pantalones justo donde la luz ilumina la hebilla de su cinturón y más abajo, ay Jesucristo... ahí abajo pareciera que estuviera escondiendo un martillo de acero.

—Estamos en un hospital, Viktor. Hay cámaras, enfermeras, el bebé…— Dijo Sofía con urgencia, pero no pudo evitar sonrojarse sentir humedad.

—Justo por eso —respondió él, arrodillándose al borde de la cama—. Porque si nos pillan, me muero feliz.

Le abrió el camisón del todo, le besó el vientre todavía blandito, bajó hasta el elástico de la braguita de algodón, esas feas de hospital que ahora a él le parecían lo más sexy del mundo.

Sofía jadeó, intentó cerrar las piernas, pero Viktor no la dejó.

—Para… si Alexei se despierta…

—Pues que se despierte y vea cómo su padre adorando a su madre —susurró él contra su muslo, mordiendo suave—. Pero bajito, reina. Muy bajito.

Le bajó la braguita hasta los tobillos con los dientes.

Sofía se mordió el puño para no gemir cuando la lengua de Viktor la encontró, lenta, tortuosamente lenta.

Las manos de él en sus caderas, sujetándola para que no se moviera demasiado y hiciera ruido.

Cada lamida era un riesgo: la puerta sin seguro completo, la cunita a dos metros, el pitido del monitor cardíaco acelerándose con cada roce.

—Viktor… por Dios… —susurró ella, temblando entera.

Él levantó la vista, la barbilla brillando, sonrisa diabólica.

—Shhh… o llamo a la enfermera para que nos ayude.

Sofía se corrió en silencio absoluto, solo un gemido ahogado contra la almohada, las piernas temblando alrededor de su cabeza.

Viktor subió, se limpió la boca con el dorso de la mano y la besó para que probara su propio sabor.

Justo entonces, Alexei soltó un pequeño llanto.

Los dos se quedaron helados.

Viktor se levantó de un salto, corrió a la cuna, lo tomó en brazos y lo meció con una ternura que contrastaba con la erección brutal que marcaba el pantalón.

—Shhh, pequeño, papá solo estaba… haciendo feliz de verte dormir —susurró, riendo bajito.

Sofía se tapó con la sábana, roja hasta las orejas, pero con una sonrisa traviesa.

—Eres un peligro andante.

—Y tú estás empapada otra vez —respondió él, guiñándole un ojo mientras Alexei volvía a dormirse contra su pecho—. Mañana repetimos… pero con la puerta cerrada con silla.

En el pasillo, una enfermera pasó de largo sin sospechar nada. Dentro, el monitor cardíaco de Sofía todavía latía como loco.

Viktor dejó a Alexei en la cunita con una delicadeza que nadie creería posible en esas manos asesinas. Se giró hacia Sofía. Los ojos de ella brillaban en la penumbra, oscuros, hambrientos.

—Mañana no —susurró ella, abriendo la sábana—. Ya.

Viktor se quedó quieto un segundo, como si midiera el riesgo. Después sonrió de medio lado, se quitó la camiseta de un tirón y se subió a la cama sin pedir permiso. La cama de hospital chirrió apenas cuando se colocó entre sus piernas abiertas.

—Vas a tener que morderte algo fuerte, reina —le advirtió al oído, bajándose el pantalón justo lo suficiente. Sofía le agarró el pelo y tiró.

—Cállate y f*llame antes de que me arrepienta.

Él entró despacio, centímetro a centímetro, los dos conteniendo el aliento. El monitor cardíaco de Sofía se disparó: 110… 120… 135 latidos.

Viktor tapó la alarma con la mano mientras empujaba más profundo, los ojos clavados en los de ella.

—Joder… estás tan apretada que me vas a matar Gruñó bajísimo en un susurro apretado en la garganta.

—Muévete —suplicó ella, clavándole las uñas en la espalda.

Empezó un ritmo lento, casi cruel, cada embestida calculada para no hacer crujir la cama demasiado. Sofía se mordió el antebrazo para no gritar. Cada vez que él salía y volvía a entrar, ella se arqueaba, los pechos rebotando contra su pecho, la sábana enredada en las caderas.

En la cunita, Alexei se removió. Los dos se congelaron, Viktor todavía dentro, palpitando.

Esperaron… cinco segundos… diez… El bebé volvió a dormirse.

—Sigue —susurró Sofía, apretándolo con las piernas—. No pares aunque entre el presidente.

Viktor perdió el control. La agarró de las caderas, la levantó un poco y empezó a follarla de verdad: rápido, profundo, desesperado. La cama empezó a golpear contra la pared en un ritmo sordo.

Sofía se tapó la boca con su propia mano, los ojos en blanco, corriéndose otra vez en silencio absoluto, todo el cuerpo temblando alrededor de él.

Viktor la siguió dos embestidas después, mordiéndole el hombro para no rugir, llenándola hasta el fondo, el cuerpo tenso como un cable a punto de romperse. Se derrumbó encima de ella, los dos jadeando contra el cuello del otro, sudorosos, temblando.

Permanecieron así un minuto entero, sin moverse, escuchando el pitido del monitor bajar poco a poco. Después Viktor salió despacio, la besó en la frente, en los labios, en cada pecho. Se subió el pantalón, se limpió con su camiseta lo que había quedado entre sus muslos y se acostó a su lado, abrazándola por detrás.

—Eres una p*ta locura —susurró contra su nuca.

—Y tú un enfermo —respondió ella, todavía temblando—. Pero no pares nunca.

En la cunita, Alexei soltó un suspiro soñador.

En el pasillo, pasos de enfermera que pasaron de largo. Dentro, el monitor marcaba 98 latidos… y bajando.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP