Mundo ficciónIniciar sesiónSubasta 47 – 00:17 a.m.
El almacén abandonado olía a óxido y a miedo viejo. Las luces rojas parpadeaban casi inquietantes, habían hombres con máscaras negras que cubrían por completo su identidad salvo por sus ojos, el mismo lugar donde Viktor compró a Sofía hace casi un año. Esta noche no había pujas. Solo un círculo de sillas y un escenario improvisado en el centro. Sofía estaba allí. Descalza, camisón blanco manchado de sangre ligera entre las piernas, sentada en una silla de metal. Las manos atadas atrás, tobillos sujetos. La barriga enorme temblaba con cada respiración acelerada, el sudor le brilla por la frente y el pecho. A su lado, una mesa quirúrgica oxidada y un hombre con bata blanca, mascarilla y bisturí en la mano. Anastasia estaba de pie detrás de ella y se acerca lentamente, levanta una mano sobre el hombro de Sofía como si fueran amigas de toda la vida y la aprieta ligeramente. Cuando Viktor irrumpió por la puerta principal, solo, como le habían ordenado, ella sonrió con todos los dientes blancos como los chicles. —Llegas justo a tiempo, amor. El espectáculo no iba a empezar sin ti. Viktor avanzó despacio, lentamente. Veinte pistolas lo apuntaron al instante. Él ni las miró, hizo caso omiso a las amenazas. Solo tenía ojos para Sofía. Ella lo miró de vuelta, pálida, sudando, pero con la barbilla alta. —No le hagas caso —susurró Sofía con voz temblorosa pero aún firme—. Es una trampa. —Calla, mi gorda preciosa —Anastasia le acarició el pelo, sus dedos enredándose en su cabello hasta jalar algunos mechones—. Hoy eres la estrella. Viktor se detuvo a tres metros. —Suéltala—. dijo con voz firme y mesurada. —Primero escucha —dijo Anastasia, señalando al médico—. El doctor me hará un favor; va a sacar al bebé ahora mismo. Una cesárea rápida. Sin anestesia, claro… no iba a ser pacífica, así duele más. Y tú vas a mirar como el buen obediente que eres. Después, si te portas bien, quizá te deje llevarte lo que quede de ella. El médico dio un paso amenazador. El bisturí brilló bajo las luces parpadeantes. Viktor sonrió levemente, como quien ya conoce cada paso. Frío, y fríamente calculado, y su mirada... la conoce muy bien. Mortal. —¿Sabes qué es lo peor que puedes hacerle a un hombre como yo, Anastasia? Creer que viene solo. En ese segundo exacto: Las luces se apagaron. Oscuridad total. Disparos. Gritos. El sonido de cuerpos cayendo como sacos, golpes sordos en carne, hueso y piel, en la oscuridad Anastasia se imaginaba un caleidoscopio, pero sólo siente los aromas de pólvora y sangre mezclados. De repente, cuando las luces de emergencia rojas volvieron, el almacén era un matadero. Dimitri y quince hombres habían entrado por los túneles de servicio. Los guardias de Anastasia estaban en el suelo, gargantas abiertas, cabezas reventadas y sangre esparcida incluso salpicada en las paredes y el techo. Anastasia tembló y palideció, y lo único que se le ocurrió fue intentar correr. Viktor la atrapó del pelo sin mucho esfuerzo, la tiró al suelo, la miró con frialdad y le puso la pistola en la boca, ella abrió los ojos como platos, y sólo sintió un bajón que le recorrió hasta la médula. —Esto es por cada lágrima que le hiciste llorar. Viktor apretó el gatillo sin compasión y el disparo resonó en toda la habitación. El cuerpo de Anastasia cayó hacia atrás, sin cara. El médico intentó huir. Dimitri le voló las dos rodillas y lo dejó gritando. Viktor corrió hasta Sofía, cortó las cuerdas con su navaja. Ella se derrumbó en sus brazos, respirando agitada. —Creo que… rompí fuente —gimió contra su pecho. Viktor miró abajo: el camisón empapado, sangre y líquido amniótico corriendo por sus muslos. —Joder. Ahora... que "buen momento" La levantó en brazos como si no pesara nada, apretó no solo los dientes, sino también el paso junto con Dimitri. —Dimitri, el coche. ¡Ya! Salieron corriendo rápidamente. El Mercedes blindado los esperaba con la puerta abierta. Viktor la acostó en el asiento trasero, se subió con ella, le puso la cabeza en su regazo. —Respira conmigo, reina. Respira. Sofía apretó su mano hasta romperle los huesos. Otra contracción. Un grito que le salió del alma. —No llegamos al hospital —jadeó—. Viene ya. El rostro de Sofía era un mar de emociones inexplicables, entre ira, dolor, miedo y lo único que podía hacer era gritar de agonía por el dolor de parto. Viktor miró al conductor. —¡Para el coche! En medio de la avenida nevada, a las 00:47 a.m., el Mercedes se detuvo. Viktor se quitó la chaqueta, la puso debajo de ella. —Vas a empujar cuando yo te diga, ¿me oyes? Sofía asintió, con lágrimas y sudor. Otra contracción. —¡Ahora! Viktor metió la mano, sintió la cabeza. —Otra vez, amor. Otra vez. Lo tengo. Una más. Un llanto fuerte, rabioso, llenó el coche. Viktor sacó al niño con manos temblorosas. Un varón. Perfecto. Enfurecido con el mundo. Lo envolvió en su camisa, lo puso sobre el pecho de Sofía. Ella lloraba y reía a la vez. —Míralo… míralo, Viktor… Él se inclinó, besó la frente del bebé, luego la boca de Sofía, salada de lágrimas. —Es lo más hermoso que he visto en mi vida —susurró, voz rota—. Los dos. El bebé era inconfundiblemente Viktor, un mini él mezclado con Sofía, pelo oscuro, piel de miel, y delicado pero con una fuerza que ahora los une a ambos de por vida. De repente se oyen las sirenas a lo lejos. Dimitri desde el asiento delantero dice: —Jefe… tenemos que irnos. La policía. Viktor miró al niño, miró a Sofía, miró la sangre que los cubría a los tres. Y por primera vez en su vida, sonrió de verdad. —Que vengan —dijo—. Hoy no me toca nadie. Arrancaron rumbo al hospital privado. En el asiento trasero, Viktor sostenía a su familia entera contra el pecho. La guerra seguía afuera. Pero dentro del coche, por primera vez, había paz. Él, su amada y ahora, un heredero.






