Mundo ficciónIniciar sesiónLa mansión olía a pólvora y sangre seca cuando Viktor regresó de París con Anastasia y Volkov encadenados en la parte trasera del avión privado. El hombro le ardía, la costilla rota del último tiroteo le dificultaba respirar, pero lo que más le dolía era la certeza de que había perdido demasiado: rutas, hombres leales, respeto. Bajó la rampa con paso lento, Dimitri sosteniéndolo por el brazo, y lo primero que vio fue a Sofía esperándolo en la puerta principal, el vientre ya marcado bajo el vestido negro, los ojos llenos de una mezcla de alivio y furia.
—¿Vives? Dime que sí—, soltó ella apenas lo tuvo cerca, las manos temblando al tocar su rostro ensangrentado, su preocupación era evidente en cada línea de su rostro. Viktor la abrazó con el brazo bueno, la cara hundida en su cuello, su respiración es pesada y llena de esfuerzo. —Vivo. Pero perdí, Sofía. Moscú, los almacenes, la mitad de mis hombres… todo se fue a la mi*rda—. Su voz era sin aliento, con el corazón oprimido y el dolor agudo en cada parte de su carne lastimada. Ella lo empujó dentro, cerró la puerta y lo llevó al salón. —Siéntate. Dimitri, trae el botiquín y algo de whisky. Ahora. Dimitri obedeció sin chistar. Sofía se arrodilló frente a Viktor, le quitó la camisa con cuidado y empezó a limpiar la herida nueva. —Escúchame bien. No perdiste. Trajiste a Anastasia y a Volkov vivos. Eso vale más que diez almacenes. Él soltó una risa amarga. —Valdrán cuando los mate. Pero ya no tengo fuerza para matarlos yo mismo. Sofía levantó la vista, seria. —No los mates. Úsalos. Volkov todavía controla rutas en el sur. Anastasia tiene contactos en París. Oblígalos a firmar todo a tu nombre. A nuestro nombre. Viktor la miró, sorprendido. —Estás loca si crees que firmarán. Ella sonrió con frialdad. —No van a firmar por gusto. Van a firmar porque les vas a dar una opción peor. Al día siguiente, en el sótano, Fredrik Volkov y Anastasia estaban encadenados a sillas separadas. Volkov tenía la cara hinchada, magullada de tantos golpes, Anastasia tiene un corte en la ceja que sangraba lento. Viktor entró cojeando, pero mantuvo su elegancia y firmeza, con la pistola cargada en la mano sana. Sofía lo seguía, el vientre prominente bajo un suéter negro, la mirada de acero y firmeza pura. Volkov escupió a un lado un poco de sangre con indiferencia. —Mátame de una vez, Ivanov. Viktor negó con la cabeza con lentitudo y una mirada perforadora. —No. Vas a firmar cada ruta, cada cuenta, cada contacto. A nombre de mi hijo que viene en camino. O te corto un dedo por cada minuto que me hagas esperar. Anastasia se rió fuertemente, su voz sale quebrada como el vidrio. —Nunca firmaré nada para esa gorda. Sofía se acercó despacio, tomó la pistola de Viktor y hará algo que nunca había hecho en su vida: Amenazar. Se acerca y se la puso en la sien de Anastasia. —Repite eso, y te vuelo los sesos de un solo tiro—. Murmura Sofía en voz baja con la mirada marrón penetrante. La sonrisa de Anastasia flaqueó y se le bajo la presión, su piel palideció. —Sofía… —Repítelo y te vuelo la cabeza delante de tu padre—, dijo Sofía con voz baja, pero tan firme que hasta Viktor se quedó quieto. Anastasia tragó saliva con sonido, el nudo por primera vez se le comienza a formar. —Firma, papá. Firma. Volkov tembló por la amenaza y la voz quebrada de su hija. —Dame el papel. Dos horas después, todo estaba firmado y notariado. Las rutas volvían. El poder regresaba. Pero Viktor estaba peor; fiebre alta, infección en la herida. El doctor lo vio y fue tajante, —Si no descansa ya, se muere en tres días. Sofía se dedicó con todas sus fuerzas, lo cuidó día y noche, cada hora, en todo momento, nunca se separó, cambiándole vendajes, obligándolo a tomar antibióticos. Viktor deliraba entre sueños, murmurando el nombre de su amada. Una noche, con 39 de fiebre, la miró con los ojos vidriosos y visión borrosa. —Sofía… si me muero, cuida al bebé. Sé su reina. Ella le tomó la cara con ambas manos con delicadeza, con cuidado. —No te vas a morir. Me oyes? Tú no te mueres porque yo no te dejo. Respira conmigo. Uno, dos… así. Ahora dime que vas a pelear—. Su voz es suave pero firme, queriendo que su amor vuelva, que regrese y resurja un vez más. Él apretó su mano. —Peleo… por ti. Los días siguientes fueron un infierno lento. Viktor perdió peso, fuerza, color. Sofía no durmió, coordinaba desde la cama: llamadas a aliados, órdenes a Dimitri, planes de defensa. Leonid intentó traicionar de nuevo; ella lo descubrió y lo mandó matar sin dudar. Una madrugada, Viktor abrió los ojos claros por primera vez en diez días. La fiebre había bajado considerablemente, ahora se sentía mucho mejor. Sofía, seguía dormía sentada a su lado, la cabeza apoyada en su pecho, esperando pacientemente para su regreso. —Sofía—, susurró con voz ronca de recién despierta. Ella despertó de golpe, sus ojos vidriosos se abrieron enseguida. —¿Qué? ¿Estás bien? Él sonrió débilmente. —Estoy vivo. Gracias a ti. A Sofía se le arrugó la cara, aguantó las lágrimas contenidas en sus ojos pero no pudo, se abalanzó hacia él pero con cuidado, besándolo con suavidad y delicadeza. —Nunca más me asustes así, nunca más. Eres mío, Viktor Ivanov. Mío para siempre, y nunca te permitiré dejar este mundo. Él la abrazó con el brazo sano. —Tuyo. Y tú eres mi reina. Mi todo. Dimitri entró con noticias. —Jefe, los chechenos se retiraron. Las rutas están limpias. Ganamos. Viktor miró a Sofía. —Ganamos porque ella peleó por mí. Ella le acarició la mejilla. —Y tú peleaste por nosotros. Ahora descansa. El bebé y yo te necesitamos entero. Viktor cerró los ojos, por primera vez en meses, en paz. La guerra había terminado. El rey había caído… y la reina lo había levantado.






