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Capítulo 239: El silencio antes de la caza.

La mansión estaba en calma.

No una calma tranquila, no una de esas que invitan a descansar, sino una calma tensa, contenida, como si las paredes mismas estuvieran esperando que algo ocurriera. Afuera, la noche de Moscú se extendía fría, con una neblina ligera que abrazaba los jardines y se colaba entre los árboles, haciendo que las luces exteriores parecieran difusas, lejanas, casi irreales.

Dentro, todos dormían. O al menos eso parecía. Viktor no.

El despacho estaba apenas iluminado por una lámpara de escritorio. La luz caía sobre papeles que no estaba leyendo, sobre documentos que no estaba procesando, sobre una copa que no había tocado. Estaba sentado, inclinado hacia adelante, con los codos apoyados en el escritorio y las manos entrelazadas frente a sus labios.

Llevaba horas ahí.

Pensando.

Recordando.

Y por primera vez en mucho tiempo… no había ruido en su mente. No había estrategia inmediata, no había órdenes, no había impulsos. Solo… memoria.

Su mirada se perdió en un punto fijo mientras su respiración se hacía lenta.

Recordó el inicio.

No el inicio bonito, no uno digno de contar… sino el real.

Sangre, negocios sucios, hombres cayendo, decisiones rápidas, traiciones. Recordó lo fácil que era antes apretar el gatillo, lo natural que se sentía dar órdenes que acababan con vidas, lo poco que importaba todo mientras el poder creciera.

Recordó a Anastasia.

Su rostro apareció claro, como si estuviera frente a él otra vez, con esa sonrisa venenosa, con esa mirada que siempre ocultaba algo más. Recordó cómo encajaban en ese mundo, cómo eran iguales… cómo juntos eran un desastre perfecto.

Y luego…

Sofía.

El contraste fue tan brusco que incluso él cerró los ojos un segundo. La recordó la primera vez. Asustada. Obligada. Vulnerable. Y él… una sombra. Un hombre que no merecía ni siquiera pronunciar su nombre.

Sus dedos se tensaron ligeramente.

Recordó sus palabras, sus burlas, sus desprecios, cada comentario cruel sobre su cuerpo, sobre su forma de ser. Recordó la forma en que la rompió poco a poco… y cómo, aun así, ella siguió ahí.

Eso fue lo que más le pesó. No el pasado en sí… sino que ella se hubiera quedado. Su mandíbula se apretó.

—Maldita sea…— murmuró apenas, en voz baja.

Se echó hacia atrás en la silla, mirando al techo.

Luego vino el cambio.

Ese momento en el que todo dejó de tener sentido como antes. Ese punto en el que matar ya no era tan sencillo, en el que verla llorar le dolía más que cualquier herida, en el que empezó a entender que había algo que no podía comprar, ni controlar, ni destruir.

Amor.

Soltó una pequeña risa seca, sin humor.

—Mírame ahora…— susurró para sí mismo.

Un ex mafioso.

Un hombre que intentaba construir algo limpio, una familia, un futuro. Y aun así… el pasado había vuelto. Krasnova. Su expresión cambió, sus ojos se endurecieron.

Esa mujer no era un enemigo común. No era alguien que se intimidara, ni alguien que jugara sucio de forma torpe. No… ella jugaba con paciencia, con inteligencia, con precisión. No atacaba por impulso… atacaba cuando sabía que dolería más.

Y lo peor… ya había estado cerca de Sofía.

El pensamiento le golpeó como un puño en el pecho, se inclinó hacia adelante otra vez, apoyando las manos en el escritorio.

—Demasiado cerca…— murmuró.

Cerró los ojos un instante.

La imagen volvió sola: Sofía abriendo la puerta, esa mujer frente a ella, esa sonrisa tranquila, esa amenaza disfrazada de cortesía.

Si hubiera querido…

No terminó la idea, no podía, sus manos se cerraron en puños, no iba a permitirlo.

No otra vez.

No iba a perder a su familia por algo que él mismo había sembrado en el pasado. No iba a esperar a que Krasnova diera el siguiente paso. No iba a quedarse reaccionando.

Esta vez…

Iba a adelantarse.

El silencio del despacho se volvió más pesado, pero dentro de él… algo se acomodó.

Una decisión, lenta fría y definitiva.

Se levantó.

El movimiento fue simple, pero cargado de intención. Ya no había duda en su postura, ya no había vacilación. Caminó hacia el ventanal, apartando ligeramente la cortina para observar el exterior.

La noche seguía igual.

Pero él no.

—Se acabó…— dijo en voz baja.

No era una promesa al aire.

Era una sentencia.

Se giró, caminando hacia el armario lateral del despacho. Lo abrió con calma, revelando algo que no había tocado en mucho tiempo. Dentro, perfectamente ordenadas, estaban sus viejas herramientas… aquellas que había decidido dejar atrás.

Un arma, luego otra, municiones...

Todo limpio. Todo listo. Como si hubiera estado esperando. Se quedó mirándolas unos segundos. No había orgullo en sus ojos. Solo necesidad.

Tomó una de las armas con firmeza, revisándola con la misma naturalidad de antes. El peso le resultaba familiar, casi demasiado. La cargó, la aseguró, y la guardó con precisión.

Después tomó su abrigo. El movimiento fue automático, silencioso, calculado, no iba a despertar a nadie, no iba a explicar nada, porque si lo hacían, no lo dejarían ir, y peor aún… Sofía lo miraría con esos ojos que ya no podía soportar decepcionar.

Su expresión se suavizó apenas al pensar en ella.

—Perdóname…— murmuró, casi inaudible.

No era una excusa.

Era una despedida momentánea.

Salió del despacho sin hacer ruido, cerrando la puerta con cuidado. Caminó por los pasillos oscuros de la mansión, cada paso medido, evitando cualquier sonido innecesario. Pasó frente a varias puertas… y por un instante, se detuvo frente a una.

La de su habitación. Su mano quedó suspendida en el aire, podía entrar, podía verla dormir. Podía…

No.

Cerró los ojos un segundo y siguió caminando, porque si entraba… no se iba a ir.

Salió de la casa por una de las puertas laterales, donde el frío lo recibió de golpe. No reaccionó. Solo ajustó el abrigo y avanzó hacia la oscuridad, donde uno de los vehículos estaba estacionado.

El motor rugió bajo en cuanto lo encendió, se quedó unos segundos ahí, con las manos en el volante.

Mirando al frente, respirando, luego, sin más…

Aceleró.

La noche lo tragó.

Y con él… la calma de la mansión empezó a romperse, aunque aún nadie lo supiera. Porque cuando Viktor Ivanov tomaba una decisión así…

No había marcha atrás.

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