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Capítulo 240: La ausencia de que lo dijo todo y el dolor que provocó.

La mañana no llegó con suavidad. Llegó pesada.

Densa.

Como si la casa misma hubiera pasado la noche conteniendo la respiración y ahora no supiera cómo soltarla.

La luz del amanecer se filtraba apenas por las cortinas de la habitación, dibujando líneas pálidas sobre las sábanas. El silencio era inusual, demasiado profundo para una casa donde siempre había movimiento, pasos, voces suaves, niños despertando, alguien en la cocina.

Sofía abrió los ojos lentamente, al principio no pensó en nada, solo sintió.

El peso en su cuerpo, el cansancio acumulado, el leve dolor en la espalda baja, el vientre pesado recordándole constantemente que no estaba sola. Parpadeó un par de veces, acomodándose sobre el colchón, buscando de manera instintiva el calor a su lado.

Su mano se deslizó por la sábana, fría, no había nadie, no fue inmediato.

No saltó de la cama ni se alarmó de golpe. Simplemente se quedó quieta unos segundos, mirando hacia el lado vacío, procesando esa pequeña ausencia como algo cotidiano.

Tal vez se había levantado temprano, tal vez estaba en el despacho, tal vez en la cocina.

Tal vez…

Se incorporó lentamente, apoyándose con cuidado, sintiendo cómo el cuerpo le pesaba más de lo normal. Una pequeña mueca cruzó su rostro, pero no le dio importancia. Bajó los pies de la cama y se levantó con calma, ajustándose la bata ligera que llevaba.

—¿Viktor?— llamó suavemente, aún con la voz dormida.

No hubo respuesta.

Caminó hacia la puerta, abriéndola con lentitud. El pasillo estaba vacío, iluminado tenuemente por la luz que entraba desde las ventanas laterales. Todo estaba… en orden.

Demasiado en orden.

Bajó las escaleras con cuidado, una mano apoyada en la baranda. Cada paso resonaba más de lo normal en ese silencio extraño. Al llegar abajo, el aroma a café recién hecho le llegó desde la cocina, mezclado con el sonido de utensilios.

Doña María.

Eso le dio un poco de tranquilidad.

Entró a la cocina, encontrando a su madre de espaldas, moviéndose con esa energía habitual, como si nada pasara en el mundo.

—Buenos días, mi amor— dijo Doña María sin girarse, como si pudiera sentirla—. ¿Dormiste bien?

Sofía dudó un segundo.

—Sí…— respondió, aunque no estaba segura. —Mamá… ¿Viktor ya bajó?

Doña María se giró entonces, frunciendo ligeramente el ceño.

—¿Viktor? No, mija, no lo he visto desde anoche… pensé que estaba contigo.

El pequeño hilo de tranquilidad se tensó.

—Sí… estaba conmigo— respondió Sofía despacio.

Su mirada se desvió un momento, como si intentara encontrar una explicación lógica flotando en el aire. Se llevó una mano al vientre de manera inconsciente, acariciándolo suavemente.

—Debe estar en el despacho…— añadió, más para sí misma que para su madre.

Doña María asintió, sin darle demasiada importancia.

—Ve a buscarlo, dile que baje a desayunar antes de que se le enfríe todo.

Sofía asintió levemente y salió de la cocina.

Sus pasos ahora eran un poco más rápidos.

Subió nuevamente, caminando directo hacia el despacho. La puerta estaba cerrada. Tocó dos veces, suave.

—¿Viktor?

Nada, no hubo respuesta, entonces acercó su mano y giró el pomo, la puerta se abrió.

El despacho estaba vacío.

El aire dentro se sentía frío, inmóvil, como si no hubiera sido tocado en horas. Sus ojos recorrieron el lugar, deteniéndose en detalles pequeños: la silla ligeramente movida, la lámpara encendida, el escritorio ordenado… demasiado ordenado.

No había señales de prisa. No había señales de caos. Pero tampoco había señales de él. El corazón le dio un golpe más fuerte.

Uno solo.

Suficiente.

Salió del despacho sin cerrar la puerta, bajando nuevamente, esta vez sin detenerse en la cocina. Su mirada buscó por toda la sala, como si en cualquier momento él fuera a aparecer desde algún rincón con esa expresión tranquila, con esa voz baja diciendo que todo estaba bien.

Pero no.

Nada.

Fue entonces cuando lo vio.

El guardia joven.

Lukas estaba cerca de la entrada, de pie, revisando algo en su teléfono, pero al levantar la mirada y encontrarse con Sofía, su postura cambió ligeramente. Se enderezó, guardando el dispositivo de inmediato.

—Señora— dijo con respeto.

Sofía caminó hacia él sin rodeos.

—Lukas…— su voz era calmada, pero había algo debajo, algo que empezaba a romperse. —¿Has visto a Viktor?

El joven dudó.

Y ese pequeño segundo… fue suficiente, y Sofía lo notó.

Sus ojos se fijaron en él con más intensidad.

—Lukas.

El nombre ya no fue una pregunta.

Fue una exigencia.

El guardia tragó saliva, desviando la mirada un instante antes de volver a verla.

—Sí, señora…— respondió finalmente. —Lo vi.

El mundo no se detuvo.

Pero algo dentro de Sofía sí.

—¿Cuándo?— preguntó.

—Anoche… tarde— dijo él, con cuidado. —Salió por la entrada lateral.

El aire se volvió más pesado.

—¿Solo?— la pregunta salió más rápido.

—Sí.

El silencio se instaló, Sofía no habló de inmediato.

No necesitaba más.

—¿Dijo algo?— añadió finalmente, en un tono más bajo.

Lukas negó.

—No… pero…— dudó un segundo, como si no supiera si debía decirlo.

—Habla.

—Se veía…— el joven buscó las palabras. —Tranquilo… pero no bien. Como… decidido.

Sofía cerró los ojos un instante.

Ahí estaba, no necesitaba más detalles, no necesitaba una carta, no necesitaba explicación.

Lo conocía.

Demasiado bien.

Su mano se apretó sobre su vientre, esta vez con más fuerza.

—Gracias, Lukas— dijo, casi en automático.

El joven asintió, pero su mirada se quedó en ella, preocupado.

Porque la había visto cambiar, en segundos, Sofía dio un paso atrás, luego otro.

Su mente empezó a moverse rápido, encajando piezas, recordando palabras, miradas, silencios, todo lo que Viktor no había dicho… pero que ahora gritaba.

Él sabía. Él lo había decidido.

Él…

Se estaba entregando.

—No…— susurró, apenas audible.

Su respiración se volvió irregular, sintió el latido en sus oídos, fuerte, insistente.

No, no podía, no después de todo, no después de prometerle que no la iba a dejar, no después de…

El dolor llegó sin aviso, agudo y bajo.

Le cortó la respiración.

Sofía se llevó ambas manos al vientre, inclinándose ligeramente hacia adelante. Sus ojos se abrieron con sorpresa, con miedo.

—No… ahora no…— murmuró.

Otro dolor.

Más fuerte.

Su cuerpo reaccionó solo, buscando apoyo, pero sus piernas no respondieron como esperaba. Dio un paso en falso, tambaleándose.

—¡Señora!— exclamó Lukas, corriendo hacia ella.

Sofía intentó mantenerse de pie, pero el dolor volvió, más intenso, más profundo, haciéndola soltar un pequeño quejido que no pudo contener.

Y entonces… lo sintió, el calor, la humedad, el instante exacto en que todo cambió.

Sus ojos se abrieron más, no hacía falta mirar, lo sabía.

—Se me…— su voz se quebró. —Se me rompió…

Lukas palideció.

—¡Señora Sofía!

El caos llegó de golpe.

Doña María apareció desde la cocina al escuchar el alboroto, seguida por pasos apresurados en las escaleras, voces, puertas abriéndose, el eco de la casa despertando de golpe.

—¿Qué pasó?— preguntó, alarmada.

Sofía apenas pudo responder.

El dolor venía en oleadas ahora, más constantes.

Más reales.

—Mamá…— logró decir. —Es… ahora…

El mundo se volcó en movimiento. Voces dando órdenes, pasos corriendo, alguien llamando a Ana, alguien buscando llaves, alguien preparando todo.

Pero Sofía…

Sofía ya no estaba ahí del todo.

Porque mientras su cuerpo entraba en trabajo de parto… su mente estaba en otro lugar, en la oscuridad de la noche.

En una carretera, en un hombre conduciendo solo, en una decisión que ya no podía detener.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, no solo por el dolor sino por el miedo.

—Viktor…— susurró.

Y por primera vez desde que todo comenzó… sintió que podía perderlo de verdad, y no había nada más aterrador que eso.

El nombre de Viktor quedó suspendido en el aire como un hilo invisible que nadie más podía ver… pero que la estaba jalando desde adentro.

El dolor volvió, más fuerte, más profundo, no era como los anteriores.

Este la dobló.

Un quejido se le escapó sin permiso mientras su cuerpo se contraía, y sus manos buscaron con desesperación algún punto de apoyo, encontrando el brazo de Lukas, que la sostuvo con firmeza, aunque claramente no sabía cómo manejar aquello.

—¡Cuidado!— exclamó él, intentando mantenerla en pie. —¡Señora, respire!

Respirar.

Sí.

Eso debía hacer.

Pero el aire parecía haberse vuelto espeso, difícil de arrastrar hasta sus pulmones. Su pecho subía y bajaba con rapidez, desordenado, mientras su mente se negaba a quedarse en el presente.

Porque no podía.

Porque no quería.

—¡Ana!— gritó Doña María con una urgencia que rara vez se le escuchaba. —¡Ana, baja ahora mismo!

Los pasos en la escalera fueron rápidos, casi descontrolados, y en cuestión de segundos, Ana apareció, todavía ajustándose la bata, el cabello ligeramente desordenado, pero con la mirada completamente alerta.

Una sola mirada a Sofía fue suficiente.

—Ya empezó— dijo con firmeza, acercándose de inmediato. —¿Cada cuánto el dolor?

Sofía negó levemente, incapaz de medir nada.

—No sé…— jadeó—. Solo… duele…

Otra contracción.

Su cuerpo se tensó, los dedos se aferraron con más fuerza a la tela de la camisa de Lukas, quien ni siquiera se atrevía a moverse.

Ana no perdió tiempo.

—No importa, nos vamos ya— ordenó. —Dimitri no está, Viktor tampoco… no vamos a esperar a nadie.

—El carro está listo— dijo una de las voces al fondo.

—Bien, ayúdenme a bajarla— indicó Ana.

Lukas no dudó.

Con cuidado, pero con decisión, ayudó a sostener a Sofía mientras bajaban los pocos escalones que faltaban hacia la entrada. Cada paso era una batalla, cada movimiento un esfuerzo, pero Sofía apenas era consciente de ello.

Porque su mente seguía atrapada.

En él, en la imagen que no podía quitarse.

Viktor, saliendo solo.

Sin mirar atrás.

—No…— murmuró, apenas audible. —No puedes hacer esto… no puedes hacerme esto.

Ana la escuchó.

Y entendió.

Pero no dijo nada.

Porque ese no era el momento.

La puerta se abrió de golpe y el aire frío del exterior entró, golpeando el rostro de Sofía, haciéndola estremecer. El contraste con el calor de su cuerpo fue inmediato, pero no suficiente para sacarla de ese estado extraño en el que estaba atrapada.

La ayudaron a subir al vehículo.

Doña María se acomodó a su lado de inmediato, sosteniendo su mano, mientras Ana daba instrucciones rápidas al conductor.

—¡A la clínica, rápido pero sin perder el control!

El motor rugió.

Y el auto arrancó.

El trayecto comenzó.

Pero el tiempo… dejó de tener forma.

Sofía cerró los ojos un momento, apoyando la cabeza hacia atrás, intentando concentrarse en algo que no fuera el dolor ni el miedo, pero todo se mezclaba.

El pasado.

El presente.

Lo que estaba ocurriendo… y lo que estaba por ocurrir.

—Respira, mi amor…— susurró Doña María, acariciándole el cabello. —Respira conmigo…

Sofía intentó hacerlo.

De verdad lo intentó.

Pero cada vez que lograba tomar aire con cierta estabilidad… otra contracción llegaba y la desarmaba por completo.

—Ah…— dejó escapar, apretando los dientes.

Sus manos temblaban, no solo por el dolor, sino por la impotencia, porque sabía.

Sabía exactamente lo que Viktor estaba haciendo.

No necesitaba confirmación, no necesitaba verlo.

Lo conocía demasiado bien, ese silencio, esa forma de decidir sin decir esa manera de cargar todo solo.

—Estúpido…— murmuró con la voz rota, entre respiraciones irregulares. —Maldito estúpido…

Doña María la miró, confundida, pero no preguntó.

—No… no tienes derecho…— continuó Sofía, con lágrimas escapando por los lados de sus ojos. —No otra vez… no así…

Otra contracción la hizo arquear ligeramente la espalda.

Ana, desde el asiento delantero, miró por el retrovisor.

—Ya casi llegamos— dijo con firmeza. —Aguanta un poco más, Sofía.

Pero Sofía ya no estaba escuchando del todo.

Su mente se había ido.

Directo a él.

Viktor.

La carretera se extendía frente a él, oscura, silenciosa, apenas iluminada por los faros del vehículo.

No había tráfico.

No había distracciones.

Solo el sonido constante del motor y sus propios pensamientos, que por primera vez en mucho tiempo… no estaban dispersos.

Estaban enfocados.

Demasiado claros.

Su mirada permanecía fija al frente, pero en su mente no veía la carretera.

Veía rostros, el de Sofía, el de sus hijos, las pequeñas manos.

Las risas.

Los momentos simples que había aprendido a valorar demasiado tarde… pero que ahora no estaba dispuesto a perder.

Sus dedos se tensaron ligeramente sobre el volante.

—Es lo único que puedo hacer…— murmuró.

No lo dijo con duda, lo dijo como una conclusión. había intentado cambiar, había construido algo nuevo, pero el pasado no desaparece, solo espera, y Krasnova… no iba a detenerse.

No con amenazas, no con advertencias, no con juegos, ella quería algo, y si ese algo era él... entonces lo tendría pero no a su manera, no con su familia en el medio.

Aceleró un poco más.

El motor respondió.

Y la noche lo envolvió aún más.

El vehículo se detuvo de golpe frente a la clínica.

Las puertas se abrieron casi al mismo tiempo, y en cuestión de segundos, ya estaban sacando a Sofía, colocándola en una camilla mientras varias enfermeras aparecían con rapidez, moviéndose con eficiencia.

—Paciente en trabajo de parto avanzado— indicó Ana de inmediato. —Contracciones irregulares pero intensas.

—¿Cuánto tiempo?— preguntó una enfermera.

—No lo sabemos con exactitud, pero va rápido.

Sofía apenas era consciente de las voces.

El techo blanco pasaba sobre ella mientras la movían con rapidez por los pasillos.

Luce, sombras, pasos, todo se mezclaba, su mano buscó algo, encontró la de su madre.

La apretó con fuerza.

—Mamá…— susurró.

—Aquí estoy, mi amor… aquí estoy— respondió Doña María, sin soltarla.

Pero había algo más, algo que faltaba, algo que debía estar ahí, su mirada se movió, buscando sin encontrar, y el vacío se hizo más evidente.

—Él…— murmuró.

No terminó la frase, no hacía falta.

Doña María cerró los ojos un segundo, y apretó su mano más fuerte.

Porque sabía, sabía exactamente a quién estaba buscando, y sabía que no estaba, la camilla se detuvo, las puertas se abrieron.

Y Sofía fue llevada al interior de la sala, el mundo se redujo a eso, al dolor, respiración, latidos.

Y una ausencia que dolía casi tanto como todo lo demás.

Pero aun así… aun así… había algo dentro de ella que no se rompía.

Algo que se mantenía firme, algo que no iba a dejar que todo terminara así, porque si Viktor creía que podía decidir solo…

Si creía que podía sacrificarse sin que ella hiciera nada…

Estaba muy equivocado.

Muy.

Y aunque su cuerpo estuviera al límite… aunque el dolor la estuviera desgarrando… aunque el miedo la estuviera consumiendo… había una promesa silenciosa creciendo dentro de ella.

Una que no necesitaba palabras, una que no necesitaba testigos.

—No voy a dejarte…— murmuró, apenas audible.

Y esta vez…

No era Viktor quien hablaba.

Era ella.

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