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Capítulo 230: Bajo la lupa.

El motor del vehículo se apagó con un leve ronroneo frente a una estructura que, a simple vista, no tenía nada de especial. Un edificio industrial más, gris, discreto, casi olvidado entre otros tantos en las afueras de Moscú. Sin logos, sin señales, sin nada que delatara lo que realmente ocurría en su interior.

Pero Dimitri sabía exactamente lo que había ahí dentro.

Y esta vez… no venía con calma.

Bajó del auto con el ceño ligeramente fruncido, el frasco bien resguardado dentro del bolsillo interno de su abrigo, como si llevara algo más delicado que explosivo. Su paso era firme, rápido, sin titubeos, y el guardia en la entrada apenas tuvo tiempo de enderezarse antes de abrirle paso sin decir una sola palabra.

Adentro, el cambio era inmediato. Luz blanca. Aire frío. Silencio controlado.

El laboratorio estaba completamente activo.

Pantallas encendidas, equipos funcionando, el leve zumbido constante de máquinas analizando, separando, procesando. Y en medio de todo eso, dos figuras ya lo esperaban.

Sergei y Boris, quienes se quedaron con ellos después de su rescate, ahora eran sus mejores aliados y compañeros de confianza con quien puede contar.

Ambos levantaron la vista en cuanto escucharon los pasos de Dimitri.

—Llegas tarde— murmuró Boris, sin rodeos, pero sin hostilidad real.

—Y tú sigues feo— respondió Dimitri sin perder el ritmo, dejando el abrigo sobre una silla cercana.

Sergei soltó una pequeña exhalación que podría pasar por risa.

—Eso significa que la situación es seria— dijo, acercándose. —Cuando no discuten de verdad, algo anda mal.

Dimitri no respondió de inmediato y sacó el frasco, lo puso sobre la mesa y ambiente cambió, no fue dramático, no fue evidente, pero los tres lo sintieron.

—Esto…— dijo Dimitri, señalándolo apenas —derribó a más de una docena de hombres en segundos. Sin ruido. Sin resistencia. Sin señales visibles.

Sergei se inclinó ligeramente, observando el contenido con atención quirúrgica.

—¿Inhalación?

—Sí.— respondió Dimitri.

—¿Contacto?

—No confirmado.

Boris se acercó ahora también, cruzándose de brazos.

—¿Efectos secundarios?

—Sueño profundo. Pérdida total de control. Pero siguen vivos. Pulso estable.

Sergei frunció el ceño.

—Entonces no es un veneno tradicional… es un agente depresor del sistema nervioso central. Pero para actuar así de rápido… la concentración debe ser absurda.

—O la fórmula es otra cosa— añadió Boris, más serio ahora.

Dimitri asintió levemente.

—Eso quiero saber.

Sin perder tiempo, Sergei tomó el frasco con cuidado y lo colocó dentro de una cámara de análisis sellada, activando el sistema con movimientos precisos. La máquina comenzó a emitir un leve zumbido mientras sensores microscópicos empezaban a estudiar la composición del líquido.

—Vamos a descomponerlo por capas— explicó. —Estructura molecular, compuestos activos, posibles alteraciones químicas… si hay algo reconocible, lo encontraremos.

—Y si no lo hay— murmuró Boris, —entonces alguien allá afuera es mucho más inteligente de lo que nos gustaría.

Dimitri apoyó las manos sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia adelante.

—No me interesa si es inteligente. Me interesa encontrarlo.

Sergei no levantó la vista de la pantalla.

—Eso no siempre es lo mismo.

El silencio se instaló por unos segundos, solo interrumpido por el sonido de los equipos trabajando.

—Ya moví contactos en el mercado negro—añadió Boris, retomando. —Nadie habla mucho, pero sí escuché algo… rumores de un compuesto nuevo, sin nombre, sin origen claro. Lo llaman “sueño blanco”.

Dimitri alzó una ceja. —Nombre ridículo.

—Nombre útil— corrigió Boris. —Porque nadie sabe qué es… pero todos saben que no quieres estar cerca cuando lo usen.

Sergei deslizó datos en la pantalla, ampliando gráficos.

—Si esto es real… y no una mezcla improvisada… entonces alguien lo diseñó con propósito. No es droga recreativa. No es anestesia médica. Esto es… herramienta.

—¿Militar?— preguntó Dimitri.

—Podría ser— respondió Sergei. —O peor… privado.

Eso hizo que Dimitri desviara la mirada un segundo.

Porque “privado” en su mundo… significaba sin reglas.

—Encuéntrenlo— dijo finalmente, con voz baja pero firme. —No importa cuánto cueste, no importa a quién tengan que presionar.

Boris lo miró de reojo. —¿Esto es por Viktor?

Dimitri no respondió de inmediato.

—Esto es porque alguien ya cruzó una línea— dijo al final. —Y no pienso esperar a que la vuelva a cruzar.

Sergei asintió levemente. —Entonces trabajaremos más rápido.

La máquina emitió un pitido suave. Los tres miraron la pantalla. Primeros resultados.

Sergei entrecerró los ojos.

—Esto… no es normal.

—¿Qué ves?— preguntó Dimitri, acercándose.

—Hay componentes conocidos… sí… pero están combinados de una forma que no debería ser estable. Esto… debería degradarse en minutos.

Boris frunció el ceño.

—Pero no lo hace.

—Exacto—respondió Sergei. —Hay algo más… algo que lo mantiene activo… como un catalizador, pero no logro identificarlo todavía.

Dimitri apretó ligeramente la mandíbula.

—¿Puedes aislarlo?

—Lo intentaré.

El ambiente volvió a cargarse de concentración.

Pantallas cambiando. Datos corriendo. Tiempo pasando sin que nadie lo notara realmente.

—Mientras tanto— añadió Boris, sin apartarse del análisis —voy a seguir tirando hilos en el mercado negro. Si alguien lo vendió… alguien lo compró antes.

—Y alguien lo fabricó— completó Dimitri.

—Exacto.

Pero lo que ninguno de los tres sabía… Era que, en otro punto de la ciudad… Otras manos… también estaban buscando lo mismo. Otros ojos… revisando contactos, nombres, rumores. Y una mujer…

Sentada con perfecta calma… Ya iba varios pasos adelante.

Porque mientras ellos buscaban el origen del veneno… Ella ya había decidido… Dónde lo iba a usar la próxima vez.

La mansión, a diferencia del caos que había reinado horas antes, ahora respiraba una calma engañosa, casi frágil, como si en cualquier momento pudiera romperse con el más mínimo sonido. Los pasillos estaban en silencio, apenas iluminados por las luces cálidas de las lámparas nocturnas, y el eco de los pasos había desaparecido por completo.

Los niños ya dormían.

En una de las habitaciones, Alexei se había quedado profundamente dormido abrazando a Dragón Gris, el pequeño gato acomodado sobre su pecho como si también necesitara ese calor después de todo lo ocurrido. Misha, por otro lado, había resistido más, preguntando una y otra vez por su hermanito hasta que el cansancio lo venció, cayendo dormido con una sonrisa leve, como si aún en sueños siguiera celebrando la llegada del nuevo miembro de la familia. La pequeña Sofía y Nikolai ni siquiera se enteraron del caos; dormían con esa paz que solo los niños tienen, completamente ajenos al peligro que había rozado sus vidas.

Irina fue la última en salir de la habitación, acomodando una manta con cuidado antes de apagar la luz. Olga ya estaba en la puerta, esperando, y ambas intercambiaron una mirada breve, silenciosa, cargada de entendimiento. No hacía falta decir nada.

Había pasado algo.

Y no había terminado.

—Descansa— murmuró Irina en voz baja.

Olga asintió, aunque sabía que dormir no sería tan fácil. Aun así, se dio la vuelta y caminó por el pasillo, perdiéndose en la quietud de la mansión.

En la cocina, el ambiente era completamente distinto.

Doña María estaba sentada frente a la mesa, con una taza de algo caliente entre las manos, hablando sin parar como si el silencio le resultara insoportable. Frente a ella, el joven guardia Lukas estaba sentado recto, intentando mantener la compostura mientras asentía cada cierto tiempo, atrapado en una conversación de la que claramente no podía escapar.

—…y entonces le dije, “¡pero cómo se te ocurre salir así sin chaqueta con ese frío!”, porque claro, uno no puede confiar en el clima, mijito, eso cambia en un segundo, y mire lo que pasó, todos enfermos después…

Lukas forzó una sonrisa, asintiendo.

—Sí… claro…

—¿Usted tiene mamá?— preguntó ella de repente, inclinándose un poco hacia adelante.

Él parpadeó, sorprendido por el cambio brusco.

—Eh… sí, señora.

—¡Ay!— exclamó con emoción. —Entonces ella debe estar preocupadísima por usted, trabajando en estas cosas tan peligrosas… mire cómo lo dejaron dormido allá afuera, eso no es vida, mijo…

Lukas no supo qué responder. Pero, por alguna razón… no se levantó. Y eso ya decía bastante.

Mientras tanto…

En el segundo piso…

La puerta de la habitación principal se cerró suavemente.

Viktor dejó la maleta sobre la cama, soltando un leve suspiro mientras pasaba una mano por su cabello, todavía ligeramente húmedo por la nieve que ya se había derretido. Su cuerpo dolía, la herida del hombro seguía ardiendo bajo la venda, y el cansancio empezaba a pesarle en los huesos… pero no era eso lo que tenía la mente ocupada.

Era ella.

Sofía, en cambio, se movía con calma, sacando ropa de la maleta, doblándola, acomodándola como si ese pequeño acto de normalidad fuera lo único que mantenía todo en su sitio. Sus movimientos eran suaves, precisos… pero había algo en su expresión que no estaba del todo en paz.

No después de todo. El silencio entre ambos no era incómodo. Pero tampoco era ligero.

Hasta que…

—Por cierto…— murmuró ella, casi como si lo hubiera recordado de repente.

Viktor levantó la mirada.

Sofía rebuscó un momento dentro de la maleta, y entonces sacó una pequeña bolsa cuidadosamente doblada. Sus dedos dudaron apenas un segundo antes de abrirla… y sacar la prenda.

El color vino tinto resaltó de inmediato. Elegante. Delicado. Peligrosamente sugerente.

Viktor la miró.

Y por primera vez en todo el día... Sonrió de verdad.

—¿Eso fue lo que compraste?— preguntó, ladeando ligeramente la cabeza, con un tono que mezclaba diversión y algo más bajo, más íntimo. —No creo que me quede.

Sofía soltó una pequeña risa nerviosa, bajando la mirada por un segundo.

—No es para ti, tonto…— respondió, aunque el calor ya le subía al rostro—. Es… para mí.

Viktor dio un paso más cerca.

—Ah…— murmuró, despacio. —Eso tiene más sentido.

Sus ojos no se apartaban de la prenda.

Pero tampoco de ella.

—¿Y cuándo pensabas… usarlo?— preguntó, con esa voz más baja, más peligrosa.

Sofía dudó apenas un segundo.

—Después de que nazca la bebé…— respondió finalmente, levantando la mirada, encontrándose con la de él.

Y ahí… algo cambió, no fue el tono, no fueron las palabras, fue lo que no se dijo, porque Viktor no respondió de inmediato.

Su sonrisa seguía ahí… pero más suave.

Más contenida.

Sus ojos recorrieron el rostro de Sofía, bajaron apenas hacia su vientre… y luego volvieron a subir. Y en ese segundo… todo lo que había pasado volvió a colarse entre ellos.

La mentira.

El peligro.

El nombre de Krasnova flotando en el aire, invisible pero presente.

—Después…— repitió él, casi en un susurro.

Sofía sintió ese pequeño cambio, esa mínima tensión y aun así… no apartó la mirada.

—Sí…— dijo, más firme. —Después.

El silencio volvió.

Pero esta vez… era distinto.bMás cargado. Más real.

Viktor dio otro paso, acortando la distancia entre ellos hasta quedar lo suficientemente cerca como para sentir su respiración. Su mano sana se alzó despacio, rozando el brazo de Sofía, subiendo con cuidado, como si aún temiera romper algo.

—Sofía…— murmuró, con una seriedad que no había estado antes. —Yo…

Ella lo interrumpió, no con palabras, sino con un gesto.

Dejó la prenda a un lado… y apoyó su mano sobre su pecho.

—No ahora…— susurró, mirándolo directo a los ojos.

No era rechazo, no era distancia, era algo más complicado.

—Te dije que hablaríamos en Moscú… y aquí estamos…— añadió, con una leve sonrisa que no terminaba de ocultar todo lo que sentía. —Pero no quiero que este momento… se convierta en otra discusión.

Viktor cerró los ojos un segundo, respiró y asintió, pero no se alejó.

—Está bien…— dijo al final.

Su frente se apoyó contra la de ella, suavemente, como si ese pequeño contacto fuera lo único que necesitaba para no perderse en todo lo demás.

—Pero no creas que me voy a olvidar de esto…— añadió, con un leve deje de humor, aunque su voz seguía cargada de algo más profundo. —Porque créeme… no lo haré.

Sofía dejó escapar una pequeña risa.

—Yo tampoco quiero que lo olvides…

Y ahí…

En medio de esa calma aparente…

Con la amenaza aún rondando, con verdades sin terminar de decirse, con el peligro respirando en algún rincón de la ciudad…

Se quedaron así, cerca, demasiado cerca, como si, sin decirlo en voz alta… ambos supieran… que el tiempo para momentos como ese… podría no ser infinito.

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