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Capítulo 229: El origen del veneno.

El silencio dentro de la oficina era espeso, casi palpable, como si las paredes mismas guardaran secretos que ni siquiera el tiempo se atrevía a tocar. El sonido húmedo de los cuerpos siendo arrastrados por Yuri rompía esa quietud incómoda, mientras la nieve que entraba por una ventana mal cerrada comenzaba a derretirse lentamente sobre el suelo manchado, mezclándose con restos de sangre que aún no terminaban de secarse.

Krasnova, en cambio, no se inmutaba.

Sentada con elegancia en su sillón de cuero, cruzó una pierna sobre la otra, sosteniendo el pequeño frasco entre sus dedos como si fuera una joya invaluable. Lo observaba con detenimiento, girándolo apenas para ver cómo la luz tenue se filtraba a través del líquido casi invisible, tan engañosamente inofensivo… y al mismo tiempo, tan brutalmente efectivo.

—Curioso…— murmuró con suavidad, más para sí misma que para Yuri. —No tiene olor persistente… no deja rastro visible… no altera el entorno… y aun así… derriba cuerpos enteros en cuestión de segundos.

Yuri, que ya había apilado dos cuerpos cerca de la pared, se detuvo un instante para mirarla de reojo, limpiándose las manos con un paño que ya estaba completamente inutilizable.

—Es lo que me dijeron, mi señora… que no era algo común. Que no era droga, ni veneno típico… sino una mezcla… experimental.

Ella alzó ligeramente una ceja, interesada.

—¿Experimental?— repitió, con una ligera inclinación de cabeza. —Eso significa que alguien lo creó… no que simplemente apareció.

Dejó el frasco sobre la mesa con un pequeño “clic” seco, y apoyó los dedos sobre la superficie, tamborileando con lentitud mientras su mente ya comenzaba a trabajar en direcciones más profundas.

—¿Quién lo vendía?

Yuri dudó un segundo.

Y eso fue suficiente para que Krasnova levantara la mirada.

No hizo falta alzar la voz.

No hizo falta cambiar el tono.

Solo esa mirada… fue suficiente para tensar el aire.

—Un intermediario…— respondió finalmente. —No dan nombres, solo contactos. Mercado negro puro. Gente que no quiere ser encontrada.

Krasnova soltó una leve risa, suave, casi elegante… pero con un filo peligroso escondido debajo.

—Todos quieren ser encontrados, Yuri… solo que no por cualquiera.

Se levantó con calma, tomando el frasco nuevamente entre sus dedos, y comenzó a caminar despacio por la oficina, ignorando completamente el desastre a su alrededor, como si aquello no fuera más que un detalle menor en un cuadro mucho más grande.

—Este tipo de compuesto…— continuó, pensativa —no se crea para dormir guardias en una cabaña. Se crea para operaciones más… delicadas. Infiltraciones silenciosas. Eliminaciones limpias. Control absoluto sin ruido.

Se detuvo frente a la ventana, observando la oscuridad del exterior.

—O para probar límites.

Yuri tragó saliva.

—¿Límites, señora?

Ella giró apenas el rostro, lo suficiente para que su perfil quedara marcado por la luz tenue.

—Sí…— susurró. —Cuánto tarda en hacer efecto. Cuánto dura. Qué tan profundo cae el cuerpo. Si hay resistencia… si hay inmunidad… si hay variaciones.

Sus ojos brillaron levemente. —Y si puede evolucionar.

El silencio volvió a caer. Pero esta vez… era más denso. Más peligroso.

—Quiero saber de dónde viene— ordenó finalmente, con esa calma que siempre precedía algo peor. —Quiero nombres, procesos, fórmulas, todo. No me interesa cuánto cueste ni cuántos tengas que hacer hablar.

Yuri asintió de inmediato.

—Sí, mi señora.

—Y esta vez…— añadió ella, girándose completamente hacia él —no traigas rumores. Tráeme certezas.

Él enderezó la espalda.

—Las tendrá.

Krasnova lo observó unos segundos más, evaluándolo, como si midiera su utilidad en tiempo real, y luego simplemente desvió la mirada, perdiendo el interés con la misma facilidad con la que lo había enfocado.

Volvió a la mesa, tomó asiento nuevamente, y apoyó el frasco frente a ella.

—Porque si esto funciona como creo…— murmuró, casi en un hilo de voz —no solo voy a entrar en sus casas… voy a entrar en sus cuerpos… en su respiración… en sus reflejos…

Una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

—Y cuando se den cuenta… ya será tarde.

Yuri terminó de mover el último cuerpo, dejando el espacio medianamente despejado, aunque el olor seguía presente, pesado, metálico, imposible de ignorar.

—¿Y qué hay de la mujer?— preguntó con cautela. —¿La… Sofía?

El nombre flotó en el aire.

Krasnova no respondió de inmediato. Sus dedos se deslizaron suavemente sobre el vidrio del frasco, casi con cariño.

—Es interesante…— dijo finalmente. —Mucho más de lo que esperaba.

Levantó la mirada, y esta vez sí… había algo distinto en sus ojos. No solo cálculo. Había… curiosidad.

—No gritó. No corrió. No se quebró.

Una pausa breve.

—Pensó.

Eso parecía gustarle.

—Y protege… incluso cuando no entiende del todo qué está pasando.

Apoyó la barbilla sobre su mano. —Eso la hace peligrosa.

Yuri frunció levemente el ceño. —¿Peligrosa? Pero si es solo una…

No terminó la frase. No hizo falta. Krasnova lo miró.

Y en ese segundo… Yuri entendió que había hablado de más.

—Nunca subestimes a alguien que ha sobrevivido a Viktor Ivanov…— dijo ella con suavidad, pero con un peso que se sintió en el aire. —Menos aún… si lo ama.

El silencio volvió.

Pero esta vez… tenía nombre.

Sofía.

Krasnova se recostó ligeramente en el respaldo, cerrando los ojos apenas un segundo, como si saboreara todo lo que estaba construyéndose lentamente.

—No voy a matarla todavía— continuó, casi como recordando algo que ya había decidido. —Sería… desperdiciar el juego.

Abrió los ojos. —Primero quiero ver hasta dónde llega.

Yuri no dijo nada. No preguntó. Porque sabía… que cuando Krasnova hablaba así…

Alguien… siempre terminaba rompiéndose.

—Prepara todo— ordenó finalmente. —Quiero movimientos en Moscú. Vigilancia discreta. Nada de errores como este— añadió, mirando de reojo el desastre—. Ya tuvimos suficiente ruido por hoy.

—Sí, mi señora.

—Y Yuri…

Él se detuvo antes de salir.

—La próxima vez que Viktor entre por esa puerta… su voz bajó apenas, pero se volvió más afilada no —quiero que salga caminando.

Una pausa. Una sonrisa leve. —Quiero que entienda… lo que es perder.

Y esta vez… no era una amenaza vacía, era una promesa, y muy, muy personal.

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