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Capítulo 187: La nieve que no era de Moscú.

Aquel día en la cabaña de Catskills parecía sacado de un sueño que ninguno de ellos se había atrevido a pedir en voz alta.

El sol de invierno se filtraba entre los pinos altos, derritiendo apenas la nieve fresca que había caído durante la noche. Los rayos dorados se quebraban entre las ramas cubiertas de escarcha, proyectando destellos suaves sobre el suelo blanco. El aire olía a leña quemada, a carne asada y a esa libertad silenciosa que solo se encuentra lejos del mundo.

Por primera vez en mucho tiempo, el lugar parecía suspendido fuera del peligro.

Doña María había tomado el control del asado como si la cabaña fuera su propia cocina en su ciudad natal. Se movía alrededor de la parrilla con la autoridad natural de quien sabe exactamente lo que hace. Las costillas marinadas con ajo y comino chisporroteaban sobre el fuego, soltando un aroma profundo que se mezclaba con el humo dulce de la madera.

A un lado, las arepas se doraban lentamente sobre una plancha improvisada, inflándose con ese sonido suave que siempre hacía sonreír a quien las escuchaba.

Las mazorcas asadas reposaban envueltas en hojas, mientras una salsa de ají recién preparada descansaba en un pequeño cuenco de barro.

—Cuidado con esa— advirtió Doña María con una sonrisa cómplice. —Pica lo suficiente como para hacerlos llorar… pero también para que pidan más.

Las risas no tardaron en llegar.

Los niños corrían por el claro nevado, envueltos en abrigos demasiado grandes, con las bufandas desordenadas y las botas hundiéndose en la nieve fresca. Alexei y Misha gritaban órdenes como generales diminutos mientras organizaban la construcción de un fuerte improvisado con ramas caídas y bloques de nieve húmeda.

—¡Más alto!— ordenaba Alexei con la seriedad absoluta de un comandante. —¡Si no, nos atacan por el flanco!

—¡Nadie nos va a atacar! —protestó Misha, aunque igual siguió amontonando nieve.

Nikolai gateaba detrás de ellos, tirando puñados torpes de nieve con las manitas enguantadas, completamente convencido de que estaba ayudando en la construcción. Y la pequeña Sofía, abrigada hasta las orejas con un gorrito de lana que apenas dejaba ver sus mejillas rosadas, se reía desde los brazos de Ana cada vez que un copo le caía en la nariz.

Ana se mantenía cerca de Sofía y Elena, pero sus ojos no dejaban de moverse.

Hacia los árboles, hacia el camino de entrada... hacia Dimitri.

Dimitri hablaba en voz baja con dos de los guardias de seguridad cerca del perímetro. Sus gestos eran discretos, profesionales, pero había algo en la rigidez de su postura que Ana reconocía demasiado bien.

Cada tanto se acercaba a ellos, hacía una pregunta corta, recibía un “todo limpio, señor”, y volvía con una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos.

Porque el peligro no desaparecía solo por cambiar de paisaje. Dimitri finalmente se separó de los guardias y caminó hacia el porche donde Ana lo esperaba con la pequeña Sofía dormida contra su pecho.

Se acercó despacio, como si no quisiera romper la calma del momento, le besó la sien y le susurró al oído.

—Todo en orden. Las cámaras sin movimiento, los sensores quietos y nadie nos ha seguido hasta ahora.

Ana levantó la mirada, había alivio en sus ojos, pero también había miedo.

Ese miedo que se había instalado en su pecho desde el día en que Dimitri decidió contarle la verdad.

—¿Y si vienen aquí?— preguntó en voz baja. —¿Y si nos encuentran?

Dimitri le acarició la mejilla con el pulgar.

—No van a venir. Y si vienen… no van a entrar.

Su voz era firme, tranquila.

Pero Ana sabía que esa seguridad tenía un precio.

—Pero tú tienes que seguir fingiendo— añadió él. —Quédate hablando con Sofía y Elena. Haz que se sientan seguras, que esto simplemente son vacaciones. Que el reposo es lo único que importa.

Hizo una pausa breve.

—Cuenta conmigo para lo que necesites… pero no les digas nada todavía. No hasta que Viktor dé la orden.

Ana cerró los ojos un segundo y respiró hondo.

—Me aterra, Dimitri.

Su voz tembló apenas.

—Me aterra que te quedes. Que vuelvas a desaparecer… que esta vez no regreses. Que el jet venga vacío con la peor noticia de mi vida y...

Dimitri no la dejó terminar. La abrazó con cuidado, besándole la coronilla. Y luego calló sus palabras con un beso suave, muy lento y profundo.

—No voy a desaparecer, esta vez no.

Su frente descansó contra la de ella.

—Tengo a Viktor y a Carl. También tengo a mis hombres. Y te tendré a ti esperándome.

Su voz bajó un poco más.

—No hay fuerza en el mundo que me quite de tu lado… ni del de nuestra hija.

Ana levantó la vista con lágrimas contenidas.

—Entonces prométemelo.

Sus dedos se cerraron en la tela de su abrigo.

—Prométeme que volverás entero. Que volverás a nosotras.

Dimitri la besó una vez más, igual de lento, con profundidad y un amor que no termina. Con esa intensidad que siempre la hacía temblar.

—Te lo prometo— susurró contra sus labios. —Con todo lo que soy, volveré, siempre vuelvo.

Ana asintió, aunque el miedo seguía ahí.

Luego se giró hacia Sofía y Elena, que charlaban cerca de la parrilla, tratando de recuperar la normalidad que todos fingían.

Mientras tanto, Viktor se había apartado un poco del grupo. Estaba de pie en el porche trasero, mirando la nieve caer en copos grandes y lentos.

Tenía el teléfono en la mano revisando mensajes, los contactos, algunos nombres, algún informes.

Moscú seguía despierta, incluso cuando el mundo parecía dormido bajo la nieve, todo limpio.

Por ahora.

Guardó el teléfono en el bolsillo cuando escuchó pasos suaves detrás de él. Sofía salió al porche envuelta en una manta gruesa. Su barriga prominente se marcaba bajo el abrigo, redondeando su silueta con una belleza tranquila.

Se acercó despacio y se apoyó en la baranda a su lado.

Miró la nieve caer con ojos soñadores.

—Es hermosa…— murmuró. —Diferente a la de Moscú. Más suave. Más tranquila.

Viktor se acercó a ella y la abrazó por detrás.

Rodeó su cintura con cuidado, apoyando la barbilla en su hombro mientras sus manos se abrían sobre su vientre, la bebé dentro de ella dio una patadita suave, como si supiera que su papá estaba ahí.

Viktor sonrió apenas sintiendo esa bonita sensación, luego besó su cuello con lentitud, un beso largo, duradero y ligeramente cálido y húmedo, tan lento como si quisiera grabar cada centímetro de su piel en la memoria.

Luego otro beso más, más abajo, en la curva del hombro, otro en la nuca y otro en la mandíbula.

Sofía cerró los ojos y suspiró.

—Viktor… me estás besando como si fuera la última vez…

Él no respondió de inmediato, solo siguió besándola, deseaba quedarse así para siempre, dedicándole besos en su piel una y otra y otra vez, con esa hambre contenida que no era solo deseo.

Era despedida.

Cada beso era un “te amo” que no se atrevía a decir en voz alta, cada roce era un “vuelve entero” que nadie podía garantizar.

Sofía se giró despacio entre sus brazos. Lo miró a los ojos y le acarició la mejilla.

—¿Qué pasa, mi rey? Estás… diferente. Más intenso. Más… triste.

Viktor negó con la cabeza con vehemencia y se inclinó una vez más, para darle más besos, y esta vez fue dirigido a los labios, cada roce lento, cada suave suspiro suave, cada movimiento lento, lo quería recordar, como si quisiera tragarse sus dudas.

—No es tristeza—susurró. —Es amor.

Sus dedos se entrelazaron en su cabello.

—Es que te miro… y pienso en lo afortunado que soy.

Hizo una pausa.

—En lo que tengo. En lo que no quiero perder nunca.

Sofía le devolvió el beso con suavidas, por igual, pero con un nudo en la garganta que no podía explicar.

—Entonces no me sueltes— murmuró. —Quédate así. Abrázame. Bésame… como si no hubiera mañana.

Viktor la apretó más contra su pecho. Besándola una y otra vez. Como si el mundo pudiera esperar.

—Como si no hubiera mañana, reina mía.

Su voz era apenas un susurro.

—Como si no hubiera mañana...

La nieve seguía cayendo alrededor de la cabaña, blanca y silenciosa, casi protectora, y mientras el resto del mundo reía junto al fuego, Viktor la besaba como si cada roce fuera una promesa.

Una promesa de volver, una promesa de proteger, una promesa de que, aunque tuviera que irse… siempre regresaría, porque ella era su hogar y él…

Él era su refugio.

Y nada, ni Krasnova Volkov, ni amenazas, ni pasados, iba a romper eso.

Al menos…

No sin luchar primero.

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