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Capítulo 164: El cumpleaños de Doña María y una misión para hombres.

El fin de semana llegó con un sol tímido que se colaba por las ventanas de la mansión Ivanov, tiñendo de oro la nieve que aún resistía en el jardín. Doña María cumplía 62 años y, aunque Sofía no se sentía del todo bien, las náuseas seguían apareciendo en oleadas y el cansancio la obligaba a moverse despacio, no había dudado ni un segundo, iba a celebrarlo.

No una fiesta grande, nada de excesos ni luces ni ruido que la marearan más. Solo familia. Solo amor. Solo lo que su madre siempre había dado sin pedir nada a cambio.

La casa bullía desde temprano. Doña María, con su delantal favorito, dirigía la cocina como una reina, arepas con queso derretido, sancocho de gallina suave para que Sofía pudiera probar un poquito, natilla cremosa, buñuelos recién fritos y una bandeja de frutas cortadas en formas de corazón que Olga había preparado con paciencia infinita.

Irina ponía la mesa en el comedor grande, mantel blanco bordado, platos de cerámica colombiana que Sofía había traído de un viaje viejo, velas pequeñas que no olían fuerte para no molestar a Sofía ni a Elena.

Ana, quien había llegado con Dimitri y la pequeña Sofía, se movía entre ellas, con su maletín médico siempre cerca, preguntando cada diez minutos,

“Sofi, ¿cómo te sientes? ¿Náuseas? ¿Mareo?”

“Elena, ¿el dolor sigue? ¿Quieres que te revise la presión otra vez?” y la verdad, es que ambas se sentían vistas, cuidadas, importantes, y les agradaba tener a una amiga que se preocupara así por ellas, sobre todo si era una doctora.

Elena había llegado con Carl y Misha poco después del mediodía. Llevaba un vestido azul suave que disimulaba la curva de su barriga, pero se movía con cuidado, una mano siempre cerca del vientre. Cuando vio a Sofía sentada en el sofá con el balde discreto al lado, se acercó sin dudar.

—¿Cómo estás?— preguntó bajito.

Sofía sonrió un poco cansada.

—Mejor que ayer. Gracias por venir. Significa mucho.

Elena se sentó a su lado, con una sonrisa pequeña.

—No podía no venir. Doña María es… especial. Y Misha no dejaba de hablar de la fiesta.

Los niños ya estaban en el jardín: Alexei, Nikolai y Misha corriendo detrás de Dragón Gris, que huía maullando pero volvía cada dos minutos a frotarse contra las piernas de los pequeños.

La pequeña Sofía gateaba en una manta bajo la vigilancia de Ana, que jugaba con ella mientras vigilaba a las otras dos mujeres.

Doña María salió de la cocina con una bandeja de buñuelos calientes.

—¡Mis amores! ¡Vengan a probar antes de que se enfríen!

Elena se levantó con cuidado, ayudó a Sofía a ponerse de pie y las dos caminaron despacio hacia la mesa.

En ese momento, Viktor, Dimitri y Carl se miraron desde el otro lado del salón. Viktor hizo un gesto con la cabeza hacia la salida.

—Vamos. Hay que salir antes de que nos pillen.

Dimitri sonrió de lado con esa complicidad que nunca pierde.

—¿Seguro que no quieren decirles a dónde vamos?

Carl negó con la cabeza.

—Mejor que sea una sorpresa. Si no, Elena me va a interrogar todo el camino de vuelta a casa.

Los tres hombres salieron por la puerta lateral, sin hacer ruido, el trío se montó en el vehículo de Viktor, él se sentó en el puesto de conductor, Dimitri de copiloto y Carl en el asiento trasero.

Alexei y Misha, que habían visto la maniobra desde el jardín, corrieron hacia el auto antes de que arrancara.

—¡Papi! ¡Llévennos!— gritó Alexei.

Viktor miró a Carl y a Dimitri.

—¿Los llevamos?

Carl sonrió por primera vez ese día.

—Sí. Que vengan. Es bueno que vean que los papás también pueden hacer cosas juntos.

Los dos niños subieron atrás con Carl, emocionados.

—¿A dónde vamos?— preguntó Misha.

Viktor miró por el retrovisor.

—A buscar algo muy especial para las mamás… y para la abuela. Pero es sorpresa. Nada de decir nada, ya saben, guarden ese secreto.

Alexei y Misha asintieron con seriedad, como si les hubieran dado una misión secreta, pero igual se rieron con malicia, son niños pues, y les pareció muy gracioso.

El auto se perdió por el camino nevado.

Dentro de la mansión, Sofía y Elena se sentaron en el sofá con tazas de té de manzanilla. Doña María les trajo una bandeja con galletas suaves de avena.

—Para que no se me desmayen de hambre, mis niñas.

Elena tomó una galleta y miró a Sofía.

—Gracias por invitarme. No pensé que… que querrías tenerme aquí después de todo.

Sofía le puso una mano en la rodilla con amabilidad y sin invadir mucho espacio.

—Elena… ya pasó. Lo importante es que Misha y Alexei son amigos. Y que nuestros bebés van a crecer juntos. Eso es más grande que cualquier palabra que dijimos antes.

Elena bajó la mirada, emocionada.

—Quiero que seamos… amigas. De verdad. No solo por los niños. Por nosotras mismas, Porque… porque yo también necesito esto. Necesito reír. Necesito sentir que no estoy sola en esto del embarazo.

Sofía sonrió, aguantando las lágrimas que le comenzaron a arder en la comisura de los ojos y no quería parecer muy débil.

—Entonces empecemos hoy. Sin rencores. Solo… siendo mamás, siendo mujeres, siendo familia.

Elena asintió, apretándole la mano.

—Familia.

Y mientras afuera los niños jugaban con Dragón Gris el gatito y la nieve se derretía bajo el sol tímido, adentro dos mujeres que habían empezado como rivales empezaban a caminar el mismo camino, empezaron a charlar un buen rato, Ana y Doña María también se unieron, y nu siquiera se habían dado cuenta de que los hombres de la casa, se habían ido.

Por otro lado...

El todoterreno negro de Viktor cortaba la ciudad como un cuchillo discreto, con las luces bajas y el motor ronroneando suave para no despertar sospechas en los niños del asiento trasero. Alexei y Misha iban pegados el uno al otro, con las narices pegadas al vidrio, señalando todo lo que veían como si Moscú fuera un planeta nuevo, los edificios altos con luces navideñas que aún no habían quitado, los puestos de castañas asadas en las esquinas, los tranvías que pasaban con un chirrido metálico.

—¡Mira, Misha! ¡Eso es el Teatro Bolshói! ¡Papi dice que ahí bailan como dragones con zapatos!— gritaba Alexei todo emocionado. Misha asentía con los ojos muy abiertos, apretando su pelota nueva contra el pecho.

Viktor manejaba en silencio, con una media sonrisa que no se le borraba. Dimitri iba de copiloto, con el teléfono en la mano, buscando en silencio. Carl, en el asiento trasero entre los niños, miraba por la ventana con esa expresión que ya empezaba a ser familiar, seria, pero no hostil.

Pensativo.

Dimitri fue el primero en romper el silencio de los adultos.

—Bueno… ya salimos. Ahora la pregunta: ¿qué carajo les vamos a comprar?

Viktor soltó una risa baja, sin quitar los ojos de la carretera.

—Esa es la parte complicada. Sofía no quiere joyas caras. Dice que ya tiene demasiadas, y eso, porque se las he comprado y a veces me dice que se las pone por obligación.— Se pone una mano en el pecho dramáticamente, haciendo que ambos hombres se rían un poco. —Y que por eso prefiere algo que le recuerde a nosotros. Algo… personal.

Carl se inclinó hacia adelante.

—Elena es igual. Si le llevo un collar de diamantes, me va a mirar como si le hubiera regalado un ladrillo. Quiere algo que signifique. Algo que le diga que la veo. Que la escucho.

Dimitri giró la cabeza hacia atrás.

—¿Ana? Ana quiere libros. O algo para la bebé. Pero como es el cumpleaños de Doña María, hay que buscar algo para ella también. Algo que le saque lágrimas de alegría, no de cortesía.

Alexei levantó la mano desde atrás, como en clase.

—¡Yo sé! ¡A la abuela le gustan las flores! ¡Y los dulces! ¡Y los abrazos!

Misha asintió con energía.

—Y a mi mamá le gustan las cosas que huelen bonito. Como las velas que trajo para Sofía. Y a la abuela… a la abuela le gustan las cosas que se comen.

Viktor miró por el retrovisor.

—Los niños tienen razón, fue buena idea haberlos traído. Madre merece algo grande. Algo que sienta que es de familia. No solo un regalo. Un detalle que le diga que la queremos como madre de todos.

Dimitri tecleó en su teléfono.

—Hay una floristería en Tverskaya que hace arreglos personalizados. Podemos pedir algo con flores de Colombia. Orquídeas, heliconias, algo que le recuerde a su país, o su ciudad.

Carl añadió:

—Y dulces. Algo de su tierra. ¿Hay algún lugar que venda bocadillo o panela importada?

Viktor giró en una calle lateral.

—Conozco uno en Arbat. Un colombiano que vende productos de allá. Dulce de guayaba, arequipe, todo. Podemos pasar por ahí primero.

El auto se llenó de planes improvisados.

Los niños aportaban ideas locas: “¡Un dragón de flores para la abuela!” “¡Una pelota gigante para que juegue con nosotros!” Los hombres filtraban, reían, descartaban.

Primera parada: la floristería de Tverskaya.

Un local pequeño pero lleno de color, con olor a tierra húmeda y pétalos frescos. Viktor entró primero, seguido de Carl y Dimitri. Los niños se quedaron en el auto con el chofer, vigilando que no se escaparan.

La florista, una mujer mayor con acento georgiano, los miró de arriba abajo.

—¿Qué buscan, señores?

Viktor fue directo.

—Un arreglo grande. Flores de Colombia. Algo que le recuerde a una madre colombiana que vive en Moscú. Que sienta calor. Que sienta hogar.

La mujer sonrió.

—Heliconias rojas, orquídeas blancas, plumas de ave del paraíso. Y follaje verde para que resalte. ¿Con tarjeta?

Carl sacó una tarjeta pequeña que había escrito en el auto.

—Pon esto: ‘Para la mamá de todos nosotros. Gracias por cuidarnos siempre. Con amor, tus nietos y los que te queremos’.

La florista asintió, emocionada.

—Esto es muy hermoso, va a llorar cuando lo vea.

Después de haber pagado, se montaron de nuevo en el vehículo y siguieron de rumbo al siguiente lugar.

Segunda parada: la tienda colombiana en Arbat.

Un local diminuto con estanterías llenas de panela, dulce de guayaba, bocadillo, arepas listas para calentar, café Juan Valdez y hasta un rincón con sombreros vueltiaos. El dueño, un hombre de bigote grueso, los reconoció al instante.

—¡Don Viktor! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué le traigo hoy?

Viktor sonrió con confianza.

—Todo lo dulce que tenga. Para Doña María. Y algo para las mamás también.

El hombre sacó cajas: bocadillo envuelto en hoja de plátano, dulce de leche, galletas de cuajada, un frasco grande de arequipe.

—Esto es lo mejor. Y para las señoras… un poco de café suave y unas chocolatinas con guayaba. Para que no se sientan lejos de casa.

Carl pagó sin mirar el precio.

—Gracias. Esto va a hacer feliz a mi suegra… aunque no sea mi suegra.

El hombre rio, todos rieron, hasta los dos niños aunque no entendían del todo, pero ver a todos reírse, ellos también se copiaron en risa.

—En Colombia, las madres son de todos. Lléveselo. Y dígale que aquí la esperamos cuando quiera.

Después de aquel lugar, nuevamente entraron al carro y continuaron hacia su siguiente destino.

Tercera parada: una joyería discreta en una calle lateral. No para joyas caras. Para algo personal.

Viktor habló con el joyero en voz baja.

—Tres pulseras. Plata sencilla. Cada una con un colgante pequeño: un dragón para Sofía, otro para Elena, uno de un libro abierto para Ana y uno con una flor para Doña María. Que sean iguales, pero diferentes. Que sepan que son familia.

Carl añadió:

—Y graba algo corto. En cada una: ‘Familia. Siempre’.

El joyero asintió aprendiendo cada detalle del pedido.

—En dos horas estará listo. Con entrega a domicilio si quieren.

Dimitri sonrió.

—Perfecto. Que llegue mañana temprano. Antes del desayuno.

Volvieron al auto.

Los niños estaban cantando una canción inventada sobre dragones y abuelas.

Viktor miró a Carl por el retrovisor.

—¿Contentos con lo que llevamos?

Carl asintió brevemente, lo cual Dimitri también le siguió.

—Sí. Pero lo mejor no es lo que compramos. Es que lo hicimos juntos. Y que los niños lo vieron.

Dimitri rio un poco.

—Eso es lo que cuenta. Que vean que los papás también pueden ser amigos. Aunque sea poco a poco.

Carl miró por la ventana.

—Poco a poco… sí. Poco a poco.

Y mientras regresaban a la mansión, con los regalos en el maletero y los niños cantando en el asiento trasero, los tres hombres sintieron algo nuevo, complicidad, una amistad que florecía lentamente, algo que empezaba con un dibujo de dragones, un cumpleaños, y con una familia que crecía cada vez más, y mientras iban de vuelta, las mujeres del hogar, seguían charlando sin darse cuenta de que los hombres habían vuelto de su viaje secreto y sin ser pillados.

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