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Capítulo 163: Culpa silenciosa.

Al día siguiente, la mansión Kuzmin amaneció con esa quietud que sigue a las tormentas. Elena estaba en la cama, apoyada en almohadas extras, con una mano sobre la barriga y la otra sosteniendo una taza de té de jengibre que apenas había probado. El dolor punzante de la noche anterior había cedido a un malestar sordo, constante pero no insoportable. El médico de guardia le había repetido lo mismo por teléfono: reposo, vigilancia, calma, nada grave, pero nada insignificante.

La puerta se abrió lentamente, haciendo aparecer a Misha que entró de puntillas, con el cabello revuelto y un papel arrugado en la mano.

Llevaba el pijama de dragones que Elena le había comprado en su último cumpleaños y una expresión seria que no le correspondía a sus seis años.

—Mami… ¿ya estás mejor?

Elena sonrió, aunque le costó el esfuerzo, y extendió los brazos casi con debilidad, pero aún manteniendo esa fortaleza interna.

—Ven aquí, mi cielo.

Misha trepó a la cama con cuidado, como si temiera romperla. Se acurrucó a su lado y le puso el dibujo delante.

—Mira. Lo hice anoche. Es para ti y para el bebé.

Elena tomó el papel con cuidado. Era un dragón mamá grande, de alas verdes y ojos suaves, con un dragón pequeño volando a su lado y otro más chiquito dentro de un huevo brillante.

Debajo, en letras torcidas pero claras: “Para que no tengas miedo. Los dragones siempre cuidan a sus bebés.”

Elena sintió que se le cerraba la garganta con un gran nudo que es casi imposible de soportar. Abrazó a Misha con fuerza, besándole la coronilla.

—Es el dibujo más hermoso que he visto, mi amor. Gracias… gracias por cuidarnos.

Misha se acurrucó más.

—Cuando nazca, le voy a enseñar a volar. Como Alexei me enseñó a mí.

Elena se rio bajito, con lágrimas silenciosas.

—Sí… le vas a enseñar todo. Vas a ser el mejor hermano del mundo.

Mientras tanto, en el centro de Moscú, Viktor y Carl se encontraron de nuevo en la misma oficina discreta de cristal y acero. Esta vez no había abogados ni asesores. Solo ellos dos, una carpeta gruesa de documentos y un silencio que ya no era hostil, sino… práctico.

Viktor abrió la carpeta primero.

—Los planos finales de la escuela están aprobados. Ubicación confirmada: barrio de Presnenski, cerca del centro pero con acceso fácil para familias de bajos recursos. Bilingüe ruso-español, énfasis en cultura latinoamericana y rusa. Becas para el 60% de los alumnos. Sofía quiere que lleve el nombre de ‘Puente RUBCOL’.

Carl asintió, hojeando los planos.

—Buen nombre. Tengo el financiamiento listo. Y contactos en el Ministerio de Educación para acelerar las licencias. Podemos empezar obras en dos meses.

Viktor lo miró un segundo.

—Gracias por moverte rápido.

Carl cerró la carpeta.

—No es solo por Sofía. Es por Misha. Por Elena. Por… lo que hablamos la otra vez. Quiero que mi hijo crezca en un mundo donde no tenga que tener miedo. Donde haya más puentes que muros.

Viktor sonrió apenas.

—Eso es lo que Sofía siempre dice. Que los niños no necesitan imperios. Necesitan puentes.

Se firmaron los últimos documentos. Se dieron la mano. Y cuando los papeles quedaron guardados, Carl habló sin preámbulos.

—Ayer… Elena tuvo un susto. Dolor fuerte. Sangrado leve. Terminamos en urgencias. No fue nada grave, hematoma subcoriónico, reposo estricto, pero… la vi tan frágil. Y yo… no pude hacer nada más que esperar.

Viktor se quedó quieto y escuchándolo en silencio y la mandíbula se le tensó un poco.

—Lo entiendo. Sofía también está mal, bueno, sigue igual que como te había dicho la otra vez, vómitos que no paran, cansancio que la deja sin fuerzas. Ana dice que es normal, que el estrés del año pasado la está cobrando ahora. Pero verla así… me parte.

Carl asintió en silencio.

—Es jodido. Verlas sufrir y no poder arreglarlo con nada. Solo esperar.

Viktor miró por la ventana, la ciudad nevada abajo.

—Sí. Solo esperar, cuidar, y rezar para que pase pronto.

Carl se levantó.

—Cuando Elena esté mejor… la llevaré a ver a Sofía. Quiero que hablen. De madre a madre. De las que están pasando por lo mismo.

Viktor asintió.

—Sofía lo agradecerá. Y yo también.

Se despidieron con un apretón de manos más largo de lo habitual. No fue cálido, no aún, pero tampoco frío, fue... comprensible, de lo que están compartiendo.

Al rato, Carl regresó a casa. Elena estaba en el salón, con una manta sobre las piernas y un libro abierto que no leía.

—¿Cómo te fue?— preguntó con su voz suave.

Carl se sentó a su lado, le tomó la mano.

—Bien. Todo firmado. Y… Sofía también está mal. Muy mal. Viktor me lo dijo, tal cual como la fuiste a visitar, todavía tiene náuseas fuertes, vómitos… peor que contigo.

Elena cerró los ojos un segundo.

—Pobre… quisiera a ir a verla Mañana de nuevo, con más cosas para las náuseas. Y… quiero hablar con ella un poco más largo...

Carl le besó la mano, pero estaba dudando, pues ella necesita mucho descanso todavía, le preocupaba.

—Mm... está bien, Ve. Y dile que si necesita algo… estamos aquí.— se queda callado un buen rato. —Pero prométeme por Dios que te vas a cuidar mucho, y cualquier cosa que sientas, iré por ti de inmediato.

Elena sonrió con debilidad pero comprensiva.

—Lo haré, mi amor.

Y se quedaron así, en silencio, con las manos entrelazadas y abrazados juntos.

Mientras tanto, en la mansión Ivanov, Sofía estaba acostada en la cama, con el balde al lado y la mano en la barriga. Viktor entró, se quitó la chaqueta y se acostó a su lado, abrazándola por detrás.

—Carl me contó lo de Elena. Tuvo un susto ayer. Hematoma. Reposo estricto. Igual que tú.

Sofía se giró un poco, mirándolo con buena preocupación.

—¿Está bien el bebé?

—Sí.— respondió Viktor de inmediato. —Todo estable. Pero Carl… Carl está igual que yo. Impotente. Asustado. Y eso… eso nos hace iguales.

Sofía apoyó la cabeza en su pecho.

—Entonces quizá… quizá podamos ayudarnos. Entre familias.

Viktor le besó la coronilla saboreando el aroma a champú de su cabello.

—Quizá. Pero por ahora… tú descansa. Yo me encargo de todo. Y cuando nazca este bebé… vamos a celebrarlo como se merece.

Sofía esboza una pequeña sonrisa débil.

—Con más dragones.

Viktor se rio un poco, retumbando en su pecho.

—Con más dragones.— afirmó sin duda.

Y se quedaron abrazados, con el latido del bebé entre ellos.

Mientras pasan las horas, Sofía no podía dormir.

La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la luz tenue del pasillo que se colaba por debajo de la puerta. Viktor respiraba profundo y regular a su lado, el brazo pesado sobre su cintura, como si incluso dormido quisiera asegurarse de que no se le escapara.

Pero ella… ella tenía los ojos abiertos, fijos en el techo, con el corazón latiéndole demasiado rápido y la mano izquierda apoyada en la curva suave de su vientre. No era solo cansancio. Era tristeza. Miedo.

Un nudo que se le había instalado en el pecho desde que Elena se fue el día anterior, y que no se deshacía por más que intentara respirar hondo.

Se giró despacio, con cuidado de no despertar a Viktor, y miró su perfil en la oscuridad: la mandíbula relajada, las pestañas largas que proyectaban sombras en sus mejillas, la cicatriz fina en la sien que ella conocía de memoria.

Quería despertarlo.

Quería contarle todo: que se sentía culpable, que quizá había dicho algo mal, que quizá había sido demasiado dura con Elena (aunque en ningún momento lo fue) que quizá por eso Elena había sentido dolor al llegar a casa. Que quizá… quizá su estrés, su tensión, su forma de hablarle de “puentes” y “familias unidas” había sido un golpe indirecto para Elena, que ya cargaba su propio miedo y su propia culpa.

Y que ahora ella también sentía miedo, un miedo real, uno de que el bebé no llegara, un miedo de que el sangrado leve de Elena fuera un aviso para ella también, miedo de que su cuerpo, que ya había dado tanto, no tuviera fuerzas para uno más.

Se llevó la mano al vientre otra vez, presionando suavemente, buscando ese latido que Ana le había mostrado en la ecografía. Y entonces lo sintió. Una puntada ligera, no muy fuerte como golpe de puño, sino como un pinchazo breve, como un calambre que se va rápido, algo normal en esto. Ana se lo había explicado: el útero se estira, los ligamentos se tensan, el cuerpo se ajusta. Normal llegando al segundo trimestre. Pero su mente no lo vio como algo normal, lo amplificó de golpe, convirtiéndolo como un aviso para ella, una amenaza, un presagio, haciéndose ideas de sentir el mismo dolor que Elena había descrito: punzante, profundo, insistente.

Sofía se quedó inmóvil, conteniendo la respiración que casi estaba agotándose en su pecho, pero a los segundos la punzada se fue, aunque el miedo se quedó.

—¿Y si no es normal? ¿Y si es el mismo hematoma? ¿Y si lo pierdo? ¿Y si por mi culpa… por hablarle así a Elena… por no descansar lo suficiente…?— eran pensamientos bajos, apenas murmullos en la oscuridad que no podía evitar decir en voz alta, pero bajita para no despertar a Viktor.

Las lágrimas le rodaron silenciosas por las mejillas, mojando la almohada. No quería despertar a Viktor. No quería que la viera así: asustada, débil, dudando de su propio cuerpo.

Él ya cargaba tanto: el imperio que mantenía en pie, los niños, el miedo constante de que algo les pasara. No quería ser una carga más, tampoco quería sentirse como sabe que se siente Elena, joder pero qué impotencia, y el miedo cada vez más crecía, se le instalaba en la garganta, le apretaba el pecho, y se le hacía difícil respirar.

Se giró de nuevo, mirando el techo, contando los latidos propios y los imaginados del bebé.

—Por favor… se fuerte… no te rindas… no me dejes…

Otra punzada, fue más suave esta vez, aunque suficiente para que el pánico le subiera por la garganta, las manos le temblaban con las ganas de querer despertar a Viktor, pero se contenía, porque no quería pensar que estaba exagerando demasiado y demasiado rápido, no sabía si era solo su mente jugando con ella.

Se mordió el labio hasta que sintió el sabor metálico de la sangre. Se obligó a respirar despacio. Inhalar por la nariz. Exhalar por la boca.

Inhalar… exhalar…

Pero las lágrimas no paraban, y el pecho cada vez más se le oprimía de miedo y pánico.

Viktor se removió a su lado, escuchando los leves sonidos de Sofía, entonces abrió los ojos despacio, alertado por el temblor sutil de su cuerpo.

—Reina… ¿qué pasa?

Sofía intentó sonreír, pero salió un sollozo ahogado y casi doloroso.

—Nada… solo… no puedo dormir. Me duele un poco… y tengo miedo. Miedo de que le pase algo al bebé. Miedo de que sea mi culpa. Miedo de que Elena esté mal por algo que yo dije… de que yo la haya estresado… de que esto sea un castigo…

Viktor se incorporó de inmediato, encendió la lámpara de noche y la miró con preocupación profunda.

—No es tu culpa, reina mía. Nada de esto es tu culpa. Elena tuvo un susto, pero está bien. El médico lo dijo. Y tú… tú estás haciendo todo lo que puedes. Estás descansando. Estás cuidándote, el bebé está fuerte, recuerda que Ana lo vio, el latido es perfecto.

Sofía negó con la cabeza, las lágrimas rodando más rápido.

—Pero siento que no es suficiente. Que estoy fallando. Que este bebé me está diciendo que no soy capaz. Que con Alexei y Nikolai fue fácil porque me sentía más fuerte, un poco más joven, porque no había pasado tanto… pero ahora… ahora estoy rota. Y tengo miedo de dañarlo a él también.

Viktor la abrazó fuertemente, pegándola contra su pecho, acariciándole el cabello con una mano y el vientre con la otra.

—No estás rota, Sofía. Estás cansada. Estás asustada. Pero no rota. Eres la mujer más fuerte que conozco, has sobrevivido a cosas que hubieran destruido a cualquiera, has criado a dos niños hermosos, salvado a Misha, has cambiado a Carl, cambiado a Elena, y sobre todo... me has cambiado a mí, y este bebé no te está castigando. Te está diciendo que eres capaz de más. Que tu cuerpo es un milagro. Que tú eres un milagro.

Sofía sollozó contra su pecho, aferrándose a él.

—¿Y si lo pierdo? ¿Y si no lo llevo a término?

Viktor le levantó la cara con cuidado, obligándola a mirarlo.

—No lo vas a perder. Porque no estás sola. Estoy aquí. Doña María está aquí. Ana está aquí. Los niños están aquí, Dimitri, Irina, Olga... Y este bebé… ya sabe que tiene la mejor mamá del mundo. Y la mejor familia. Va a llegar. Va a ser fuerte. Va a ser nuestro. Te lo prometo.

Sofía lo miró, con los ojos hinchados pero más calmados.

—¿Lo dices de verdad... enserio me lo prometes?

Viktor le besó la frente, los ojos, y el sabor de sus lágrimas.

—Te lo prometo con todo lo que soy. Y si hay que reposar más… reposamos. Si hay que llamar a Ana cada hora… la llamamos. Si hay que dormir con el balde al lado… dormimos con el balde. Pero no estás sola, sabes que no, y que jamás vas a estarlo.

Sofía se acurrucó contra él, dejando que el calor de su cuerpo la envolviera.

—Te amo, Viktor… aunque me sienta como un desastre.

Viktor la abrazó más fuerte, besándole el cabello.

—Y yo te amo más cuando te sientes un desastre. Porque entonces puedo cuidarte. Puedo demostrarte que no estás sola. Que nunca lo estarás.

Se quedaron así, abrazados en la oscuridad, con el latido del bebé entre ellos. El miedo seguía ahí.

Pero ahora tenía compañía, y eso ya era diferente, más suave, porque el miedo, cuando se comparte… se hace más pequeño.

Y el amor se hace más grande. Sofía cerró los ojos, sintiendo la mano de Viktor en su vientre.

—Gracias por no dejarme sola, mi rey.

Viktor la besó en la coronilla.

—Nunca, reina mía. Nunca.

Y mientras la noche seguía su curso, con la nieve cayendo suave afuera y el latido del bebé resonando entre ellos, Sofía se durmió por fin. No sin miedo. Pero con esperanza, con la certeza de que, aunque el camino fuera duro… siempre habría un Viktor que la sostendría.

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