Mundo ficciónIniciar sesiónLas puertas automáticas de urgencias se abrieron con un siseo frío y Carl empujó la silla de ruedas con una mano firme que no temblaba, aunque por dentro sentía que todo se le deshacía.
El olor a desinfectante y a metal caliente le golpeó la cara como un mal recuerdo. Luces blancas, demasiado blancas, rebotaban en los azulejos y en los ojos de Elena, que iba sentada con la espalda recta, las manos apretadas sobre el vientre y los labios pálidos pero sin queja. No había llorado en el auto, ni gritado, solo había respirado corto y profundo, como si cada inhalación fuera una orden para no derrumbarse. Una enfermera los interceptó casi de inmediato. “¿Nombre? ¿Qué pasó?” fueron las palabras clínicas de la mujer uniformada. Carl respondió con voz plana, sin inflexiones, como si recitara un informe: “Elena Kuzmin. Dolor abdominal punzante, sangrado leve. Embarazo de doce semanas. Viene desde hace una hora.” Enseguida la llevaron a una sala de triaje. Carl se quedó fuera, de pie contra la pared, brazos cruzados, mandíbula tan apretada que le dolían las sienes, no caminaba de un lado a otro, no, todavía no se sentía como animal enjaulado, tampoco preguntaba cada dos minutos, solo esperaba inmóvil, como si moverse fuera admitir que tenía miedo. Pasaron cuarenta y siete minutos. Carl los contó mirando el reloj digital de la pared. Cada minuto se le clavaba en el pecho. Cuando el médico salió, un hombre joven, bata blanca impecable, con su expresión neutra, Carl se enderezó como si le hubieran dado una orden militar. —Señor Kuzmin. Su esposa está estable. No hay pérdida. El sangrado es mínimo, probablemente por un pequeño hematoma subcoriónico. El latido fetal es fuerte, 158 por minuto. Todo indica que el embarazo sigue adelante. Carl no se movió, solo preguntó, voz baja: —¿Qué necesita? —Reposo absoluto,— respondió inmediatamente el doctor. —Cero estrés. Nada de esfuerzos físicos, nada de subir escaleras sola, nada de manejar. Vigilancia estricta las próximas dos semanas: si vuelve el dolor o aumenta el sangrado, regresan de inmediato. Medicación para relajar el útero y progesterona suplementaria. Y… calma. Mucha calma. Carl asintió una sola vez con firmeza. —Entendido. El médico dudó un segundo. —Se quedará en observación unas horas más. Para monitorear. Puede pasar con ella. Carl entró sin decir más. Elena estaba en una camilla, con una vía intravenosa en el brazo y el monitor fetal emitiendo ese latido rápido y constante que era lo único que mantenía el mundo en su eje. Lo vio entrar y extendió la mano. Carl la tomó al instante, se sentó a su lado y no la soltó. —No es grave— dijo ella, voz débil pero intentando sonar firme. —Solo… un pequeño aviso. Carl no respondió con palabras aunque le solía por dentro, así que le besó los nudillos y se quedó ahí, mirando el monitor, contando los latidos como si fueran lo único que importaba. Horas transcurrían lentamente, y después ya al rato, cuando el médico dio el alta con una carpeta llena de indicaciones y una receta larga, Carl empujó la silla de ruedas hasta el auto. Elena no protestó, simplemente se dejó llevar, pensando en su interno yo que, esto era completamente necesario, y de que Carl estuviera al pendiente de ella así, le llena el corazón con algo más que indescriptible, pero bonito, aún así, dentro del auto y durante el viaje, solo hubo silencio, una tensión que ninguno de los dos quería romper, después de todo, decir algo ahora podría elevar algún estrés para ambos. De vuelta en casa, la rutina se rompió de golpe. Carl no volvió a su escritorio a encender la computadora para continuar con el trabajo que tenía que terminar, tampoco revisó correos ni contestó llamadas que en estos momentos le parecían muy molestas. Subió con Elena en brazos hasta la habitación, la acostó con cuidado en la cama, le puso almohadas extras detrás de la espalda y le acercó el agua y las pastillas. Elena lo miró desde la almohada. —Carl…cariño, no tienes por qué hacer todo tú. Yo puedo… —No— la interrumpe él con cuidado, en voz baja y suave pero innegociable. —No puedes. Y no vas a hacerlo. De ahora en adelante, te quedas aquí, o en el sofá, o en el jardín si quieres sol. Pero no te mueves sola, no te pondrás a cocinar nada, y tampoco vas a subir escaleras, nada de eso, ¿entendido? Ella intentó sonreír, le parecía un poco gracioso pero a la vez una ternura que no sabía que él llevaba. —¿Y si quiero ir al baño? Carl se sentó al borde de la cama con cuidado y le aparta un mechón acomodándoselo tras la oreja. —Me llamas, o grito a los sirvientes, pero tú no te vayas a mover. Elena lo miró un buen rato en silencio, luego extendió la mano y le tocó la mejilla. —Estás asustado. ¿No es así? Carl no lo negó, inclinó la cabeza hacia su tacto y luego giró la cabeza para darle un beso en la palma. —Sí, y mucho. No quiero perderlo. No quiero perderte a ti, mucho menos a ti. Elena sintió que algo se le aflojaba en el pecho, un dolor opresivo pero que a la vez bonito por como Carl responde por ella. —No lo vamos a perder. El médico dijo que es leve. Solo hay que cuidarlo. Carl le tomó la mano y la puso sobre su propia mejilla. —Entonces lo cuidaremos, los dos juntos. Elena asintió, con los ojos húmedos con lágrimas contenidas. —Juntos.— susurró con voz temblorosa pero más animada. El resto de la tarde pasó en una calma forzada. Carl no se apartó de la cama más que para traer agua, para ajustar las almohadas, para poner música suave que no la molestara. Elena lo observaba en silencio, viendo cómo un hombre que siempre había controlado todo ahora se dedicaba a controlar solo una cosa: que ella estuviera cómoda. Que el bebé estuviera seguro. Cuando cayó la noche, Carl se acostó a su lado, sin tocarla demasiado, solo rodeándola con un brazo protector. Elena apoyó la cabeza en su pecho. —Carl… —¿Hm?— respondió con un murmullo sordo que vibró en su pecho y en la piel de Elena. —Gracias. Por no dejarme sola con esto. Él le besó la frente con cuidado. —Nunca te dejaré sola. Nunca, mi amor. Y se quedaron así, en silencio, escuchando el latido del otro y el latido diminuto que crecía entre ellos. El miedo no desapareció del todo, se quedó a vivir con ellos. Pero de todas formas, se tenían el uno al otro, compartiendo, amándose y cuidándose. Misha, quien se había asomado por curiosidad unos minutos antes, estaba ahora en su habitación, se sentía algo triste, triste de ver a su mamá tan mal, y de que tenía miedo de que nunca pudiera ver a su hermanito o hermanita que llevaba dentro, así que decidió hacer un dibujo, un dibujo para su mamá, y que mañana se lo entregue antes de irse a la escuela, capaz eso pueda darle más ánimo.






