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Capítulo 143: El almuerzo que no fue solo comida.

El mensaje llegó el jueves por la tarde. Carl lo había enviado corto y seco, bastante simple como siempre. “Domingo 13:00. Casa Kuzmin. Almuerzo. Traigan a los niños. Elena insiste.”

Sofía lo leyó tres veces antes de enseñárselo a Viktor. Él alzó una ceja, miró el teléfono y soltó una risa baja, sin humor.

—¿Elena insiste? Eso sí que es nuevo.

Sofía se mordió el labio, mitad nerviosa, mitad divertida.

—¿Vamos?— Dijo con una emoción que se le escapaba.

Viktor la miró un segundo muy largo, luego se inclina dándole un beso en la sien.

—Vamos. Por Misha. Por Alexei. Y porque… tal vez ya sea hora de que dejemos de mirarnos como si fuéramos a sacarnos un cuchillo en cualquier momento.

El domingo amaneció claro y frío.

La familia Ivanov salió puntual, Viktor al volante, Sofía con la pequeña Sofía dormida en su sillita, Alexei y Nikolai en el asiento trasero hablando de dragones y de cómo iban a enseñarle a Misha a construir una fortaleza de nieve gigante.

Doña María se quedó en casa preparando una bandeja de galletas y natilla “por si acaso quieren llevar algo de vuelta”. Ana y Dimitri se fueron a sus respectivos puestos de trabajo y accedieron a que la pequeña Sofi también fuera a aquella reunión con los Kuzmin.

La mansión Kuzmin era todo lo contrario a la de ellos, líneas rectas, vidrio oscuro, jardines simétricos que parecían sacados de una revista de arquitectura. No había juguetes tirados, ni risas que rebotaran en las paredes.

Solo orden. Y silencio.

Carl abrió la puerta. Vestía camisa gris y pantalones negros, sin corbata, sin esa armadura de ejecutivo que solía llevar.

Elena estaba detrás, con un vestido azul marino que le marcaba la figura, el cabello perfecto y una sonrisa tensa que no llegaba a los ojos.

—Pasen,— dijo Carl, voz neutra.

Los Ivanov entraron uno a uno en fila recta, Viktor delante, Sofía atrás, con un brazo cargando a la pequeña Sofía, y la otra mano agarrando la de Alexei que también iba de la mano con Nikolai.

El comedor era enorme, mesa de caoba larga, vajilla de porcelana blanca, flores frescas en el centro. Los niños corrieron hacia Misha, que los esperaba en la puerta con una sonrisa tímida.

En segundos ya estaban los tres gritando y corriendo hacia el jardín trasero, donde habían preparado un pequeño espacio con mantas y juguetes.

Sofía y Viktor se quedaron en el umbral del comedor.

Elena los miró, luego miró hacia el jardín donde su hijo reía como nunca lo había hecho en su propia casa.

—Siéntense— dijo, voz baja.

Ambos se sentaron, la pequeña Sofía gorgotea sobre la mayor y mirando a todas partes con esos ojos grandes y curiosos.

El almuerzo empezó en silencio incómodo, sopa de calabaza, salmón al horno, verduras al vapor, vino blanco.

Los niños comían en la terraza con una niñera que Carl había contratado para la ocasión.

Elena rompió el silencio primero, mirando su plato.

—No pensé que vendrían.

Sofía levantó la vista, con serenidad.

—Vinimos por Misha. Y porque Alexei no deja de hablar de él.

Elena apretó los labios, casi imperceptible, casi disimulando con otra leve sonrisa forzada.

Miró a Sofía, el suéter sencillo, el cabello suelto con ondas naturales, la forma en que Viktor la miraba como si fuera lo único que importaba en el mundo.

—Ustedes… parecen una familia de verdad— dijo, casi en un susurro. —No lo digo como insulto. Lo digo… porque yo nunca supe cómo hacer eso.

Sofía la miró sin rencor, no había maldad, solo una pequeña comprensión, porque aunque no lo quiera decir en voz alta, ella sabe que al empezar esta verdadera familia, pasó por mucho dolor y sufrimiento, algo que nadie más sabe aparte de Viktor. Pero gracias a sus luchas, y a ella misma, lo había conquistado todo.

—No es difícil. Solo hay que quererlo más que al orgullo. Más que al dinero. Más que a las apariencias.

Elena bajó la mirada.

—Yo… siempre creí que el dinero era lo que nos mantenía seguros. Carl trabaja mucho. Yo cuido la casa. Misha tiene todo lo que necesita. Pero… no tiene esto.— Hizo un gesto hacia la ventana, donde los niños corrían y reían, tirándose nieve y gritando “¡dragón azul ataca!”

Carl, que había estado callado, habló por fin.

—Elena… no es tarde para cambiarlo.

Ella levantó la mirada de golpe casi sin poder creer lo que Carl había dicho, sus ojos comenzaron a humedecerse de repente.

—¿Y si ya es tarde? ¿Y si Misha ya prefiere estar con ellos que en su propia casa?

Sofía intervino levantando la palma en un gesto de apaciguar el momento, su voz sale serena y suave.

—No prefiere eso Elena. Prefiere estar con Alexei. Y Alexei prefiere estar con Misha. Los niños no eligen casas… eligen personas. Y Misha los eligió a ustedes. Solo necesita que ustedes lo elijan a él también. Sin agendas. Sin apariencias.

Elena se quedó callada un buen rato.

Luego murmura en voz baja, casi en un susurro...

—Yo… dije cosas feas aquel día en la escuela. Sobre ti. Sobre tu acento. Sobre tu familia. Lo recuerdo. Y sé que tú también lo recuerdas.

Sofía asintió lentamente.

—Lo recuerdo. Y me dolió. Porque no era solo sobre mí. Era sobre mis hijos. Sobre quiénes somos.

Elena tragó saliva levemente con la garganta aparentemente reseca.

—Lo siento. No lo dije porque te odiara. Lo dije porque… tenía miedo. Miedo de que Misha terminara en un mundo que no entiendo. Miedo de perderlo. Pero… lo perdí de otra forma. Lo perdí porque no supe darle un hogar donde quisiera estar.

Sofía la miró un segundo más, contenido.

—Todavía puedes recuperarlo. No es tarde. Misha te quiere. Solo necesita verte sonreír de verdad. Verte jugar con él. Verte abrazarlo sin pensar en nada más.

Elena asintió, con lágrimas silenciosas rodando por las mejillas. Carl puso una mano sobre la de ella dándole apoyo y compañía.

—Podemos intentarlo. Juntos.

Sofía sonrió suave, Viktor que estaba al lado en silencio oyendo todo, se acerca a Sofía dándole un beso en la mejilla y en la sien.

—Entonces empecemos por hoy. Los niños están afuera. Vayan a jugar con ellos. Dejen que Misha vea que su mamá y su papá también saben reír.

Elena se levantó del asiento y se limpió las lágrimas con el pañuelo y caminó hacia la terraza.

Carl se quedó un segundo más.

—Gracias— murmuró a Viktor y Sofía. —Por no cerrarme la puerta. Por dejar que mi hijo sea bienvenido, por… todo.

Viktor inclinó la cabeza.

—Puedes llevarlo a casa cuando quieras. Y si alguna vez necesitas hablar… sin rencores… la puerta sigue abierta.

Carl asintió firmemente.

Luego salió al jardín. Los niños gritaron de alegría cuando vieron a sus padres.

Elena se arrodilló en la nieve, esta vez no le importó el cuidado de la ropa, si se ensucia, si se moja, dejó que Misha le tirara una bola que le manchó el vestido caro, y por primera vez en mucho tiempo… ella rió.

Sofía y Viktor se quedaron mirando desde la ventana y ella apoyó la cabeza en el hombro de él.

—¿Crees que funcione?

Viktor la abrazó por la cintura.

—Creo que los niños ya lo están haciendo funcionar. Y nosotros… nosotros solo tenemos que no estorbar.

Ella se giró y se inclina para buscar sus labios en un beso lento y profundo tal como le gustan a Viktor.

—Entonces esta noche y de nuevo… cuando los niños duerman… me recuerdas por qué sigo siendo tuya.

Viktor gruñó contra su boca y luego se separa con un chasquido húmedo dándole una última mordida a su labio inferior.

—Esta noche te volveré a recordar que nunca fuiste de nadie más. Y que esta familia… esta familia va a crecer. Otra vez.

Sofía sonrió, con pcardía que no se le escapaba de los ojos de Viktor.

—Ya estás completamente comprometido en ello mi rey.

—Super comprometido, reina mía. Con besos. Con gemidos. Con todo lo que tengo para darte.

Y mientras afuera Elena y Carl jugaban con sus hijos en la nieve, adentro Viktor y Sofía se miraban con esa promesa que nunca se rompía.

Porque el amor… cuando es de verdad… no necesita enemigos. Solo necesita espacio para crecer. Y ellos… ellos ya habían encontrado ese espacio. En una mansión llena de dragones. En una familia que ya no se rompía. Sino que se unía. Cada día un poco más.

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