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Capítulo 101: Nueva vida, nuevo comienzo.

La mansión en las afueras de Moscú era un sueño hecho realidad, piedra gris con toques de madera cálida, jardines amplios que en invierno se cubrían de nieve como un manto blanco, y un bosque privado al fondo que daba privacidad absoluta. Sofía, la colombiana de ojos marrones oscuros y acento suave que había pasado de virginidad perdida en una noche brutal a reina de un imperio limpio, caminaba por el pasillo principal con Nikolai en brazos, el bebé de seis meses gorgoteando feliz mientras masticaba un juguete.

Todo iba de maravilla. El imperio Volkov, ahora completamente legal con negocios en tecnología, bienes raíces y filantropía, florecía bajo la dirección de Sofía. Las fundaciones que habían creado, una para niños enfermos y otra para madres solteras, ya habían ayudado a cientos, con becas y programas que Sofía supervisaba desde su oficina con vista al jardín. Las donaciones anuales del veinte por ciento de ganancias mantenían todo en marcha, y Sofía se sentía poderosa, equilibrada, madre y jefa al mismo tiempo.

Viktor, el ex mafioso ruso que había pasado de rey posesivo a padre dedicado, entraba de la cocina con Alexei de la mano, el niño de tres años y medio con las mejillas rosadas por el frío del jardín.

—Mira, mamá, encontré hoja grande! —dijo Alexei, mostrando una hoja seca que había rescatado de la nieve.

Sofía se agachó con cuidado, Nikolai aún en brazos.

—Qué linda, mi amor. ¿Para la colección de Nikolai?

Alexei negó serio.

—No. Para abu. ¡Ella dice hojas para té!

Viktor se rió, levantando a Alexei en brazos.

—Tu abuela hace té de todo. Ayer intentó con ramas de bosque.

Doña María salió de la cocina con delantal, oliendo a café y arepas.

—¡Mi nieto listo! ¡Sí, hojas para infusión! ¡Ven, ayúdame a secarlas!

Alexei corrió a su abuela, que lo abrazó fuerte.

Sofía miró a Viktor, una mirada cálida y cariñosa le dedicó a su amor.

—Esta casa... es perfecta. Jardín para que corran, habitaciones para que jueguen, y nosotros aquí, sin el ruido de la ciudad.

Viktor la abrazó por la cintura, besando su cuello.

—Casa nueva, vida nueva. El imperio va como seda contigo mandando, las fundaciones ayudando a tantos... y yo cambiando pañales feliz.

Sofía rió, Nikolai gorgoteando como acuerdo.

—Y tú de papá full time. ¿Quién diría? El rey que me tomó con violencia ahora cambia pañales y cocina arepas.

Él la miró serio un segundo, mano en su mejilla.

—Ese rey murió, Sofía. Este es el que te merece.

Se besaron suave y lentamente ya siendo este un ritual lleno de amor y afecto, Nikolai entre ellos.

Dimitri llegó esa tarde con Ana, trayendo regalos para los niños y noticias.

—Jefes, traigo algo— dijo Dimitri, abrazando a Viktor.

Ana besó a Sofía en la mejilla con cariño por igual.

—Nikolai creció tanto! Y Alexei... ¡qué grande!

Alexei mostró su hoja.

— ¡Para abu!

Dimitri también se rió, y le dio un camioncito nuevo.

—Para ti, pequeño.

En la cena, hubo arepas, sopa, carne asada. Todos sentados en la mesa grande.

Doña María sirvió.

— ¡Coman! ¡Con casa nueva, familia grande necesita fuerza!

Sofía miró a Dimitri.

—¿Qué traes de nuevo, Dimitri? ¿Todo bien con el imperio?

Dimitri miró a Ana, sonrió.

—Todo bien. Pero... traemos noticia. Nos casamos.

Todos gritaron y chillaron como locos, incluso a Viktor casi se le sale el chillido de colegiala emocionada pero logró contenerse.

Sofía abrazó a Ana.

— ¡Por fin! ¡Felicidades!

Viktor abrazó a Dimitri.

—Hermano... elegante, ¿eh? En playa, como querías.

Dimitri asintió.

—Playa privada en Grecia. Pequeña, solo cercanos. En tres meses.

Ana rió.

—Y ustedes de padrinos, obvio.

Doña María aplaudió con emoción.

— ¡Boda en playa! ¡Yo hago las arepas!

Rieron y celebraron mucho con brindis y comida sabrosa.

Alexei miraba a todos confundido pero también alegre porque veía a todos reír y sonreír.

— ¿Boda? ¿Como mamá papá?

Sofía lo abrazó.

—Sí, mi amor. Tío Dimitri se casa con tía Ana.

Alexei sonrió.

—¡Fiesta!

Nikolai gorgoteó como acuerdo.Casa llena de planes nuevos. Vida de maravilla.

Más tarde en la terraza de la nueva mansión estaba iluminada con luces suaves que colgaban de las vigas, el jardín nevado brillando bajo la luna y el aire fresco de invierno entrando por los lados abiertos. La cena había sido un éxito, platos vacíos de arepas, carne asada y ensalada, vasos de vino a medio terminar y el postre de flan que doña María había preparado con receta familiar.

Todos se habían dispersado un poco después de comer. Viktor y Dimitri se habían llevado a Alexei al jardín para “probar” el nuevo columpio bajo la nieve ligera, el niño riendo cada vez que papá lo empujaba alto. Doña María estaba en la cocina recogiendo con tarareo de cumbia bajito, feliz de estrenar sus ollas nuevas.

Sofía y Ana se quedaron en la terraza, sentadas en las mecedoras grandes con Nikolai dormido en el cochecito al lado, envuelto en manta gruesa. Sofía tenía una copa de vino en la mano, la pancita ya no visible pero el cuerpo con esa curva suave de madre reciente, con los ojos fijos en Ana llenos de curiosidad genuina.

—Ana… dime la verdad —empezó Sofía, voz baja y cómplice, con ese acento saliendo cálido y suave—. ¿Cómo fue que conociste a Dimitri? Sabiendo que él… bueno, que es parte de todo esto. Del mundo de Viktor, de la mafia que ya no es mafia pero que siempre deja huella.

Ana sonrió, un poco tímida al principio, mirando su copa.

—Fue en el hospital, hace dos años. Dimitri llegó con una herida de bala “accidental” en el brazo. Yo era la doctora de turno. Él intentó hacerse el duro, pero estaba pálido como un papel. Le cosí, le regañé por no cuidarse, y… no sé, me miró con esos ojos y dijo “gracias, doctora bonita”. Salí del turno y lo encontré esperándome con café.

Sofía se rió bajito.

—Clásico Dimitri. Siempre galán, incluso sangrando.

Ana asintió levemente, con los ojos brillando por el bello recuerdo inolvidable.

—Al principio me asusté cuando supe quién era. La mafia, los rumores… pero él fue honesto. Me dijo “ya no es como antes, Ana. Viktor limpió todo. Yo solo protejo ahora”. Y lo vi, cómo habla de Viktor como hermano, cómo cuida a Alexei como tío. Me enamoré de eso, no del pasado.

Sofía suspiró suavemente, su mano sosteniendo la copa.

—Yo entiendo perfecto. Yo llegué a este mundo de la peor forma, contrato, esclava, Viktor tomándome con violencia porque estaba roto. Meses de dolor, lágrimas, odio mezclado con algo que no entendía. Pero lo superamos..

Sofía hizo una pequeña pausa antes de continuar.

—sucedieron cosas en el proceso, él fue al monasterio también, yo esperé embarazada… y mira ahora, casa nueva, fundaciones ayudando gente, dos niños, amor que nadie creería posible... al final se enamoró verdaderamente de mí, y agradezco a Dios por eso, y al propio Viktor.

Ana la miró, emocionada.

—Tu historia es increíble, Sofía. Dimitri me la contó poquito, pero verte aquí, mandando todo, madre feliz… es inspiración.

Sofía sonrió, con los ojos conteniendo un poquito las lágrimas.

—Lo superé porque él cambió. Y tú… vas a ser feliz con Dimitri. Él es leal hasta el hueso. Te va a proteger, te va a hacer reír, te va a sorprender con cafés en turnos de hospital. Solo… disfruta. El pasado queda atrás cuando el presente es esto.

Ana apretó su mano.

—Gracias. Me da paz oírlo de ti.

Se quedaron calladas un rato, mirando el jardín donde Viktor empujaba a Alexei en el columpio, Dimitri al lado contando chistes malos que hacían reír al niño.

Doña María salió con té.

—¡Para la futura esposa y Sofía! ¡Que hablen de bodas y bebés!

Rieron las tres con emoción y calidez floreciendo. La noche siguió, planes de boda en playa, risas, niños durmiendo. Todo en orden. Amor superando todo.

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