El incesante ruido del celular despertó a Rubén, que se encontraba profundamente dormido; ni siquiera abrió los ojos al principio, tanteó con las manos hasta encontrar el aparato y contestó. Apenas amanecía y él ya estaba dispuesto a matar a quien lo hubiera despertado después de lo mucho que le costó dormirse.
—¿Señor Salazar?
—¿Quién es? —gruñó, con la voz más ronca de lo normal.
—Soy Liliana, señor Salazar. Lamento molestarlo, pero usted me dijo que le avisara cuando su esposa despertara, si