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Pablo había logrado escribir algo menos de una página para cuando Aileen y Marize se presentaron en el umbral de su estudio. La belleza de las dos muchachas, sumada al efecto provocado por el sol, empezando a sumergirse en el océano y proyectando sus rayos de tono anaranjado, formaban una escena bastante atractiva, pero a su vez benefactora de su inmensa indecisión. Solo faltaba Aikaterina en aquel cuadro para hacerlo todo aún más confuso.

–¿Cómo les fue con la lectura? –la pregunta d
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