Una vez que Alfonso se marchó, Luciana pagó la cuenta. En ese momento sonó su teléfono: era Victoria.
—¡Luciana! —sollozaba al otro lado—. Fernando… empeoró, hija, está mal… —la voz se le quebró.
—Tranquila, tía —respondió Luciana, alarmada—. ¿Ya llamaron al médico? Voy para allá ahora mismo.
—Sí, ya viene el doctor… Te esperamos —dijo Victoria, aún llorosa.
Luciana colgó y se dirigió sin demora a la casa de la familia Domínguez.
En la habitación de Fernando
El joven tenía fiebre. En pacientes e