Luciana abrió la boca, confundida. Alejandro, sin mirarla, acomodó el plato frente a él y se llevó una cucharada a la boca.
—Yo me como este. Tú espera uno recién hecho —explicó.
El gesto le pinchó algo muy hondo: un dolorcito dulce amargo que le contrajo el pecho como picadura de avispa. Observó cómo él sorbía los fideos aguados y sonrió con ironía y ternura mezcladas.
—¿A qué juegas? No es la primera vez que rematas lo que dejo; antes también lo hacías y eso no te impedía ser un volado.
—No te