“Aunque hoy sigas forzando la situación”, pensó Sergio.
Él y Alejandro se habían criado juntos; verlo así le dolía. ¿Cómo podía un hombre tan lúcido para los negocios entregar el alma de esa manera?
—Alejandro, ¿para qué seguir…?
—Basta —lo cortó Alejandro; el ceño se le marcó como un surco profundo.
Guardó silencio unos segundos y exhaló despacio:
—Forzada o no… al menos puedo verla. Eso es mejor que aquellos tres años.
Sergio quedó helado. El amor: la peor trampa.
—Entonces, ¿por qué no le dic