—¡Mamá! —Taconeando en la madera, madre e hija se encontraron a medio pasillo.
Alba se lanzó a su cuello, llorosa y dolida:
—¿Mami ya no quiere a Alba?
—¿Cómo crees? —Luciana también tenía los ojos húmedos. Besó las mejillas regordetas—. ¡Mamá adora a su Alba! Jamás te dejaría.
—¡Cárgame!
—Claro…
Se agachó para alzarla, pero—
—¡Un segundo! —intervino Alejandro. Su tono, normalmente suave, sonó tan áspero que ambas se quedaron quietas. Se adelantó, tomó a Alba entre sus brazos… y la niña se asust