—¡Hablaré, lo juro! —replicó él, aliviado de que por fin le prestara atención. Abrió la mano frente a su rostro—. Mira, es aquí.
Desde la base del pulgar se extendía un corte diagonal de unos cuatro centímetros; sangraba aún y partes ya estaban costrosas.
—¡Dios! —exclamó Luciana. Sin duda se lo había hecho al frenar la caída para protegerla—. Estuve en consulta todo este rato y ni siquiera fuiste a que lo desinfectaran.
—No duele —respondió con una sonrisa genuina; lo decía en serio. En el estr