La cargó hasta el baño. Mientras ella se sumergía en la tina caliente, lo empujó juguetona:
—Tú no necesitas remojarte. Ve a cambiar las sábanas; quiero dormir limpio.
Él parpadeó:
—¿Me ordenas?
—Claro. ¿Qué miras? —alzó la ceja.
—Quién es el “patrocinador” y quién la “amante”, eh…
—Obvio tú eres el que paga —guiñó, coqueta—. Y el “patrocinador” consiente a su chica, ¿o no? Apúrate; luego tendrás que cargarme, las piernas no me dan.
Alejandro, sin querer, sintió que las palabras de ella sabían a