Ella frunció el ceño, con los ojos aún cerrados.
—Agua… agua…
—Claro. —Él sacó una botella del frigobar, la destapó, le sostuvo los hombros y la ayudó a beber.
Tras un par de tragos, Martina suspiró y abrió los párpados; estaba algo más consciente—su resistencia al alcohol siempre superó a la de Luciana.
—¿Señor Morán?
No entendía cómo había terminado en su auto.
—¿Despertaste? —Salvador cerró la botella—. Alejandro vino por Luciana. Te vi sola y me ofrecí a llevarte.
—Ah… —Comprendió; él andaba