La pequeña hundió la cucharita, la cargó y la acercó a los labios de Luciana.
—Gracias, mi amor —dijo ella, degustando el helado con una sonrisa que le cerró los ojos.
Mientras madre e hija compartían el momento, el celular de Luciana sonó. Contestó y su expresión cambió.
—A… Alejandro.
Él frunció un poco el gesto al notar que casi lo llama “señor Guzmán”, pero enseguida la oyó corregirse.
—Ajá —respondió con voz firme—. Dentro de un rato Simón pasará por ti. Ven a la oficina.
—¿Ocurre algo? —pr