—¡Marti! —llamó Luciana, corriendo hacia su amiga.
Sentada en el coche, había observado la escena de lejos; aunque no oyó las palabras, entendió perfectamente lo ocurrido.
—¡Luciana! —Martina se derrumbó en sus brazos; los ojos se le encendieron en rojo.
—Shh, no llores —murmuró Luciana, acongojada. Al levantar la vista, fulminó al hombre que llegaba detrás—. ¡Ni un paso más!
—Luciana… —Vicente se detuvo, sin saber qué hacer—. Marti, déjenme explicarlo.
—No, Lu… por favor —sollozó Martina, negan