—Mira, qué sincronización —murmuró, contenta, levantando la mano para saludar—. ¡Vi…!
El resto de la palabra se atascó en su garganta.
Detrás de Vicente, salió una mujer pequeña y delicada, con un vestido muy femenino y una melena larga que se movía con la brisa.
Tal vez porque Vicente caminaba demasiado aprisa, ella no le seguía el paso. Frunció el ceño mientras, entre risas, se quejaba:
—Oye, ve más despacio.
—Perdón —se disculpó él, deteniéndose de inmediato—. Caminaba sin darme cuenta.
—No p