Un escalofrío recorrió la espalda de Luciana, confirmando sus peores temores. Sabía que esto no terminaría bien.
—Con esas trencitas y todavía atreviéndose a seducir hombres ajenos… ¡bien merecido lo tiene! —murmuró la señora Cruz, viendo cómo la patrulla entraba al recinto. Luego, giró hacia el conductor—. Vámonos.
La puerta del lugar se cerró justo cuando Luciana vio desaparecer a toda velocidad el BMW negro. Sintió como si una pesada piedra se le hundiera en el pecho.
Ya en la sala de interro