—Ya volviste, de acuerdo —continuó él, murmurando—. Bien podrías haberte quedado tranquila al lado de Fernando toda la vida. No parecía un mal trato, ¿verdad?
Aquello era lo máximo que Alejandro estaba dispuesto a conceder… hasta que oyó hablar de «citas arregladas». Una risa fría, cargada de ironía, se deslizó por sus labios. Recorrió el contorno de la boca de Luciana con la punta del dedo.
—Yo tenía entendido que, fuera de Fernando, ningún otro hombre te interesaba. —Entrecerró los ojos—. Veo