—No, para nada —respondió Luciana, sacudiendo la cabeza con rapidez—. Claro que acepto.
Parecía tan ansiosa por sellar el trato que Alejandro se sintió complacido. Su semblante se relajó un poco, tanto que hasta los retortijones del estómago disminuyeron.
—Entonces, queda oficializado: estás contratada.
En un abrir y cerrar de ojos, Luciana ya iba sentada en la parte trasera del auto de Alejandro, con el chofer conduciendo. Sergio no los acompañó. Él había insistido en llevarla a casa y, al fina