Tomó la camisa de sus manos y primero le ayudó a meter el brazo izquierdo; luego se la acomodó con cuidado, pidiéndole que extendiera la mano derecha para pasarla por la manga.
—Tranquilo, despacio —dijo, reconociendo que había diferencias naturales entre la fuerza y el cuidado de un hombre y de una mujer.
—Listo —anunció ella al terminar. Dudó si debía preguntarle si también necesitaba ayuda con los botones, pero la mirada altiva de Alejandro dejaba claro que no haría nada por sí mismo. Así que