—No, no… ¡suéltame, por favor! —suplicó Mónica. Estaba pálida y temblaba.
Simón, al darse cuenta del peligro, corrió hacia ambas para intentar separarlas.
—Luciana…
—¡Tú no te metas! —gritó ella, sin apartar los ojos de Mónica—. ¡Quiero respuestas! ¡Tú eres la culpable! ¿Verdad?
—¡No, no es verdad! ¡Estás loca, Luciana! ¡Déjame en paz! —Mónica forcejeó, desesperada por librarse.
—¡No vas a irte de aquí!
—¡Suéltame… ah… ah…!
De pronto, un grito desgarrador retumbó en la oficina. El lugar tenía un