—¿Enzo Hernández…? —Luciana asintió con tranquilidad y se bajó de la caminadora—. Sí, lo conozco. Dígale que puede pasar, por favor.
—Como usted diga.
La enfermera salió, y unos minutos más tarde se abrió la puerta. Entró un hombre alto, de facciones marcadas con un aire mestizo muy particular: era Enzo.
—Señor Enzo —lo saludó Luciana—.
—Luciana —respondió él, acercándose con cautela.
—Por favor, siéntate —ella le ofreció asiento con una sonrisa suave—. ¿Quieres tomar algo? ¿Café? Recuerdo que t