Alejandro y Fernando eran excelentes nadadores, y en cuestión de segundos sacaron a Luciana y Mónica del agua. Alejandro sostenía a Mónica en brazos, dándole suaves golpecitos en la cara.
—Mónica, Mónica, ¿estás bien?
—¡Puaj! —Mónica escupió agua y recuperó la conciencia. Inmediatamente, se aferró a Alejandro y rompió en llanto.
—¡Alex! ¡Me asusté mucho, por favor, no me dejes! —sollozaba.
Pero la situación de Luciana era más grave.
—Luciana, ¿me escuchas?
Fernando la sostenía, pero no había res