Cuando quiso pensar más al respecto, oyó ruidos en la sala. “¿Será Alejandro?”. Desde que aceptó que se quedara a dormir allí, le había dado una copia de la llave.
Salió a ver y, en efecto, era él, quien acababa de dejar el desayuno en la mesa y venía a abrazarla.
Sin decir nada, le sujetó el rostro con ambas manos y la besó. Todavía olía a menta, recién enjuagado con enjuague bucal.
—Mmm… —Luciana intentó apartarlo—. Ni siquiera me he cepillado los dientes.
—No importa —respondió Alejandro, con