Pasaron uno, dos segundos.
—¡Ah…! —soltó Mónica un grito sofocado, y empezó a llorar con desconsuelo.
Durante días había temido ese diagnóstico, pero ahora que lo confirmaban, su mundo se derrumbaba.
—¡Estoy acabada! ¡Mi vida se arruinó!
—Mónica —Alejandro colocó una mano sobre su hombro—. Cálmate, por favor. Lo más importante es que te recuperes, que tu salud sea estable…
—¿Salud? —repitió ella con amargura—. ¿Te olvidas de que estoy desfigurada? Seré un monstruo toda mi vida. ¿Para qué me sirv