—Ah, claro.
Tras firmar, el mensajero metió una caja larga en el apartamento y le preguntó:
—¿Desea que lo abra por usted?
—Sí, gracias.
La caja era bastante grande y se veía engorrosa. Con habilidad, el mensajero cortó la cinta y desenvolvió el cartón. Dentro había algo empaquetado al vacío y, a simple vista, era difícil saber de qué se trataba.
—Listo, con esto me retiro. Le agradeceríamos una valoración de cinco estrellas.
—Claro. Que vaya bien, gracias.
El mensajero se despidió satisfecho. L