y Alejandro lo desautorizó de inmediato, argumentando que “no lo merecía”. ¿Y ahora era el mismo Alejandro quien insistía?
Al comprenderlo, la comisura de sus labios se curvó. Era más valiosa esa palabra que cualquier “señora Guzmán”.
Simón, sentado ya en el asiento del conductor, miró por el retrovisor y vio cómo Luciana sonreía. Al parecer, apreciaba ese apodo de “cuñada”.
Simón la llevó a su clase de yoga y, después de la sesión, la dejó de nuevo en su apartamento. Al salir del ascensor, Luci