El calor de su abrazo fue haciendo que Luciana se relajara poco a poco. La ansiedad seguía latente, pero la sensación de pánico se suavizó.
Pasó un buen rato de silencio compartido.
—Oye… —murmuró ella al fin, empujándolo ligeramente. Su voz sonaba ronca por haber llorado.
—¿Mmm? —Él ni se movió—. Dame un poco más de tiempo. Déjame abrazarte un poco más.
—Hmpf… —Luciana puso mala cara y se zafó—. ¡El agua se está enfriando!
—¿Qué? —Alejandro se sobresaltó, mirando el recipiente con agua para los