—¡Ja!, ni lo digas. Entre mejor sea la chica, más difícil de conquistar…
—Ajá… —farfulló Alejandro con un leve fruncimiento de ceño, aunque en el fondo se veía más divertido que molesto—. ¿Quién les dio permiso de llamarla “Luciana”, eh?
Juan y Simón se quedaron sin palabras, atónitos. ¿Ni siquiera podían nombrarla? ¿Tanto era su afán de exclusividad? Entonces Alejandro soltó una risa y declaró:
—De ahora en adelante, llámenla “cuñada”.
Los dos hermanos se miraron estupefactos, pero enseguida ro